Opinión

No discutamos por décimas

Mañana jueves el Inegi dará a conocer las cifras del crecimiento del PIB en el segundo trimestre, así como del IGAE en junio.

Sabemos que en abril y mayo el crecimiento fue, en promedio, de 0.95 por ciento. Nos falta conocer junio.

Si nos ponemos optimistas y pensamos que la actividad en ese mes creció 3.0 por ciento, entonces el PIB del segundo trimestre habría aumentado 1.63 por ciento. Si somos pesimistas y pensamos en una cifra de 2.0 por ciento, entonces el resultado se ubicaría en 1.3 por ciento.

Lo más probable es que se ubique en algún punto medio entre estas dos cifras, quizás en 1.4 a 1.5 por ciento.

Con estos datos, podemos confirmar que la economía habría avanzado en el primer semestre a un ritmo que se va a ubicar entre 1.6 y 1.7 por ciento.

Con todo y lo baja que parece, esa cifra será mejor que cualquiera de los dos semestres del año pasado, que tuvieron ritmos de 1.12 y 1.03 por ciento, respectivamente.

Mal haríamos, sin embargo, en poner el acento en que vamos cinco o seis décimas arriba.

Para acabar pronto, si se cumplen los pronósticos de la mayor parte de las consultorías y analistas, durante los dos primeros años de la actual administración el crecimiento del PIB per cápita tendrá un ritmo anual promedio de 0.6 por ciento.

Para asegurar que haya un crecimiento sustancial de los ingresos de la población, se necesita que el PIB per cápita aumente a tasas sostenidas de 2.0 a 3.0 por ciento anual por lo menos por un lustro.

Eso requiere que el PIB total crezca por lo menos de 3.0 a 4.0 por ciento anual en un lapso prolongado.

Es decir, el tema más relevante que nos debe ocupar es cómo alcanzar y sostener esas tasas de crecimiento.

Y, para ello no se ve de otra que con una inversión cuyo ritmo por lo menos duplique el del PIB, es decir, que crezca al menos a tasas de 6.0 a 8.0 por ciento al año. La última ocasión que la inversión creció en México a esos ritmos fue en 2007. Desde la crisis no ha vuelto a ocurrir.

Mañana, inevitablemente se hablará del mal resultado económico de los primeros 18 meses de la administración de Peña.

Ese es innegable. Sin embargo, la clave es si las reformas cuyo ciclo ya concluyó en lo esencial, tendrán la capacidad para generar una etapa prolongada de crecimiento.

Por cierto que en ese contexto, la actual discusión sobre el salario mínimo y en general sobre la participación de los salarios en el ingreso tiene toda la relevancia.

Sin duda que la aspiración del país debe ser crecer a tasas que sean varios dígitos más altos y no unas décimas. Pero, cada modelo de crecimiento tiene un patrón distributivo.

Y las estadísticas oficiales muestran que los trabajadores han perdido en el largo plazo.

Tal vez, para quitar todo sentido electoral a este debate, se requiera visualizar un nuevo pacto, en el que se definan reglas más claras de cómo trasladar el crecimiento de la productividad al salario y cómo resarcir gradualmente la pérdida de todos estos años, sin que haya repercusiones inflacionarias que puedan pegarle a la estabilidad en el país.

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