Opinión

No perdamos tiempo
con el Salario Mínimo

El debate sobre salarios mínimos al que convoca Miguel Mancera es buen reflejo de la confusión que existe entre los problemas que padecemos y sus causas.

El tema cardinal no debe ser el “salario mínimo”, sino la productividad. Si se invierte en infraestructura y se fomenta la inversión en maquinaria, equipo y tecnología, y en paralelo se invierte en capacitar a los trabajadores, habrá mayor productividad. Si cada trabajador agrega más valor, podrá recibir una mayor compensación sin mermar la rentabilidad de la empresa. Una empresa rentable puede reinvertir, crecer, competir y mantenerse en la vanguardia tecnológica.

En un reciente referéndum en Suiza, los votantes optaron por que no exista el salario mínimo. ¿Quiere eso decir que los pobres suizos se van a morir de hambre pues nadie fuerza a las perversas empresas a pagar suficiente? No. Tienen claro que la gente recibirá una compensación congruente con el valor que agrega y con su nivel educativo, experiencia y capacitación.

¿Cuándo veremos que un sindicato amenace con una huelga a una empresa no porque quiere que el empleado reciba más por hacer lo mismo, sino exigiendo capacitación y que la empresa invierta en maquinaria, equipo y tecnología para aumentar la productividad del empleado? Sueño con ver un sindicato preocupado por la rentabilidad de la empresa, por que sea competitiva, como herramienta para garantizar el empleo de largo plazo de sus agremiados. En vez de eso, vemos, por ejemplo, a una tras otra aerolínea quebrar porque simplemente la ahogan sus contingencias laborales, resultado de pírricos logros sindicales.

Mucho se habla de por qué México no crece. Para cualquier país, hay sólo dos formas de generar crecimiento: si más personas trabajan, o si quienes trabajan producen más. No hay recetas mágicas. En Estados Unidos, el gobierno de Obama ha caído en el absurdo de proponer que la debilidad de la demanda se resuelve pagando salarios más altos. Es al revés, un salario más alto que no esté respaldado por mayor producción, genera desinversión y desempleo. Se empieza por la productividad. Se genera un ecosistema que fomente la inversión y la capacitación para que al crecer la productividad, aumente la rentabilidad. Al aumentar la rentabilidad, surgirán más empresarios y empresas, habrá mayores niveles de empleo y mejor compensados. El resultado será mayor demanda, una economía más grande y competitiva. Mayor competitividad nos permite una rebanada más grande en el pastel de la economía mundial, al beneficiarnos de la demanda de un tercero, cuando le exportamos.

Evidentemente, es imprescindible construir un sistema educativo que -siendo muy simplista- logre dos cosas igualmente importantes: un nivel general de destrezas razonable (gente que entienda lo que lee, que pueda expresarse en forma oral y escrita, y tenga herramientas matemáticas), y eficiencia detectando talento e inteligencia, para desarrollar todo el potencial de aquellos que, independientemente de su status económico, estén mejor dotados dentro de la población. Ellos serán quienes desarrollen tecnología y potenciarán la capacidad de la economía de un país. Estamos a años luz de lograr uno u otro objetivo. Y, por cierto, es totalmente incompatible el deseo de la izquierda que quiere que la gente gane más, pero se opone a que se evalúe a maestros, se despida a los que no funcionan y se haga un cambio radical en el sistema educativo.

El otro absurdo es perder el tiempo hablando de salario mínimo en un país en el que un porcentaje tan alto de la población está en la economía informal. Lejos de fomentar formalidad, la reciente reforma fiscal del gobierno de Peña Nieto la desincentiva. Para entrenar, capacitar y desarrollar a nuestros jóvenes, y hacerlos merecedores a un mayor ingreso, hay que empezar por hacer que estén formalmente empleados. Estamos armando una letal bomba de tiempo dejando que millones de jóvenes se mantengan al margen de bancarización, sistemas de ahorro y seguridad social; garantizando que a la larga serán primordialmente dependientes de beneficencia pública. Eso asume que el Estado tendrá la capacidad para solventar ese gasto cuando haya más viejos que jóvenes. Esa es una apuesta que yo no haría.

El bono demográfico de México es una ventaja que se volverá una maldición si no la aprovechamos. Si no equipamos hoy a nuestros jóvenes con capacidad para producir, serán un pesado lastre cuando envejezcan. Países como Corea que educaron y capacitaron a sus jóvenes en su momento, hoy se benefician del fruto de ese esfuerzo, con una población adulta que trabaja y es productiva.

Por último, como dice Enrique Quintana, es urgente “desindexar los salarios mínimos”. Utilizarlos como unidad de referencia para todo tipo de pago o multa, genera distorsiones absurdas.

Discutamos lo que de verdad importa. ¿Cómo haremos para que la inversión crezca? ¿Cómo lograremos eficiencia en el gasto público? ¿Cómo incrementaremos la productividad? ¿Qué haremos para ser más competitivos internacionalmente? Ésa es la discusión. Lo demás es demagogia.

Twitter: @jorgesuarezv