Opinión

Nicolas & Bruno y Olaizola: eligiendo

I. LA FRUSTRACIÓN ERÓTICA. En El lobo seductor (Le gran méchant loup, Francia, 2013), desenfadado opus 2 del exitoso equipo comediógrafo francés que bajo el seudónimo de Nicolas & Bruno conjunta a Nicolas Charlet y Bruno Lavarne (primera colaboración entre ambos: La persona de dos personas 08), con guión propio basado en el filme canadiense Los tres cochinitos (07) de Patrick Huard escrito por Claude Lalonde y Pierre Lamothe, la hospitalización por derrame cerebral de la matriarca liberal casi septuagenaria Delacroix (Marie-Christine Barrault) reúne en coma alrededor de su cama y pone en crisis a sus tres hijos cuarentones clasemedieros y habitantes del aún regio Versalles, todos ellos existencialmente fallidos, eróticamente frustrados e infelizmente familiaristas, por excelencia y por igual: el narigudo cuidador gandalla del palacio-museo Philippe (Benoît Poelvoorde) con una tediosa esposa insípida Nathalie (Valérie Donzelli) que, cual ridículo pobre diablo sintiéndose jovencito, a sus años va a descubrir el transgresor placer viril al lado de la actricita de comerciales Natasha (Charlotte Le Bon) en una relación clandestina de la que pronto perderá el control; el patético consumidor de pornos a escondidas Henri (Fred Testot), casado con la policía frígida Patoche (Léa Drucker) que lo orilla a una terapia de pareja, donde conocerá a la insatisfecha esposa oriental diminuta Lai (Linh Dan Pham) que lo flechará enloquecedoramente, y el acomodado calvo rechoncho hijo mayor Louis (Kad Merad), aparentemente sabio y equilibradísimo, en cuya sólida casa los anteriores se refugian, aunque sin espacio ni tiempo para sí mismo a causa de las exigencias de su bienpensante prole encabezada por la esposa que suele convertirse bajo las sábanas en adorada perra feladora Victoire (Zabou Breitman), si bien eso no le evitará temblar ante los encantos de la excondiscípula hoy gerenta Eléonore (Cristiana Réali), ni dejar de sostener una clandestina relación homosexual de clóset-gag con su exigente vecino vetarro Jean-Loup (Gilles Gaston-Dreyfus), y colorín colorado, hasta el tranquilizante deceso de la progenitora común.

La frustración erótica recrea el cuento infantil Los tres cochinitos de autor anónimo dieciochesco (recreado por Disney 33) en un modo bufo agudamente burlón y satírico, la verdadera historia patética y feérica y jubilosa de Los Tres Cochinitos desde la perspectiva irónica de tres enormes cerdos pequeñoburgueses hipócritas y caricaturescos, tres fallidas grotecidades-espejo distintas y una misma obsesión compartida: la tentación del adulterio, que adopta la triple (o cuádruple) forma de un lobo feroz, un irracionalista lobo estepario de Hesse para reivindicar el instinto amatorio y para “entregarse al entretenimiento eterno” (Kierkegaard citado en el filme), un lobo con rostro de mujer, en todos los casos medio seductoras medio idiotas, pero por ello mismo aún más devastadoras de falsos principios y conductas convencionales al límite, impidiendo elegir.

La frustración erótica usufructúa, humor grueso y tosco mediante, en las mejores y en las peores, la tradición de la comedia-vodevil popular francesa, una tradición por lo visto todavía muy exportable (por lo menos a Quebec), con hilarantes notaciones y secuencias desternillantes como ese frivolazo amigo doctor (el fabuloso comediante Denys Podalidès nada menos) que en los pasillos del nosocomio bromea con sus antiguos cuates refiriéndose ya a la madre moribunda en tiempo pasado, ese gag reiterativo de la progenitora postrada que parece reanimarse para malinculcar tan lúcida cuan solapadora y cínicamente a cada cochinito que en posición fetal se recuesta a su lado para ahora ser él quien reviva (“Libérate”), la terapia de risa loca encabezada por cierto omnisonriente curita lelo (Francis van Listenborgh), esos simbólicos atropellamientos continuos de las mascotas, o así.

