Opinión

Necesitamos auténticas autoridades electorales

 
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La ventaja de escribir cinco días después de los comicios del domingo pasado me ha permitido evaluar a 27 columnistas que forman un poliedro de opiniones de la tonificante pluralidad que caracteriza a la democracia. Ninguno entre ellos, entiéndase bien, ninguno del signo que sea, ha dicho que las elecciones fueron limpias, equitativas, transparentes.

¿Cómo creer en triunfos contundentes cuando la percepción generalizada ha sido que se rebasaron los topes de campaña, que de un lado y otro se compraron votos, se regalaron despensas, cubetas, tinacos y hubo coacción de funcionarios electorales, lo mismo que se distribuyeron amplios recursos públicos?

Los múltiples testimonios de representantes de organizaciones diversas, los observadores nacionales y extranjeros señalan que hubo irregularidades tanto en Veracruz como en Coahuila, Edomex y Nayarit.

Ninguno de los comicios se escapó de utilizar triquiñuelas que incluyeron lo mismo la entrega de tarjetas de crédito, pasando por regalar costales de cemento y láminas de cartón, que la presión y doblamiento de voluntades de consejeros estatales electorales. Lo inesperado, a pesar de los nuevos y probados sistemas tecnológicos de última generación empleados en los cuatro estados, es que debieron transcurrir días -y en Coahuila sólo será hasta mañana- para conocer los resultados definitivos. ¿Por qué los retrasos?

Nuestras elecciones podrían llenar un rosario de capítulos conteniendo todo tipo de excesos y despropósitos. Ante nuestros ojos se desarrollaron abanicos de campañas sucias, alegatos estériles, golpes de gruesas calumnias, difamaciones sin límites en las redes sociales e inexplicables protuberancias de ridiculización de los adversarios. Vimos un desfile de buitres persiguiendo el botín de los puestos por encima de la defensa y exposición de valores. Lo que alguna vez trató de ser una fiesta cívica, el domingo fue una bacanal de mentiras y arbitrariedades.

Lo que ofrecimos como espectáculo fue vergonzoso. No es gratuito en consecuencia, que la ciudadanía tenga la percepción de que la democracia es ruinosa para sus intereses e incapaz de resolver los agudos problemas que vive todos los días: inseguridad, pésimo transporte público, mala educación, vivienda cara, alimentación deficitaria, injusticia en cualquier orden. Lo que es peor, corrupción generalizada en el sector público y en el privado con impunidad garantizada.

Cada vez es mayor el número de personas que nos preguntamos, ¿y la autoridad electoral dónde está; por qué no interviene; con tantos mecanismos a su alcance qué le impide regular y bien los comicios? El hecho es que ante nuestros ojos, vemos una burocracia que se nutre así misma de la indiferencia y de presupuestos exorbitantes con resultados de un altísimo grado de ineficacia.

Ahí están los discursos y la inacción ante ilícitos de todo género. Los triunfos de los ganadores difícilmente llegan al rango de 33 por ciento de los votos en poblaciones que nunca llegan a superar 51 por ciento del padrón electoral. ¿Cómo gobernarán cuando sólo tienen un tercio de la voluntad popular? Ya lo hemos visto.

En Australia los ciudadanos están legalmente obligados a participar en las elecciones. Quien no lo hace se hace acreedor a una multa. En consecuencia, 96 por ciento de la población vota. En casi una decena de países existe la segunda vuelta, lo cual garantiza los gobiernos de coalición y con gobernabilidad garantizada. En cualquier democracia, los trucos, compra de votos y voluntades, obsequios y corruptelas son severamente sancionados con años de prisión. Aquí hemos convertido a las autoridades electorales en mirones de palo y en cómplices de las anomalías.

Nuestro país requiere una transformación de fondo para restaurar la minada confianza en las instituciones electorales. Necesitamos estar seguros de a quienes elegimos. Reconozcamos que las normas que nos hemos dado son obsoletas y están permeadas y roídas. Esto nos obliga a formar un compromiso de todos los actores para modificar las reglas y acceder al poder, o bien persistir en un camino cuyo destino es el abismo.

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