Opinión

No somos país petrolero

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Petroleo

Ya decíamos que en nuestra forma de interpretar el mundo, el dólar caro y el petróleo barato son sinónimo de tragedia, porque así ocurrió desde 1976 hasta 1995, y sufrimos cuatro graves crisis en ese lapso que evaporaron ahorros de los mexicanos y, sobre todo, los sueños de convertirnos en primer mundo sin necesidad de trabajar. No se pudo.

Pero no somos un país petrolero, ni lo fuimos jamás. Pudimos haber imaginado algo así a inicios o fines del siglo pasado. Entre 1911 y 1921 México llegó a aportar 3.0 por ciento de la oferta mundial de petróleo, pero los campos fáciles de entonces, en Tampico y norte de Veracruz, se agotaron simultáneamente con el descubrimiento de los campos de Maracaibo, en Venezuela, y justo en medio de nuestro proceso de conversión en una economía cerrada y nacionalista, de forma que para cuando se nacionalizó la industria petrolera apenas si producíamos para nuestra demanda interna. Y así seguimos hasta la segunda mitad de los setenta, cuando se puso a producir Cantarell, el segundo manto petrolero más grande de la historia mundial, y del que vivimos desde 1980 y hasta 2004. Sin Cantarell, la producción de petróleo en México alcanza para nuestro consumo y poco más. De hecho, ahora ya no nos alcanza muy bien, porque, aunque todavía exportamos algo (1.08 millones de barriles diarios en 2015), ya casi es el mismo volumen que los petrolíferos que importamos (735 mil barriles diarios). Por las diferencias de precios, tenemos déficit en balanza de hidrocarburos desde junio del año pasado.

Así que, a diferencia de lo que usted aprendió, hoy lo que le conviene a México es que el petróleo sea barato, porque importamos más de lo que exportamos, y porque lo que más vendemos fuera no es petróleo, sino manufacturas, que requieren energía para producirse. Tal vez el espantoso precio de estos días sea demasiado bajo, y sería mejor que subiera un poco para colocar más campos en las subastas que la reforma energética ha permitido, pero no creo que debamos preocuparnos en exceso por eso. Lo más importante de dicha reforma es que ahora podemos tener electricidad y gas natural más baratos y en abasto suficiente para que puedan instalarse más empresas en el centro y norte del país para exportar. Eso es lo nuestro, no el petróleo.

Pero se entiende que atribuyamos al petróleo virtudes taumatúrgicas. En nuestro discurso nacionalista, la expropiación del general Cárdenas fue una derrota al imperio; luego, la abundancia que nos permitiría ser ricos en pocos años; y últimamente, la fuente de riqueza que nos permitió no pagar impuestos y posponer las decisiones. Pero todo eso es pasado, junto con el México petrolero.

El futuro está en otra parte, está en ampliar la planta productiva que ya tenemos en ciertos sectores para aprovechar el conocimiento productivo y desarrollar áreas nuevas. Ya pasamos de automotriz a aeronáutica, y es posible recuperar una parte de la industria electrónica que perdimos con el ingreso de China a la OMC en 2001. Más interesante aún, me parece, es reconstruir la industria química que destruyó Pemex en los ochenta, que puede ser un subproducto de la reforma energética al que no se le ha dedicado suficiente atención.

Observe usted que la situación actual de China es una oportunidad para México, porque ese país es nuestro gran adversario en el mercado estadounidense. Con energía a precios más accesibles y la mano de obra mexicana (con una razón costo/calidad razonable) las oportunidades de negocio son abundantes. Es el momento de aprovechar.

El autor es profesor de la escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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