Opinión

No, no es 'bullying'

    
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Cuartoscuro

Los desencuentros, por decirlo afablemente, de Peña Nieto con las cuestiones de seguridad, violencia e impunidad son de larga data. Se remontan a sus épocas de gobernador, pero ya en la presidencia de la República han sido sistemáticos y han tenido efectos negativos.

Los enumero.

1. En su libro, México, la gran esperanza, planteaba la creación de la Gendarmería Nacional como uno de los ejes de su programa de seguridad. Se hablaba incluso de unos 40 mil efectivos. Al final, la propuesta ha quedado reducida prácticamente a nada.

2. Durante la campaña ofreció bajar los delitos en un 50 por ciento el primer año de gobierno. Pero ya en el poder adoptó la visión de que el problema de la violencia era de percepción, y que había que “modular” el trato y la importancia que se le daba en los medios.

3. Paralelamente impulsó, como algo novedoso y efectivo, la estrategia de prevención del delito. E incluso adoptó la tesis de López Obrador: el combate debía concentrarse en las causas profundas del problema (marginación y pobreza). Pero no hay duda que haber puesto el acento en la cultura de la prevención en un país que ardía (arde) ha sido una grave irresponsabilidad.

4. La propuesta de colaboración entre los tres niveles de gobierno, definida como la estrategia capaz de corregir los errores de Calderón, fue otro eje rector. Sólo que, pequeño detalle, obvió sistemáticamente que los gobernadores y sus procuradores eran los artífices de delitos y despojos a la ciudadanía, además de estar coludidos con el crimen organizado.

5. El nombramiento de Murillo Karam al frente de la PGR hipotecó aún más el proyecto. El nuevo procurador siempre estuvo convencido de que los problemas de violencia e inseguridad no tenían solución, ni en el corto ni en el mediano plazos, y que, a falta de remedio, procedía la “administración” de los mismos.

6. El error se elevó a la tercera potencia al mantener a Murillo en su puesto, después de la desaparición de los 43 normalistas, a pesar de que un año antes había recibido denuncias de los crímenes de los Abarca, en Iguala.

7. Posteriormente, vino la fuga del Chapo, que puso en evidencia los niveles de corrupción y connivencia en la prisión más segura del sistema carcelario. El ridículo le dio la vuelta al mundo, pero el honor fue limpiado, entonando el Himno Nacional el día que Guzmán Loera fue reaprehendido.

8. Dado todo lo anterior, cómo sorprenderse de la pérdida de control de zonas turísticas estratégicas (Los Cabos, San José, Cancún, Playa el Carmen) en Baja California Sur y Quintana Roo, que a final del sexenio de Calderón estaban en paz y tranquilidad.

El futuro terminó inevitablemente por alcanzar al gobierno federal. María Elena Morera lo resumió correctamente: “La violencia no es temporal ni regional, es endémica y de alcance nacional… resulta cada vez más intolerable que los responsables políticos de este desastre, tanto a nivel federal como los gobernadores, sólo sumen pretextos”.

Ahora el presidente denuncia bullying contra la policía y las instituciones de seguridad. Pero el argumento no se sostiene. Para empezar, porque dentro de su gabinete hay un claro desdén por los temas de seguridad y violencia. A lo que se suma el menosprecio por la labor policíaca, tal como lo puso de manifiesto José Narro, entonces rector de la UNAM, al declarar que era una profesión indigna de un universitario.

Sin embargo, el verdadero fondo de la cuestión es que la lamentable situación en que se encuentran las corporaciones no es consecuencia de los elementos que las integran, sino de la clase política y en particular del gobierno federal.

Porque para solucionar el problema de las policías, la inseguridad y los altos niveles de impunidad no hacen falta milagros, sino tres cosas elementales: voluntad política, recursos y una estrategia precisa. La estrategia existe. María Elena Morera la enumeró y sintetizó frente al presidente de la República. Pero la voluntad política y los recursos necesarios han brillado por su ausencia. La responsabilidad de este gobierno –y del resto de la clase política– es manifiesta y no hay forma de evadirla ni de excusarse. Así que no, no es bullying.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

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