Opinión

Nacionalismo económico, el principio

    
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Economía estadounidense. (Schutterstock)

El proteccionismo fue uno de los temas centrales de la pasada elección en Estados Unidos. Trump y Sanders desde el principio (y Hillary a regañadientes después) se posicionaron como enemigos de los tratados de libre comercio. Al hacerlo no hicieron sino continuar con una larga tradición, que se remonta hasta la Revolución Americana, que fue en gran parte una reacción al mercantilismo inglés.

De hecho, fue George Washington el primero que uso la frase “buy american” para convencer a sus compatriotas de que era mejor comprar quesos locales. La Ley de Tarifas fue la segunda que firmó.

En 1791 Alexander Hamilton entregó al primer presidente su “Reporte sobre el asunto de las manufacturas”, en el que atacaba las doctrinas liberales de Adam Smith e insistía en la necesidad de proteger a las industrias “infantiles”, en particular, a la textil. El argumento era que la nación no estaría segura hasta que la oferta doméstica de bienes manufacturados le permitiera no depender de las importaciones.

Durante años la nueva república desplegó una intensa ofensiva diplomática para que los ingleses aceptaran su independencia, para que otras potencias europeas no se sintieran tentadas a sustituirlos y para que, al contrario, le concedieran reconocimiento diplomático.

Llegar a acuerdos con los arrogantes británicos fue muy difícil. Su pretensión de mantener derechos para navegar por el Mississippi y pescar en las costas de Nueva Inglaterra, llevó a los negociadores americanos a fijar una posición de nacionalismo económico extremo.

Ya iniciado el siglo XIX el proteccionismo se consolidó. El presidente James Monroe afirmaba: “el comercio irrestricto es una doctrina abstracta, no existen condiciones para que funcione”. Él mismo fue el artífice de la doctrina que buscaba limitar la influencia europea en el continente postulando: “América para los americanos”. Con su política expansionista presionó a España (debilitada por las guerras de independencia de sus colonias) para entregar Florida y sus posesiones al oeste del Mississippi.

Así, mientras los europeos estaban distraídos en sangrientas disputas, los estadounidenses abrían nuevos y ricos territorios que les permitieron crecer espectacularmente y sentir que podrían lograr la autarquía y prosperar por sí mismos.

Henry Clay, que sostenía que “el comercio en condiciones recíprocas nunca ha existido, es una filantropía romántica”, tuvo una gran influencia en las siguientes décadas al establecer el llamado “American system”. Era un conjunto de políticas que en teoría beneficiaban a todos: tarifas elevadas (hasta 25 por ciento) protegían a la industria y le permitían sustituir importaciones; la mejora de caminos y canales facilitaba el desarrollo de los mercados agrícolas; la creación de un banco central estabilizaba la moneda, ampliaba el crédito y promovía el comercio; los aranceles y la venta a altos precios de las tierras públicas financiaban extensamente al sector público.

Pero no todos estaban contentos. Mientras que el noreste se industrializó rápidamente, el sur agrícola no podía comercializar el algodón, no crecía y tenía poca influencia porque el Congreso era dominado por los estados más poblados. Su oposición a la política económica fue una de las causas de la Guerra Civil. Y en gran parte perdieron porque gracias al ingreso por las tarifas, el norte contaba con ferrocarril, rifles de repetición y artillería pesada.

Abraham Lincoln fue un gran crítico de quienes afirmaban que las tarifas perjudicaban a los norteamericanos al elevar los precios de sus compras. Decía que los artículos importados sólo los consumían los ricos y que en todo caso el incremento en los precios sería temporal, pues se anularía cuando los productores domésticos produjeran en mayores cantidades (economía de escala).

Aunque el debate sobre las tarifas fue permanente, existía el convencimiento casi general de que era lo mejor para el país. Sin embargo, al finalizar el siglo Estados Unidos era un gran exportador y no integrarse más al mercado mundial le estaba perjudicando.

Cuando el presidente William McKinley llegó a la Casa Blanca alegaba que “la protección es una ley natural, que permite la autopreservación y el autodesarrollo” y que “el libre comercio, en el que el comerciante es amo y el productor es esclavo, destruye hogares, ya que al abaratar los productos abarata la mano de obra”. Sin embargo, acabó convenciéndose de la necesidad de celebrar acuerdos bilaterales para reducir tarifas. Eso llevó a que fuera acusado de traidor a la patria y asesinado.

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