Opinión

No es la economía… somos todos

 
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Donald Trump. (Bloomberg)

Today’s professional economists, by contrast, have studied almost nothing but economics. They don’t even read the classics of their own discipline. Economic history comes, if at all, from data sets. Philosophy, which could teach them about the limits of the economic method, is a closed book. Mathematics, demanding and seductive, has monopolized their mental horizons. The economists are the idiots savants of our time. (Robert Skidelski, “The economists against the economy”, Project Syndicate, diciembre 2016).

Época melancólica por formato, la de este fin del año cero de Mr. Trump se vuelve doblemente viscosa, atribulada: por lo que pasó a todo lo largo de 2016 y por lo que casi seguramente empezará a pasar una vez que el nuevo gobierno estadunidense se haga cargo del timón de la sin duda abollada nave global. El mundo parece estar sin control y la permanencia de los poderes de siempre, instalados en las capitales financieras, las presidencias, en los parlamentos y congresos, en las comisiones de Bruselas o los corredores del Partido Comunista de China, no hace sino contrastar todavía más la fragilidad de las redes de dominio y hegemonía que el mundo se había dado después de las tragedias de los años treinta, los fascismos y la máxima crueldad exhibida durante la Segunda Guerra que culminaría con el estallido de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

Como castillo de naipes planetario, ese orden, cuya construcción iniciaran los Estados Unidos de América en Bretton Woods y San Francisco, pasando por el GATT y la OTAN para culminar en el gran experimento hoy bajo sitio de la Unión Europea, no pudo mantener la gran celebración globalista de fines del siglo XX y los primeros años del actual. En medio de una recuperación timorata, hoy tiene que encarar la ironía cruel de la prominencia de Putin de Rusia en la política internacional y en la propia política interna de Gran Hegemon, así como la imparable expansión comercial y productiva de China, cuyos sobrantes sostienen el débil equilibrio financiero americano.

Es de la conciencia de todo esto y, en especial, del estado que guarda el ruinoso aparato reglamentario y de control e investigación económica, social y militar desde el que las elites del mundo desarrollado, a cuya cabeza siguen las de Estados Unidos, pretendieron dirigir la novedosa “gran transformación” del mundo en su conjunto, que emanan la angustia y el “malestar en la cultura” de millones. No se trató de un proyecto de ocasión, sino de llevar al mundo a una sociedad planetaria articulada por un mercado mundial unificado y la extensión sostenida de la democracia representativa. De implantar un nuevo orden esta vez de alcances totales, a la vez que interminables.

No resultó así y lo que hemos vivido con particular intensidad y angustia es un “falso amanecer” (John Gray), tras el cual no parece haber más horizonte que un interminable “cielo nublado” como lo avizorara el poeta Octavio Paz. La pregunta impertinente pero obligada es qué sigue, a lo que el gran pensador e historiador británico, biógrafo mayor de Keynes, Lord Robert Skidelsky, responde escuetamente: no sabemos.

Otros, como el Nobel Paul Krugman se arriesgan y nos advierten que la guerra comercial anunciada por Trump puede venir, porque en sus manos está desatar un proteccionismo agresivo que, de desplegarse o mantenerse como finta ominosa, llevará a otros países a intentar represalias en el mismo frente de los aranceles y las barreras para llevar a la economía internacional a una contracción del comercio todavía más grave que la vivimos hoy como resultado más o menos directo de la Gran Recesión de 2008. Y ahí estamos en primerísimo lugar nosotros.

El mundo gira, pero es como si lo hiciera contrario a las manecillas del reloj, rumbo a una regresión mayúscula. La “edad de la furia” se apodera del panorama existencial de pueblos, comunidades y personas sin que nadie puede apostar hoy a una explicación monocausal de tanto ruido, de tan espectacular disonancia.

Y sin embargo se mueve: aparte de los factores condicionantes, el mundo entero afronta un severo enredo proveniente de una economía política que fue capaz de evitar que “aquello” volviera a ocurrir; moduló el ciclo, aumentó los niveles de vida, mejoró la distribución del ingreso y dio sustento a Estados de Bienestar comprometidos con la seguridad y la protección social universales. Hasta que dio de sí y fueron otros, desde antes presentes en la sala de máquinas y el puente de mando del buque, los que tomaron el timón y le impusieron un dramático giro.

La revolución neoliberal llegó y como remolino nos alevantó, pero nos dejó caer sin red de protección y sin cumplir sus promesas de progreso material, derechos humanos y democracia para todos. Y entonces llegó Trump a mandar parar.

Sin demasiada esperanza, hay que insistir en que ésta es la hora de la igualdad, como propone la CEPAL y, en consecuencia, de una economía política renovada, sensible pero implacable frente a las supercherías de la magia del mercado o las de la multiplicación de panes y peces sin inversión ni empleo decente. Algo podríamos hacer para contribuir a esta búsqueda angustiosa, contra el tiempo, que Trump y sus majaderías sobre el cambio climático no pueden sino acortar fatalmente.

Con todo y por todo: feliz año.

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