Opinión

Narcotráfico capitalino

 
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Cártel Jalisco Nueva Generación. (Tomada de Twitter)

Las escenas sobre la violencia más cruda regresaron al Distrito Federal en la forma de un cuerpo colgado de un puente y de mensajes de bandas criminales a sus rivales. Fueron secuela de asesinatos en algunas colonias de la capital y el incremento del paso de droga por el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. La seguridad parecería haberse descompuesto, aunque en realidad se están viendo las consecuencias de lo que ha venido sucediendo en los últimos años: la plaza metropolitana está cambiando de manos. Quien está asentando sus reales en toda esa zona es el Cártel del Golfo.

La ciudad de México, y en particular el aeropuerto, era un territorio en manos del Cártel del Pacífico –antes de Sinaloa–, que cambió de dueño cuando los responsables de ella, los hermanos Arturo y Héctor Beltrán Leyva, rompieron con sus viejos amigos y crearon una organización criminal cuyo corredor cruzaba Morelos y dominaba Guerrero. La principal zona de operaciones está en el oriente de la ciudad de México, en el arco que forman Tepito y la parte de Iztapalapa que colinda con el Estado de México, un eje de 15 kilómetros por donde se cruzan todas las variables criminales: narcotráfico, narcomenudeo, homicidio, secuestro, extorsión, trata, piratería. No es muy diferente a otras partes del país, salvo que la forma como se mueven los criminales es totalmente distinta.

En la ciudad de México no hay delegaciones en poder del Cártel del Golfo, como sí controla municipios y ciudades en otras partes del país, ni tampoco hay convoyes de la organización circulando por la capital. Mucho menos hay enfrentamientos contra bandas rivales en las calles.

La capacidad de fuerza y de fuego de los criminales es ínfima en comparación con lo que tienen los cuerpos de seguridad. Sólo por cuanto toca a policías del Distrito Federal, hay 90 mil, a los que se deben sumar casi 18 mil elementos de la Policía Bancaria Industrial, y miles de elementos de la Policía Federal, el Ejército, la Marina y, adicionalmente, el Estado Mayor Presidencial. Sólo como referencia, un convoy no registrado tarda menos de 90 segundos en ser interceptado en las calles de la capital. En esta zona, desafiar al Estado sería un suicidio.

El diferente modus operandi de las bandas criminales que tienen presencia en la ciudad de México con respecto al resto del país, es lo que permite al Gobierno del Distrito Federal y al gobierno federal asegurar que no opera el narcotráfico en la capital. No es lo que sucede cotidianamente en las entrañas de la ciudad, donde según funcionarios federales, el Cártel del Golfo tomó el control de las viejas redes delincuenciales en poder de otras organizaciones, en el eje de Tepito a Iztapalapa, a través del sometimiento de las dos bandas que tenían el control del crimen, La Unión Insurgentes y Los Tepitos, que nacidas de la misma rama criminal –La Unión–, terminaron enfrentándose entre sí. Una derivación de esa rivalidad se dio con el crimen del caso de antro Heaven After en 2013.

El Cártel del Golfo ha seguido batallando por tener el control de la droga en toda la ciudad de México, donde tiene todavía competencia con el Cártel Jalisco Nueva Generación, que es una escisión del Cártel del Pacífico que tomó el lugar que hasta hace pocos años tenían los hermanos Beltrán Leyva en la distribución y comercialización de cocaína y drogas sintéticas en el poniente de la capital, y una batalla más sórdida en el oriente de la zona metropolitana, con La Familia Michoacana –existe como cártel en el estado de México pese a su aniquilamiento en Michoacán–, que le arrebató territorio a Los Zetas, un cártel muy disminuido por sus problemas internos. Las autoridades capitalinas iniciaron hace unos días una investigación dentro del Reclusorio Oriente, hacia donde apuntan tener origen los recientes asesinatos en la ciudad de México. Si logran desmantelar esas redes criminales y de complicidad institucional dentro del reclusorio, podrá bajar la violencia explícita y cruel que se ha visto en las últimas semanas en la zona metropolitana, pero no el problema del narcotráfico que sigue creciendo sin que las autoridades federales y locales
puedan frenarlo.

P.D. El Cisen respondió a dos columnas publicadas en este espacio la semana pasada. No lo hizo directamente, sino a través de un vocero oficioso, Eduardo Guerrero, que ha hecho de la estadística de seguridad pública su modus vivendi. No es la ingenuidad o ignorancia de Guerrero lo importante, que habla sobre actos de fe, no de conocimiento, sino un dato que, cándidamente, revela al ser megáfono del Cisen: que los agremiados de la CNTE recientemente capturados en Oaxaca están vinculados a movimientos armados. La información, debía saber Guerrero, tampoco es nueva. No los detuvieron por pertenecer a una guerrilla, sino porque ignoraron una advertencia del secretario de Gobernación el 5 de junio y trataron de sabotear las elecciones del día 7. El Cisen sí desmanteló el experimentado grupo que seguía a los movimientos armados, y sí tenía bajo su responsabilidad en El Altiplano, la vigilancia de Joaquín El Chapo Guzmán.

Twitter: @rivapa

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