Opinión

¿No que no?

  
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Toros

En la fiesta de los toros absolutamente todo lo que acontece en el ruedo es subjetivo, partiendo de bases históricas, además de una reglamentación y segmentación de la lidia, por eso es tan difícil calificar las condiciones de un toro o la labor del torero, prácticamente imposible poner a todos de acuerdo.

Se ha hablado desde finales del siglo XIX acerca de la crisis por la que atraviesa la tauromaquia, la bravura del toro y el desempeño de los toreros. Curiosamente en nuestros días al toro se le exige más bravura durante la lidia, la agresividad silvestre del toro de lidia ha sido encausada o educada —si me permiten el término— hacia una mayor “toreabilidad” artística, no solamente defensiva por parte del torero. Esto ha traído como consecuencia que el comportamiento del toro tenga un hilo mucho más fino hacia su perfeccionamiento, teniendo como bandos negativos el genio y la sosería en ambos extremos del juicio.

Los ganaderos pasan horas estudiando y soñando lograr el mágico equilibrio del toro bravo, cuyas embestidas transmitan al tendido y al torero el peligro que tiene cualquier astado, que su fenotipo imponga respeto por su seriedad y sea motivo de admiración su trapío, la belleza inigualable de un toro serio y guapo. Al mismo tiempo, la fijeza que tenga el toro en el engaño es el compromiso absoluto y la entrega total del animal a su esencia de bravo, embestir sin cortapisas, con fijeza en el engaño cuando éste es manejado con sapiencia, firmeza y precisión milimétrica por el torero; ritmo en sus cuatro patas, convirtiendo la poderosa acometida de un animal de media tonelada en armónico movimiento sutil que parece ni siquiera levantar polvo.

El domingo 12 de febrero en la Plaza México, el toro número 277, primero de la tarde, de la ganadería de Barralva, de nombre “No que no”, desde su salida mostró atributos de bravura como poder, ritmo, fijeza y arte en sus embestidas.

Toro de origen mexicano, proveniente en su cimiente de dos ganaderías madres en la época moderna, como son la de Garfias y la de San Martín. Seriedad y armonía en sus hechuras, un señor toro de bella lámina cuyo comportamiento fue una puesta en escena de la forma que tenemos en este país de entender y sentir la Fiesta de los toros.

Tocó en suerte al torero murciano Paco Ureña, quien con él confirmó su alternativa tomada en el año 2006; torero de muy buen trazo y excelente concepto que gracias a sus brillantes actuaciones en plazas como Madrid y Sevilla despertó interés en los aficionados mexicanos presentándose en Aguascalientes en 2016 y el pasado domingo en la Plaza México.

Con el capote, Ureña brilló en bellísimas verónicas muy reunidas, en las que además de la estética que impone el diestro, el toro brindó todo el poder en su embestida con absoluta entrega y convicción.

Tras pelear como toro bravo bajo el peto del picador, “No que no” embistió con alegría al capote del murciano, que le ejecutó un emocionante quite por gaoneras.

Tras la ceremonia de confirmación de alternativa, a manos de Arturo Saldívar y como testigo Sergio Flores, Ureña y “No que no” se fundieron en un romance de bravura y torería.

Las embestidas del que puede ser el toro de la temporada brindaron emoción y arte a los presentes, siempre muy humillado (esto quiere decir que el toro al embestir lo hacía con la cabeza muy abajo y los belfos casi metidos entre las patas, con las puntas de los pitones intentando acariciar la muleta), con gran ritmo en la forma de andar, sin brusquedad y con toda su potencia física reducida al contener su poder en pos de la bravura y fijeza en el engaño. Peleó en los medios como los toros bravos, siempre entregado, pero exigiendo el toreo por bajo y de gran trazo.

Ureña estuvo muy bien, de no fallar con la espada hubiera cortado orejas, pero sin duda “No que no” fue un toro cuya bravura y clase al embestir merecían una faena histórica. Este toro nos recordó por qué amamos esta fiesta.

Bravura y nobleza, valores que en el ruedo nos brindan la emoción de vivir la vida.

Twitter: @rafaelcue

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