Y la frustración erótica inventa, e incluso quiere innovar ejemplarmente, en el uso de la monologal voz narradora, al hacer que vaya pasando coloquialmente de personaje en personaje, de cochinito hundido (“¿Y si yo muriera mañana? ¿Aproveché mi vida?”) a cochinito ufano, en una miríada de voces sustitutivas del abismo individual (“¿Estás disipando tu ilusión de ser?”) y de la imposibilidad de reflexión (“No te tardes, el destino te espera”), echándose inútiles autoporras (“No pasaré al lado de mi propia vida”), con una contundencia que encantaría al fundacional Sacha Guitry, para culminar en un conformista/inconformista/bisexual reacomodo convencional de las viejas nuevas parejas, porque “Mientras tenemos vida, no tenemos elección, y después ya es demasiado tarde”.

II. EL ARRAIGO EXTREMO. En Fogo (Canadá-México, 2012), ascético tercer filme pero sólo segundo largometraje decididamente docuficcional de la chilanga egresada del CCC de 31 años Yulene Olaizola (Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo 06, Paraísos artificiales 09), con guión suyo y de su estupendo camarógrafo perfeccionista Diego García, más el también realizador Rubén Ímaz (Familia tortuga 06), el solitario aldeano sesentón Norman Foley (él mismo obedeciendo sofisticadas técnicas improvisatorias) y sus vecinos de la misma edad y condición Ron Broders y Joseph Dwayer apodado Little John (ellos mismos) son algunos de los últimos habitantes de la pequeña pero impresionante isla de Fogo, adyacente a la costa septentrional de la gigantesca Terranova en Canadá, un escueto puñado de personajes apenas mantenidos allí en pie por la fuerza del terco sostenimiento y sometimiento a un arraigo extremo, en realidad ya sólo unidos a sus adorados perros, contra la reubicación migratoria.

El arraigo extremo explota al máximo la fotogenia isleña, su permanente invierno infernal, sus paisajes lunares, su desolación de fin del mundo en un Finisterrae ignorado, su horizonte diríase cargado de amenazas intangibles o ya cumplidas, su mísera soledad mineral de cementerio posdantesco lleno de caminos fulgurantes, senderos extraños, veredas custodiadas por cercas de entarimas y surcos de colores artificiales que nunca se registrarían en otras latitudes.

El arraigo extremo se nutre de las mecanizadas, al borde de lo impersonal, rutinarias, automatizadas y como ya consabidas relaciones humanas de figuras inmóviles que parlotean sin término entre ellas dentro de planos fijos de interiores cotidianos, cocina, alcoba, granero, salas atrozmente desnudas, para rendir testimonio de tarkovskianas faltas de nexo ante una inmensa mesa baldía, o nexos que plantean nimios trabajos de supervivencia, que lamentan el deterioro actual, que evocan y añoran otros tiempos, por medio de diálogos lacónicos o imparables en dialecto irlandés arcaico que ponen de manifiesto su condición dual de criaturas elementales y dinásticos seres encapsulados, amables pero volcados hacia ellos mismos y sus descomunales esfuerzos de permanencia geográfica en esas landas infames en planos abiertísimos, como si dieran vueltas mentales sobre sus cuerpos desgastados a imagen y semejanza del entorno, y en torno de propio cráneo, sin poder llegar jamás a ninguna parte, pero siguiendo por mera compulsión (o urgencia ante la imposibilidad de mudarse a otra parte) su rumbo de estatismo vertiginoso.

Y el arraigo extremo ha llevado hasta sus últimas consecuencias plástico-pictóricas una apariencia de Apocalipsis de bolsillo que nunca logra darle la vuelta a la esquina porque ésta simplemente ya no existe, quizá perdida entre esos encuadres geometristas y esos tracking-shots acosando siluetas de espaldas o esa música vanguardista de acordeón (compuesta por la gran veterana Pauline Olivares), acaso extraviados en el pernicioso enigma de esas cabañas-casetas de tablones con paredes ya peligrosamente inclinadas y en el misterio irresoluble de las causas eficientes que han provocado el radical abandono en esa isla y en su mundo circundante, su proceso de imparable degradación, su merma en la calidad de vida y de no-vida, rumbo a ese inolvidable sol rojoamarillento en forma de dura estrella vencida, alucinante y final.