Opinión

No se miden con el Inegi

 
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Billetes de cien, doscientos y quinientos pesos. (Arturo Monroy)

Imagínese que se anunciara la presentación en el Campeonato Mundial de Basquetbol de un equipo mexicano con una estatura promedio de 2.10 metros. A todas luces sorprendente. Ciertamente en una población de 120 millones de mexicanos, hay muchos que son altos, pero contar con un equipo tan alto no lo logran siquiera los eslavos o europeos, genéticamente mejor dotados.

Empieza el torneo y en el primer juego, cuando el equipo mexicano se iba a enfrentar al ruso, resulta que nuestros jugadores le llegan al hombro a éstos. ¿Será que los rusos son unos gigantes? No, lo que pasa es que la Federación Mexicana de Basquetbol decidió que el metro utilizado para medir a nuestros jugadores era demasiado estricto y midieron con uno “tropicalizado”.

Evidentemente, eso no pasa. Nos hemos puesto de acuerdo en qué consideramos un metro, un kilo, un litro (excepto muchas gasolineras mexicanas), un grado de temperatura, etcétera. No hay espacio para disputa. Sin embargo, cuando se trata de medir desempeño económico, “medir” puede ser un proceso complejo.

Medimos el tamaño de una economía por su Producto Interno Bruto, la suma de todos los bienes y servicios que se producen dentro del territorio de un país en un periodo determinado, contabilizándolos a precios de mercado. Un nuevo problema proviene de que, debido a los avances tecnológicos, muchos satisfactores importantes no “cuestan”.

¿Cuánto hubiéramos estado dispuestos a pagar por hacer una llamada por Skype hace veinte años? ¿Cuánto por tener una herramienta como Google para buscar información? Ambos servicios son gratuitos, pero de enorme utilidad. ¿Cuánto se ha abaratado el acceso a enseres domésticos, a televisores de mucha mayor calidad y que cuestan mucho menos que los de antes, o a entretenimiento mediante Netflix, por ejemplo? ¿Cómo comparamos con el pasado? La calidad de vida de los usuarios ha aumentado, el acceso a información, cultura y educación gratuitos es sorprendente.

Además, la comparación entre países se vuelve más engañosa cuando incorporamos el tipo de cambio al medir dos economías en dólares, por ejemplo. La fuerte devaluación del real brasileño, y la menor devaluación del peso mexicano, se han combinado para que repentinamente la economía brasileña medida en dólares sea sólo 12 por ciento mayor que la nuestra en este momento, cuando en 2012 era poco más del doble.

Las estadísticas producidas por países desarrollados tienden a ser más confiables que las de economías en desarrollo que tienen sectores informales más grandes y difíciles de medir, pero también porque tienen incuestionable autonomía política para medir. En países como Argentina el gobierno ha llegado al grado de demandar a entidades privadas que reporten niveles de inflación distintos a los del gobierno.

En Venezuela, simplemente se dejó de reportar cifras oficiales, ante la absoluta incredulidad frente a lo reportado. En China, la falta de coherencia entre cifras de crecimiento económico y datos de demanda de energía y de transporte de carga provocan duda sobre la objetividad de sus cifras, y les hacen merecer el título de economía “subdesarrollada”.

En México, hasta ahora, ha habido una entidad que mide y provee información de calidad, con criterios autónomos. Eduardo Sojo ha hecho un buen trabajo al frente del Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática. Sin embargo, ha sido atacado por el Secretario de Hacienda y por el Director del Servicio de Administración Tributaria quienes quisieran ver cifras de crecimiento más altas. Esta crítica es alarmante cuando se acerca un cambio en la dirección del instituto.

Sería en extremo grave que se politizara la dirección del Inegi, su autonomía e independencia son fundamentales pues de la información ahí generada se derivan políticas públicas. Al mando de éste tiene que estar un tecnócrata inobjetable y sin filiación partidista. Sería importante, incluso, elevar la autonomía del instituto a rango constitucional.

Recientemente, escuché al economista Luis de la Calle, cuya opinión respeto, decir que a México le urge quitarse la etiqueta de economía “emergente”. Estoy de acuerdo. La ola de liquidez que llegó a países emergentes entre 2008 y 2014 ahora va de regreso. Las condiciones de crédito se apretarán conforme sus monedas se devalúan, y el endeudamiento excesivo de corporaciones en esos países será un incómodo lastre para su crecimiento.

Un elemento que le daría credibilidad a México es que aprovecháramos la caída en el precio del petróleo para reducir la dependencia del gobierno a ingresos petroleros. La baja nos favorece, pues ya somos importadores netos. Si reestructuramos las finanzas públicas y encontramos formas más sensatas de recaudar, utilizando –por ejemplo– impuestos prediales como el propio de la Calle propone, daremos un gran paso en la dirección correcta, como también lo fue la elevación de la edad de retiro de los trabajadores de Pemex que ocurrió la semana pasada.

Un paso preocupante en la dirección opuesta se daría si el Inegi pierde autonomía. Defenderla es mucho más importante de lo que a primera vista parece.

Twitter: @jorgesuarezv

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