Opinión

Nichols y Dresen: eclipsando


 
 
I. LA ROBINSONADA INICIÁTICA. En El niño y el fugitivo (EU, 2012), opus 3 del autor total arkansasiano de 32 años Jeff Nichols (Historias de rifle 07, Atormentado 11), el febril chavo de 14 años morador de una casa flotante fluvial Ellis (Tye Sheridan) entra en contacto, durante una pequeña fuga al lado de su compañerito pelón Neckbone (Jacob Lofland), con el varado fugitivo todovulnerado de perpetuo cigarrillo parlante Mud (Matthew McConaughey), se deja fascinar por él, le lleva alimentos clandestinos, lo reúne con su rechazante expadre adoptivo Tom (Sam Shepard), lleva mensajes a la esperada exnovia promiscua imposible Juniper (Reese Witherspoon) y roba por ellos un motor-chatarra para su lancha, pero lo hace salir de su guarida para salvarle paradójica y temerariamente la vida.
 
 
La robinsonada iniciática confina y moderniza en un islote idílico con bote arbóreo la eterna interdependencia entre el epónimo náufrago ingenioso inglés y su virginal nativo Viernes de Defoe, revivifica el espíritu intrépido de los Huck Finn y Tom Sawyer de Mark Twain, reduce a sólo dos amiguitos antinómicos al grupo de niños que experimentaban a bordo de un barco pirata el crucial despiadado Vendaval en Jamaica (Mackendrick 65), despolitiza con existencialista inteligencia el tema resistente-vindicador de El salvador de Mardore (70) y, con toques de thriller truculento y romance de fieras y balaceras westernistas resueltas por un exfrancotirador de la CIA, evita zozobrar en el gradual crepúsculo degenerativo otra vez por todos tan temido del Señor de las Moscas de Golding, tras tornarlo efusiva y maravillosamente auroral, sin salir de la trivialidad cotidiana. La robinsonada iniciática disecta con fervor y canta homéricamente la mentalidad de un preadolescente idealista romántico ilusorio, a modo de educación sentimental múltiple, marcando tan exaltada cuan necesariamente las etapas de enardecimiento y decepción por las que irá cruzando, por agitado afecto, a modo de educación sentimental y edificación fundacional para la vida, al menos en siete exaltados tableros de juego distintos: el impetuoso tablero de la Huida (hacia la naturaleza, sólo para toparse con la suya propia básica y oprobiosa y contradictoria), el épico tablero del gusto por la Aventura (satisfecha en el descubrimiento y en el contacto con lo desconocido e incluso en la acción violenta), el férreo tablero de la Amistad (con el listo chavo homólogo, con los intrigantes seres diferentes masculino y femenino, con el persecutorio mal encarnado), el rabioso tablero de la Transgresión (hasta incurrir en el latrocinio, hasta caer literalmente él mismo en el foso de las serpientes), el inerme tablero de las primeras Pulsiones amatorias (para conseguir su primera cita, para sufrir su primer corazoncito roto, para aprender a no golpear a los rivales), el compulsivo tablero de la búsqueda del Padre (un didáctico Homo Faber con forzada vocación final de estoico omniprotector al rescate), más el metafísico tablero de la identificación hereditaria (sucesoria del fugitivo acosado). Y la robinsonada iniciática exulta desembocando como ría majestuoso, tan emotiva cuan edénicamente como bien puede, en la Errancia y el Desarraigo, simbólicamente señalados por la irremisible diáspora familiar y el derrumbe por Ley del antiguo hogar-refugio desechable.
 
 
 
 
II. LA DESCARNADURA DESEMEJANTE. En Alto en el camino (Alemania-Francia, 2011), filme 9 del nacido estealemán instintivamente proclive a los temas ingratos de 48 años Andreas Dresen (En las nubes 08 sobre el amor prohibido entre ancianos, Whisky con vodka 09 sobre la decadencia fisicomental de un exactor donjuanesco), con guión suyo y de Cookie Ziesche, el operario cuarentón de ensambladora provincial Frank Lange (Milan Pescel) es diagnosticado con un inextirpable tumor cerebral, desahuciado y, por misericordia, enviado a morir a la idílica pequeña mansión en las afueras del pueblo donde se irá extinguiendo brutalmente, entre las quimios y radioterapias de rigor, entre malestares y desahogos rabiosos, devotamente atendido por su amorosa cónyuge tranviaria Simone (Steffi Kühnert) y a la vista de sus hijos, la puberta evadida en la natación Lilly (Talisa Lemke) y el desconcertado niño de 8 años Mika (Mika Seidel), incapaces de comprender la tragedia.
 

La descarnadura desemejante filma al escalpelo, como si sólo consignara, analizara y desmenuzara, con extrema sobriedad, carente de guiños formales, de coloquial manera realista-fatalista, las etapas del derrumbe del mundo privado de un enfermo terminal cualquiera, afectando sin remedio a sus seres queridos, aunque casi excluyéndolos, en el cambio y el relevo constante de elementos dramáticos, para mayor gloria estética de la crueldad germánica, en un espacio semiconfinado, contemplando a la enfermedad que avanza y se agrava, vehiculando la meditación sobre una Muerte que va haciéndose cada vez más impertinente e inminente, más doliente, ominosa e imposibilitadora, más visceral y deseada, bajo la inmejorable asesoría de especialistas benévolos y tanatólogos inapelables que parecen haber vivido eso mismo mil veces, al enfrentar los trastornos circulares y paralizantes de la defunción como una suma de hechos en frío y en crudo, un alto en el camino para todos, aunque cada quien a su manera.
 
 
La descarnadura desemejante pone en el puesto de mando, cual si fuera en la picota, al cuerpo vulnerado y aún mínimamente palpitante, pero ya en caída libre o en descomposición anticipada, como ante El hocico abierto del abismal Pialat (73): la radiografía del tumor maligno como incendio fuera de control, la incólume lágrima femenina al serle espetada la noticia, el relato lleno de pausas desdramatizadas y silencios y miradas fijas, los titubeos ("¿Y qué les decimos a los niños? ¿La verdad?") y la exasperación furibunda ante los hijitos, la fuga lastrada a otro nivel de conciencia gracias a un CD alternativo y la autocompasión inane ("Ya no sirvo para nada"), las protecciones-bozal para las terapias, la desganada plática sobre futbol con el colega, la morfina a nivel de pavo navideño, la cena de Nochebuena espiada desde el piso superior y exigiendo mudarse hacia allá, la cosificante limpieza íntima por la enfermera impersonal, la última tristísima cópula marital entre perfiles enfrentados, o la insólita visita consoladora sin idiotas celos mediantes de la cariñosa exnovia hoy azafata Ina (Inka Friedrich). Y la descarnadura desemejante confirma la historia ya orgullosamente banal ("Sólo salí mal en cuarto año") de un hombre sin atributos en sofocado trance de morir para los demás, pero sobre todo para sí mismo, antes registrándolo todo maniáticamente mediante un maldito iPhone ubicuo, hasta su propio imaginario, que visualiza a cierto mediático Tumor Alegre (Torsten Merten) con quien debe compartir, cual exceso de conciencia, adorno y tortura, las monologales despedidas incoherentes.