Opinión

Nos urge un sistema educativo meritocrático

1
 

 

Colegio

En marzo las universidades estadounidenses les comunican a los jóvenes que solicitaron admisión si los aceptan o no. Este año fue el más competido en la historia. Harvard recibió 37 mil 305 solicitudes para los mil 650 lugares disponibles a nivel licenciatura. Por cada solicitante admitido, 24 no lo lograron.

Sería inocente pensar que las oportunidades son iguales para cualquier estudiante que solicita. Quienes vienen de familias con más recursos han asistido a buenas escuelas, tienen papás con dinero para tutores, etcétera; estarán siempre en ventaja. Sin embargo, en el caso de esta universidad que cuenta con un patrimonio de 36 mil millones de dólares, más de 70 por ciento de los estudiantes admitidos en este nivel recibirán ayuda financiera que va desde becas parciales hasta totales (incluyendo colegiatura, costo de vivienda, libros, alimentos y hasta viajes). Esa ayuda está disponible incluso para candidatos no estadounidenses. Cualquier estudiante que tenga el mérito académico y personal para ser admitido podrá asistir, tenga o no los recursos para pagar.

Una universidad así se da cuenta de que independientemente de sus instalaciones, profesores o recursos financieros, lo que define su calidad como institución educativa es la calidad de sus alumnos. Aun una universidad con el prestigio de ésta va agresivamente en busca de jóvenes talentosos, y hacen lo posible para reclutarlos vengan de dónde vengan.

Este es el ejemplo más extremo, pero hay docenas de universidades en situaciones similares. En un país donde el proceso de selección es tan feroz, se espera que los jóvenes que están en las escuelas privadas más prestigiosas muestren que merecen ser parte de la élite. Aquellos que asisten a las escuelas públicas más selectivas se matarán por lograr acceso a esas universidades, pues lograrlo mejora exponencialmente sus opciones profesionales.

En México, mientras tanto, los estudiantes que han tenido acceso a las mejores escuelas privadas no tienen nada de qué preocuparse, usualmente tienen asegurado el “pase automático” a las mejores universidades. Quienes vienen de preparatorias afiliadas a la UNAM o el Tec de Monterrey, disfrutan del mismo privilegio en éstas.

En Estados Unidos el proceso de selección para las universidades fomenta una cultura brutalmente meritocrática. Independientemente de su origen o del nivel de privilegio de sus familias, esos jóvenes tienen que mostrar las calificaciones y el mérito para ser admitidos. Hay historias famosas, como la de Edward Kennedy, quien posteriormente fuera senador por Massachusetts, que incluso fue expulsado de Harvard por hacer trampa, al buscar que un compañero tomara un examen de español en su lugar.

En México la cultura del mirreynato fomenta que los jóvenes de la élite económica estén más preocupados por el “precopeo” y por hacer videos nauseabundos que enfatizan su grotesco privilegio y fomentan estereotipos de género vergonzosos, que por ver cómo lograrán acceso a las mejores universidades. En general, el problema proviene más de los papás que de los alumnos. Éstos fomentan una actitud en la que it is not what you know, but whom you know (no importa lo que sabes sino a quién conoces) por la que las horas que pasan jugando dominó en la cafetería son quizá más provechosas que las que pasen en la biblioteca.

Peor aún, en México sería dificilísimo instaurar un sistema en el que cualquier alumno, independientemente de su origen social o estatus económico, pudiera tener acceso a las mejores universidades a partir de ayuda económica. Habría estudiantes de familias acomodadas que objetarían a la “democratización” del privilegio.

A largo plazo, para que México logre desarrollar su competitividad, tenemos que ser capaces de llevar a todos nuestros jóvenes al punto máximo posible de desarrollo personal, particularmente en los años que nos quedan de “bono demográfico”. Le estamos fallando a las élites tanto económicas como intelectuales. De éstas dependerá el desarrollo de tecnología, de capacidad empresarial, el desarrollo de entidades educativas y de investigación. Es urgente construir un sistema absolutamente inclusivo, sin discriminación social o de género; un sistema que desarrolle el potencial de los jóvenes de cualquier estrato social y de las mujeres, que a final de cuentas son la mitad de la población laboral potencial.

México no puede ser un país internacionalmente competitivo si quiere lograrlo sólo a partir del puñado de jóvenes capaces de vencer las resistencias culturales, sociales y estructurales que impiden su desarrollo potencial. Es imposible que seamos un país de primer mundo si seguimos discriminando flagrantemente a quienes no son “güeritos”. No podemos tener aspiración alguna a progreso real cuando millones de mujeres carecen de la oportunidad de recibir una educación digna y de tener acceso al mercado laboral, en el mejor de los casos; y en el peor, siguen siendo víctimas de abuso y violencia doméstica.

Nos urge construir una sociedad meritocrática. Llevamos 15 años en el siglo XXI y parecemos atorados en prejuicios dignos de la prehistoria.

Twitter: @jorgesuarezv

Te puede interesar:
Será difícil que México crezca en un mundo estancado
La negociación con Irán sería un problema para México
Es inmoral dilapidar el presupuesto educativo