Opinión

Novedades doctrinarias

Para sorpresa de muchos y escándalo desgarrado de otros, los documentos con los que concluye el más reciente Sínodo de Obispos en el Vaticano establecen con claridad cambios substanciales en la forma, en la óptica, en la percepción y el tratamiento que la Iglesia romana otorgará, a partir de ahora, a los homosexuales.

El Papa Francisco introdujo uno de los temas más sensibles en la doctrina conservadora vaticana: el reconocimiento, aceptación y comunión con los creyentes de orientaciones sexuales diferentes. El Sínodo se concentró en la familia en esta edición, y más allá de pasar como una rutinaria y tradicionalista repetición de mensajes sobre el núcleo de la sociedad y la cuna de la fe, el Papa puso en el centro del debate las consideraciones sobre la vida homosexual y su constitución de pareja como familia, estatus que la Iglesia les ha negado por décadas. Para Francisco “los homosexuales tienen dones y cualidades que ofrecer a la comunidad cristiana”.

La afirmación y el signo de apertura escandalizó a los más tradicionalistas, quienes en un inusual ejercicio de “libertad de expresión y de opinión” pusieron en duda al Papa y sus postulados. Se hicieron debates, discusiones e incluso llegaron a pedir que Benedicto XVI, el autollamado Papa emérito, se postulara al respecto y corrigiera “las desviaciones”. La respuesta resultó impecable e ilustrativa: “El Papa es Francisco”, respondió desde su retiro Ratzinger, dejando de lado cualquier duda sobre su lealtad y sumisión al poder al que renunció.

El documento final del Sínodo, Relatio Synodi, marca ciertamente un parteaguas al incluir el tema, conceder una visión diferente e invitar a los padres sinodales, todos los obispos presentes, a una reflexión, una mirada innovadora al reconocer los dones de esta comunidad y abrazarlos en el seno de la Iglesia. A partir de ahora, si usted escucha a un sacerdote en su homilía fustigar en contra de los homosexuales como sucedía comúnmente, estarán, de facto, en una línea contraria a la que hoy el Vaticano invita a todos sus ministros y fieles. Juan Sandoval Iñíguez, cardenal y exarzobispo de Guadalajara, es de esos conservadores a ultranza que ha lanzado duros ataques en contra de los homosexuales. Ahora tendrá, monseñor Sandoval, que atemperar sus señalamientos y buscar posturas más conciliatorias.

Cuando inició el pontificado de Francisco hace apenas año y medio, se presentó a sí mismo como un renovador, como alguien que buscaría implementar una serie de cambios. Y a pesar del escepticismo de muchos y de su personalidad volátil y poco apegada al protocolo, Francisco ha ido poniendo en práctica lo que prometió: ordenó una revisión y limpieza en las finanzas del Vaticano y el Instituto de Obras Religiosas; ha acusado y retirado de cargos y funciones a algunos prelados señalados como pederastas, asumiendo una postura mucho más enérgica y eficiente para el castigo de este aberrante crimen; ha renunciado a una serie de privilegios: su residencia, el transporte, su rechazo a que le carguen y lo atiendan como una personalidad –que de hecho es, aunque con frecuencia parece disgustarle.

Para muchos vaticanólogos y estudiosos de la Iglesia católica aún permanece la sorpresa, un poco la incredulidad y también la esperanza de que, en efecto, consiga y concrete algunos de estos cambios. Mover al aparato de la curia romana –a la que ha criticado con dureza y acidez– se ha probado más de una vez como una tarea no sólo mayúscula sino sobretodo, imposible. El Papa Bergoglio parece decidido a obtener algunos de estos cambios, con lo que su estancia en la silla de San Pedro, corta o larga, habrá dejado profunda huella en la historia.

Twitter: @LKourchenko