Opinión

No basta con crecer para reducir la desigualdad

¿Cómo puede ser posible que en México exista una persona cuya fortuna sea de 72 mil millones de dólares, según las estimaciones de Forbes al cierre de 2013, o de 63 mil 100 millones al día de ayer, según las estimaciones de Bloomberg?

La pregunta es: ¿cómo puede ser ese el nivel de la fortuna de una persona en un país cuyo ingreso per cápita está en los 11 mil dólares anuales, de acuerdo con las estimaciones del FMI?

Pero, el caso de Carlos Slim no es único.

Quizás se pudiera comprender que los personajes que están en las posiciones 1, 3 y 5 de la lista que permanentemente publica Bloomberg correspondan a norteamericanos. Finalmente son parte de la economía más grande del mundo.

Pero, por ejemplo, el número 4 es Amancio Ortega, que proviene de un país con una de las crisis más severas en Europa, España, y que sin embargo ello no ha sido obstáculo para mantenerse en esa posición de la lista.

¿O que el número 7 de la lista, Ingvar Kamprad, sea nativo de una de las naciones más igualitarias del mundo, Suecia?

Si vamos al fondo del asunto: ¿no hay nada que pueda hacerse para lograr que el crecimiento de la economía no genere mayor desigualdad?

De acuerdo con las estadísticas más recientes, hay una reducción del número de pobres en el mundo, fundamentalmente por el crecimiento de China, que contribuyó a que en la última década millones de personas salieran de la pobreza rural y tuvieran ingresos más elevados en las ciudades.

Sin embargo, la reducción de la pobreza no significa necesariamente una caída de la desigualdad.

El discurso usual señala que la vía para reducir pobreza y desigualdad es el crecimiento.

Es probable que la experiencia permita sustentar perfectamente la correlación inversa entre crecimiento y pobreza, pero hay muchos indicios de que no sucede lo mismo con la desigualdad.

Hay un discurso que incluso señala que la desigualdad es deseable porque los seres humanos somos naturalmente desiguales.

Si la desigualdad derivara estrictamente de los méritos de cada uno, quizás esa afirmación pudiera tener sentido. No es el caso.

Aunque muchos de los personajes más ricos del mundo han sido ricos a partir de ellos mismos y no por herencia, la realidad es que si vemos el grueso de las clases adineradas, su origen es principalmente por herencia.

Y lo mismo sucede en el caso de la pobreza. La mayor parte de las familias pobres de hoy lo han sido por generaciones.

La realidad es que el crecimiento no es suficiente.

Se requieren políticas públicas. Y quizás la más importante de todas ellas es la que tiene que ver con la educación.

Imagine cuál sería la situación de millones de personas si hubieran contado con las condiciones de tener una buena educación por 16 o 17 años continuos.

La historia, sin duda, sería muy diferente.

Claro, para tener esa opción requerirían quizás un ingreso mayor y otro entorno social.

Las políticas sociales debieran orientarse a ello, y lamentablemente, en México, las evaluaciones que ha hecho el Coneval nos dicen que estamos lejos de lograrlo.

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