Opinión

Mucho ayuda
quien no estorba

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manufactura

En México parece haber un ambiente bipolar que pasó del optimismo y la esperanza generada por reformas capaces de cambiar de golpe el potencial de crecimiento de la economía mexicana, a uno de desazón y desencanto que proviene de cotejar una y otra vez la debilidad institucional del país, las prácticas de corrupción generalizadas y la falta de visión de largo plazo del gobierno. En mi opinión, corremos el riesgo de confundir nuestra frustración con la clase política mexicana y generalizarla hasta perder la esperanza por México. Eso sería un error grave.

Si algo hemos aprendido en los últimos veinte años de historia del país es que, mientras diferentes administraciones y partidos políticos en el poder daban palos de ciego y acumulaban distintas crisis, hubo una clase empresarial casi anónima que industrializó al país al grado de convertirlo en una potencia manufacturera. Hoy, México exporta más manufacturas que el resto de América Latina sumada, y gracias a ello logrará subsistir y crecer en medio del colapso de los mercados de materias primas que será un dolor de cabeza para países que sólo dependen de exportarlas.

Una inteligente amiga cuya familia ha desarrollado una próspera empresa industrial me decía que “hay dos Méxicos, el nuestro no es afectado por prácticas cotidianas de corrupción y sí se beneficia de una pujante integración industrial norteamericana y del esfuerzo de cientos de jóvenes que vienen de universidades públicas, quizá hijos de trabajadoras domésticas, que tienen enorme capacidad de trabajo y ambición de progreso.”

En mi opinión, sin embargo, hay un riesgo inminente de que el “México malo” crezca fuera de control e interfiera de más con ese “México bueno”, que la violencia y debilidad institucional impidan el desempeño normal de la inversión privada y de esos jóvenes ávidos de superación. Claramente, para que aumente el potencial de crecimiento a largo plazo, se requerirá de cooperación entre ambos.

La interferencia puede tomar muchas formas. La reciente reforma fiscal con objetivos puramente recaudatorios, pero sin visión de largo plazo, le quita dinero de la bolsa a consumidores e inversionistas privados, sin tener el objetivo de hacer algo estratégico o para el bien común con esos recursos. En un extremo positivo, tanto dinero podría utilizarse para desarrollar infraestructura o elevar el nivel educativo del país, lo cual favorecería al México bueno. En el negativo, se utilizaría para gastar en obras públicas inanes o en gasto social puramente clientelar para comprar votos. Ese mismo peso que recibe el gobierno es el que una persona podría gastar, incrementando el ingreso de quien le vendió algún bien o servicio, o que una empresa podría invertir, aumentando su capacidad de dar empleos, o de crear riqueza para el país.

Cuando un gobierno está “con la cola entre las patas” ante alegatos fundados de corrupción y conflictos de interés, pierde la capacidad para enfrentarse a sindicatos de educación corruptos que anteponen sus privilegios a la educación de nuestros niños. Un gobierno así pierde capacidad de imponerse ante quienes han vuelto a las universidades públicas el botín de partidos políticos dispuestos a sacrificar el futuro de miles de jóvenes que gradualmente van logrando acceso a oportunidades reales. Ese débil gobierno no se atreve a sacar de la vía pública a quienes protestan buscando concesiones, o de hacer valer la ley ante quienes secuestran camiones o bloquean caminos, por el miedo de que estos actos se perciban como “represión” de un gobierno con legitimidad mermada, a pesar de que esas acciones ofrecerían beneficios elementales para el México bueno.

Es importante recordar al México bueno y a esa juventud pujante, y por ellos no podemos quitar el dedo del renglón en cuanto al colosal problema ocasionado por corruptelas y conflictos de interés que detendrán el flujo de enormes cantidades de inversión productiva que venía a México, ante la esperanza de reformas estructurales reales que sí cambian el potencial del país y le permiten insertarse en esa economía global que gradualmente se beneficia de grandes revoluciones, como la tecnológica y la energética.

Este gobierno tiene que dejar de reaccionar y empezar a planear. Es absurdo que una de las primeras grandes obras públicas, hoy ya cancelada, fuera el tren México-Querétaro, o la propuesta de inversión multimillonaria para el acueducto Veracruz-Tamaulipas-Monterrey. En ambos casos, es evidente la falta de visión estratégica para decidir qué grandes inversiones sí serían capaces de potenciar las capacidades de ese México bueno.

En lo político es también imprescindible pensar y no sólo reaccionar. El nombramiento de Virgilio Andrade a la Secretaría de la Función Pública confirma el tono de una administración que inocentemente piensa que la sociedad creerá que éste tendrá la independencia y peso político necesarios para auditar al presidente, a la primera dama y al secretario de Hacienda, cuando incluso es formalmente subordinado del primero.
El México bueno merece que le exijamos al México malo, si ya no inteligencia y planeación, que al menos no estorbe.

Twitter: @jorgesuarezv

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