Opinión

No olvidemos a China

   
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La amenaza de las elecciones estadounidenses, y nuestros propios problemas, nos impiden mantener la atención en otras partes del mundo. Es raro el que sigue con algún detalle lo que pasa en Medio Oriente o Rusia, dos puntos de gran inestabilidad. Se voltea a ver a China con un poco más de frecuencia, pero tengo la impresión de que eso ocurre con anteojeras, de forma que se ve lo que se quiere ver, y no lo que en realidad ocurre.

China tiene problemas serios. Su modelo de crecimiento, centrado en una inversión abundante, financiada mediante la restricción del consumo (es decir, mediante ahorro forzado), había llegado a niveles ya difíciles de manejar en 2007, y al año siguiente se inició el proceso de aterrizaje controlado. Sin embargo, la gran recesión espantó al gobierno chino, que prefirió regresar a los excesos para no recibir un golpe como el que nosotros aguantamos en 2009. Incrementaron nuevamente la inversión, ahora financiando con deuda. En 2007, la deuda de empresas e instituciones financieras representaba 96 por ciento del PIB. Hace dos años, según McKinsey Global Institute, era ya de 190 por ciento del PIB. Es muy posible que estemos ahora por encima de 220 por ciento, entre estos dos grupos, y sumando a los hogares, gobierno nacional y gobiernos locales, seguramente la deuda es más de tres veces el PIB.

El segundo problema es que no tenemos una idea clara de cuál es el PIB de China. Su gobierno establece la tasa de crecimiento que desea, y las estadísticas se ajustan para ello. Al menos desde 2009 los datos de PIB de China no tienen mucho sentido. Para que imagine usted de qué hablamos: entre 2000 y 2007 el consumo de energía de China crecía ligeramente menos que el PIB (0.94 veces), mientras que las exportaciones e importaciones crecían por encima del doble (2.5 y 2.4, respectivamente). Se trata de relaciones bastante lógicas. Sin embargo, de 2010 a 2015 estas relaciones se alteran significativamente. En este periodo, el PIB habría crecido al doble del consumo de energía, y lo mismo que las exportaciones e importaciones. Eso no ha ocurrido en ninguna parte del mundo, jamás. De hecho, si suponemos que China más bien mantiene su relación entre PIB, energía y comercio exterior, entonces en lugar de promediar 8.3 por ciento de crecimiento en el periodo que comentamos, estaría en 4.8 por ciento. Más aún, mientras que China ha publicado datos de crecimiento de entre 7.0 y 8.0 por ciento desde 2012, de acuerdo con los indicadores mencionados más bien ha estado entre 2.0 y 3.0 por ciento. En 2015 y 2016 todo indica que está por debajo de cero.

Esto significa que todas las mediciones que se hacen con respecto al PIB son falsas: el tamaño de la deuda, los indicadores financieros, o la eficiencia energética. Llevan un par de años festejando el gran avance chino en eficiencia, cuando en realidad todo apunta a que no han mejorado en ello, sino que al alterar el PIB, nos engañan también en esto.

Y llegamos al tercer problema. Todo esto ha ocurrido durante el gobierno de Xi Jinping, que ha acumulado poder como nadie lo había hecho desde tiempos de Mao (o de los emperadores). Se ha deshecho de sus opositores mediante una cruzada anticorrupción al estilo de nosotros: nomás para los adversarios. Y todo indica que Xi va a intentar posponer el nombramiento de su sucesor (que debería ocurrir en 2017), con la idea de quedarse más allá de los tradicionales 10 años.

Cuando un gobierno autoritario enfrenta este tipo de problemas, suele buscar un enemigo externo para afianzar su poder interno. Y ahí están las disputas marítimas con sus vecinos, y ahí está la distracción estadounidense en su elección. Usted no se distraiga.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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