Opinión

Napito, a salto de mata

Dicen que sólo el realismo mágico mexicano hace posible que existan historias como las de Napoleón Gómez Urrutia, el líder del sindicato minero que mantiene su residencia en el paraíso de la hoja de maple.

Otra vez es noticia que le anden pisando los talones, luego de la decisión de un juez de echar abajo un amparo para que proceda una orden de aprehensión en contra del dirigente, quien ya cumplió ocho años fuera del país. Y no suda ni se acongoja.

Napito es hijo del célebre Napoleón Gómez Sada, quien en esas épocas dicen que representaba a unos 70 mil trabajadores mineros. Pero el heredero de esta familia sindicalista, venida a menos, comenzó a perder contratos con empresas como Grupo México, AHMSA y Peñoles, entre muchas otras, y hoy cuenta no más de ocho mil agremiados.

A Napito lo acusan de fraude por 55 millones de dólares contra el fideicomiso minero. Han transcurrido ocho largos años desde que inició el resquebrajamiento de ese sindicato y las cosas siguen sin cambios.

Napo anda como don Sebas, dicen, porque no es asilado ni refugiado político, pero la posibilidad de que obtenga la doble nacionalidad en Canadá le permitiría seguir evadiendo a las autoridades mexicanas.

¿Y los trabajadores mineros? Bien gracias.

Tiempos sin energía

Se supone que el miércoles llegará a la Cámara la propuesta de las leyes secundarias de la reforma energética.

¿Tiene sentido enviarlas? No se habrá cumplido con el plazo constitucional. Ya están a destiempo. Tampoco se van a discutir en el actual periodo ordinario de sesiones. Tal vez será para junio.

Pero, eso sí, en lo que comienza su discusión van a estar en el blanco de todos los críticos, que van a torpedearlas por semanas.

Si la intención no es hacer que las destripen –queremos suponer que no es así–, ¿cuál es el propósito de revelarlas?

Si nos dicen que es porque se quiere una discusión abierta y amplia, no sé por qué habría cierto prurito para creerlo.