Opinión

Negación

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Finanzas

En la última semana platicamos aquí de las presiones que tenemos en las finanzas públicas. Por un lado, le hemos cargado al gobierno obligaciones abundantes, que consideramos derechos de los mexicanos. Por otro, nos hemos negado a financiar esos derechos. El resultado es que el gobierno, incapacitado, mantiene la cobertura de esos derechos lo más que puede, reduciendo la calidad de los servicios.

Es decir, los derechohabientes del IMSS o ISSSTE siguen teniendo derecho a ser atendidos, pero eso ocurrirá en el transcurso de muchos meses. Hay educación básica para todos, pero en escuelas en ruinas, o en turnos de sólo cuatro horas, o con maestros ineptos. Hay pensiones, pero pequeñitas. Hay seguridad… No, eso no hay.

Bueno, cuando un sistema empieza a actuar de esa manera, la respuesta de quienes deberían recibir esos servicios puede tomar tres formas, según nos lo explicó Albert Hirschman hace ya décadas: salida, reclamo o lealtad (exit, voice and loyalty, en inglés, es el título de su libro). Los que pueden, se salen del sistema. Los que no, pero tienen ánimo para hacerlo, se quejan. Y los que no pueden, ni quieren quejarse, nomás aguantan vara. Así, han proliferado los consultorios asociados a farmacias, que por 20 o 30 pesos dan consulta, útil para buena parte de las dolencias normales; también abundan ofertas de regularización educativa, como el gran sistema Kumón; y quienes pueden se dotan de seguridad privada. Todos ellos se han salido del sistema. Otros no pueden irse, y entonces hay quejas y reclamos, que a veces logran respuesta y a veces no. Y finalmente están los que no pueden hacer nada, y están soportando las fallas.

Esto es perverso, porque precisamente quienes podrían pagar impuestos son los que pueden irse, a salud, educación y seguridad privada. No perciben que el costo resulta mayor por ese camino, o si lo perciben, consideran que vale la pena pagarlo. Por razón obvia: para que el sistema público funcionase bien, sería necesario que todos aportaran, y como no sé si los demás lo harán, mejor no lo hago yo. Ésta es la excusa más frecuente: “No pago impuestos porque no recibo servicios públicos decentes. En Europa pagan porque todo funciona”. Este es un argumento cíclico que puede tranquilizar la conciencia de los evasores de impuestos, pero sigue siendo una falacia.

La otra respuesta común es que no se necesita pagar más, porque bastaría con que no robaran. En los cinco artículos anteriores mostré, con cifras, cómo esto tampoco es cierto. Aún teniendo el mejor gobierno del mundo, hay que gastar cinco puntos en seguridad y defensa, diez en salud, entre cinco y 15 en pensiones, ocho en educación, y sígale sumando. Es absolutamente falso que baste acabar con la corrupción para que alcancen los recursos.

Sin embargo, hay algo que puede hacerse frente a estas dos respuestas y que puede además ayudarnos a recaudar más: actuar simbólicamente. Lo han hecho algunos gobiernos, aunque de forma ocurrente, más que planeada; se trata de demostrar que el gobierno dejará de ser fuente de boato y riquezas personales. Más claramente: eliminar el séquito de funcionarios (secretarias, choferes, guaruras, achichincles y similares), los autos lujosos, las prebendas. No de forma aislada, sino como un programa. Sumando todo lo que pueda ahorrarse ahí, no va a notarse en el Presupuesto, pero permitirá anular las dos respuestas referidas, y con base en ello, permitirá enfrentar seriamente la escasez de recursos. Ahí podrían hacer muy bien su Presupuesto base cero, empezando por los legisladores, especialmente los locales, porque los congresos estatales son una cueva de bandidos que pocas veces recibe la atención que debería.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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