Opinión

'Nocturnal Animals', la venganza de un autor

  
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Amy Adams

A Single Man, la primera del diseñador convertido en director de cine Tom Ford, es una pasarela en busca de una trama: preciosista y estilizada, la película parecía más interesada en los trajes de Colin Firth que en su sufrimiento. Nocturnal Animals puede dar la misma impresión, sobre todo durante el arranque, cuando conocemos a Susan (Amy Adams), una atribulada galerista, infelizmente casada con Hutton Morrow (Armie Hammer), quien recibe el manuscrito de una novela escrita por Edward (Jake Gyllenhaal), su exesposo. La lectura transporta a Susan y a la audiencia dentro de las páginas, donde Tony (Gyllenhaal de nuevo) y su esposa e hija –misteriosamente similares en apariencia a la propia Susan– sufren un percance en la carretera.

Al desdoblarse, Nocturnal Animals le permite a Ford abandonar la realidad que habita Susan para situar al espectador en una suerte de thriller del viejo oeste. El contraste entre ambas tramas no sólo demuestra la capacidad del director para filmar en claves distintas a la monotonía de los artistas de la high (a quienes debe conocer perfectamente): si bien es una novela, la historia de Tony es de una tensión brutal. El logro de Nocturnal Animals, y uno de los motivos por los que la incluiría en la lista de las mejores del año, es que sus dos mundos, en apariencia incompatibles, al final se engarcen con tal elegancia. Aunque compuesta por varios bloques narrativos, ésta es una película de una sola pieza.

El contraste entre la realidad y la novela también le permite a Ford fincar un comentario sobre la vida de Susan –una vida similar a la de A Single Man–, donde los ricachones beben whisky en las rocas, siempre se ven listos para un photoshoot de Vogue y la peor desgracia es parecerse a sus padres. El director sabe qué tan alejados están del 99 por ciento de la gente. Tanto Edward –al que conocemos a través de flashbacks– como Tony, su avatar literario, funcionan como contrapunto para la frivolidad aséptica de las galerías, las mansiones angelinas, los diseñadores y sus asistentes de rostros estirados y peinados incólumes. A diferencia de como ocurre en A Single Man, aquí Ford ve ese microuniverso con guiños sardónicos. No es casualidad que Susan esté rodeada de hombres y mujeres incapacitados para saber que son absurdos (Michael Sheen y Jena Malone interpretan a los mejores ejemplos de esto). Incluso Adams se desdobla. En el pasado vemos a Susan con Edward, joven, desmaquillada, vulnerable, de sonrisa fácil. En el presente, con Hutton, es de una frialdad de femme fatale casi telenovelera, su personaje lleno de acentos melodramáticos, sobre todo cuando lee el manuscrito de Edward y suspira, lo deja caer o contiene una lágrima. Nuevamente, el contraste acierta. La naturalidad con la que Ford monta el pasado revela la artificialidad del presente.

Mucho de este acierto corre a cargo del fotógrafo Seamus McGarvey, quien crea atmósferas que, si bien son distintas, tienen rasgos que las emparentan. Ciertos colores –como el rojo y el blanco– aparecen a cuentagotas en la historia de Tony y en el pasado, mientras que en el presente tienden a enmarcar a Susan. Los claroscuros del noir salpican tanto el presente como la novela, pero poco de los recuerdos. El cuidado en el estilo cumple una función, trenzando los diversos hilos para que nunca parezcan tres películas, sino una sola.

Hacia el desenlace, Nocturnal Animals se revela más como una muñeca rusa que un tríptico: el rencor incubado en una historia se transforma en venganza en la siguiente… y la siguiente. Decir más arruinaría un final sorpresivo y sutil, que hace de la película de Ford mucho más que un apunte deprecatorio sobre el 1.0 por ciento de Estados Unidos. Nocturnal Animals es una mirada compleja sobre el proceso de creación y los dolores que se subliman a través de la palabra.

Twitter: @dkrauze156

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