Opinión

Murió la 'presidencia tripartita'

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Enrique Peña Nieto

El presidente Enrique Peña Nieto dividió el primer cambio estratégico de gabinete en dos partes. Este jueves hizo el primero para oxigenar a su gobierno, eliminar la concentración de poder, tensión y presiones sobre los secretarios de Gobernación y Hacienda, y construir una nueva ecuación en la fase previa a la recta final de la sucesión presidencial en 2018. El diseño de concentración de poder en Miguel Ángel Osorio Chong y Luis Videgaray llegó a su fin, y la fuga de Joaquín El Chapo Guzmán y el deterioro económico, que redujeron drásticamente los márgenes de negociación política de Peña Nieto, lo tenían colocado en el umbral de quedarse sin opciones para la candidatura presidencial.

Las inclusiones al gabinete son importantes. La más relevante en términos de la modificación radical en el diseño sobre el cual se manejó la presidencia durante el primer medio de la administración, y por el poder acumulado y la cercanía e influencia, es la de Aurelio Nuño, quien dejó la Oficina de la Presidencia para relevar a Emilio Chuayffet como secretario de Educación. Esa cartera iba a ser, por diseño, de dos tiempos. El primero sería negociar y consolidar la reforma educativa, que es fundamentalmente administrativa, y la recomposición del poder frente al sindicato magisterial. El segundo, el gran trazo transexenal de lo que debe ser la educación en México.

Chuayffet jugó durante gran parte de la administración como una figura decorativa. La arquitectura de la reforma educativa fue hecha durante el periodo de transición en la oficina de Nuño, donde el redactor de los aspectos claves para el retorno al gobierno de la rectoría de la educación, fue Enrique Ochoa, actual director de la Comisión Federal de Electricidad. Durante la primera parte del sexenio, Chuayffet y el secretario de Educación en la práctica política cotidiana, Luis Miranda, subsecretario de Gobernación, acordaban con Nuño en Los Pinos, quien dictaba los tiempos y las fases de la reforma.

Pero lo que parecía ser la única jugada de ajedrez del presidente en el apalancamiento de sus piezas para 2018, resultó ser secundaria ante la mayor sorpresa en los cambios en el gabinete: José Antonio Meade dejó la cancillería a Claudia Ruiz Massieu y brincó a la Secretaría más generosa, constructora de dos candidaturas presidenciales (Luis Donaldo Colosio y Josefina Vázquez Mota), la de Desarrollo Social.

Peña Nieto regresó al origen tecnócrata la política social, en el esquema del expresidente Ernesto Zedillo, cuando responsabilizó al subsecretario de Egresos de Hacienda, Santiago Levy, el rediseño de los programas sociales -la base de los actuales-, y del expresidente Felipe Calderón, que de la subsecretaría de Egresos llevó a Ernesto Cordero a Desarrollo Social.

De todos los miembros del gabinete de Peña Nieto, Meade es quien mayor experiencia tiene en cargos de alto nivel en el servicio público. En el primer diseño del equipo de Peña Nieto, Meade estaba perfilado originalmente para la jefatura de Oficina, pero cuando Eduardo Medina Mora sugirió que prefería ser embajador en Washington que canciller, fue nombrado secretario de Relaciones Exteriores. La promoción de Meade mueve drásticamente la ecuación sucesoria, pues no sólo abrió Peña Nieto los espacios para nuevos cuadros, como la designación de Nuño o la inclusión del exgobernador de Querétaro, José Calzada en Agricultura, sino que colocó al único economista a quien el secretario de Hacienda tiene respeto y escucha, a competir contra él en condiciones desiguales. Por razones de sus responsabilidades, Videgaray es el secretario malo, mientras que Meade será el secretario bueno. Uno quita, el otro da.

Pero sería un error ver en la llegada de Meade el descarte de su viejo amigo y compañero de viajes políticos, Videgaray. Igualmente sería equivocado trazar de manera lineal el arribo de Nuño y Calzada, junto con el excanciller, como un desplazamiento de Osorio Chong.

Paradójicamente, la inclusión de tres figuras con la cercanía y confianza de Peña Nieto para jugar en la sucesión de 2018, son un alivio para los secretarios de Gobernación y Hacienda.

No se puede olvidar que para que alguno de los hombres (o mujeres) del presidente lleguen con una salud política robusta a 2018, tienen que pasar primero por lo que resta de 2015, el 2016 y el 2017. Aunque parece una obviedad, muchas veces se olvida. Al abrir la mano de cartas de aquellos a quienes hoy ve como potenciales aspirantes a la candidatura, Peña Nieto apuntaló sus todavía dos principales cuadros en el gabinete, a quienes les reduce las presiones, y facilita que se repartan entre varios los golpes naturales de las escaramuzas políticas que hoy estaban concentrados en Osorio Chong y Videgaray. Serán, por ahora, un total de cinco.

Las personas son importantes por la intencionalidad de la nueva alineación en el gabinete. Pero no es lo único. Al hacer los nombramientos, el presidente dijo que había decidido hacer los cambios para hacer frente a las nuevas circunstancias y desafíos que enfrenta el país. Es decir, el modelo de presidencia tripartita llegó a su fin. Es un importante golpe de timón porque cambia el diseño excluyente de su presidencia. Para el segundo medio, Peña Nieto deberá mostrar que ha recuperado la confianza de los primeros meses en Los Pinos, y que su equipo íntimo tendrá que aprender a trabajar de manera más abierta y entre pares, como debió haber sido desde un principio, si quieren seguir vigentes para 2018.

Twitter: @rivapa

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