Opinión

Morelos: el error de Graco y Capella

   
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Graco Ramírez dijo que los pilares de su gobierno son la seguridad y la educación. (Archivo/ Cuartoscuro)

En la primavera de 2011, miles de personas acompañaron en Cuernavaca a Javier Sicilia en la primera marcha en protesta por el asesinato de su hijo. Recién llegado de Filipinas, donde estaba cuando se conoció la noticia de la muerte de siete jóvenes, entre ellos Juanelo Sicilia, esa tarde el poeta se encaramó en una combi. Desde ahí improvisó discursos, uno frente a la guarnición militar, en los que demandaba paz y justicia.

Los que estuvimos esa tarde en la capital de Morelos vimos el amanecer de las caravanas del dolor que semanas después recorrerían dos veces México (y parte de Estados Unidos).

“He llorado más que nunca en mi vida”, comentaba entonces Emilio Álvarez Icaza, veterano en la lucha por los derechos humanos que acompañó a Sicilia en la marcha de lo que luego conoceríamos como el
Movimiento para la paz con justicia y dignidad.

En aquellos meses Sicilia despertó muertos. Muertos vivientes y muertos que nadie quería ver. Muertos vivientes como eran todos esos familiares de miles de desaparecidos a quien nadie buscaba, esos muertos que no importaban a autoridad alguna, ni al presidente Calderón ni a los gobernadores ni a las procuradurías. A nadie. Sólo a Sicilia, quien con su duelo personal encima, fue capaz de hacer visibles a otras miles de víctimas que salieron a su paso por toda la República Mexicana.

La fuerza de Sicilia dio para crear una ley de víctimas que no sirve, un organismo para atender a las mismas que está sumido en el burocratismo, y para poco más.

Pero ¿alguien duda de que el tema de los desaparecidos, con brigadas de padres y hermanos que con sus propias manos han emprendido la búsqueda de sus seres queridos, es tan vigente hoy como era hace cinco años?

Dicho de otra manera, Javier Sicilia es vigente. Es un símbolo.

El activismo de Sicilia fue uno de los factores del triunfo de Graco Ramírez en el 2012. La trayectoria del perredista –él mismo, alguna vez un luchador en contra de la inseguridad–, se benefició del hartazgo social que había en Morelos y que hizo crisis con el asesinato del hijo de Sicilia.

Hoy el poeta es uno de los más severos críticos de Graco. Y viceversa.

Ramírez es vehemente a la hora de defender su administración. No duda en descalificar a Sicilia, quien en un plantón reciente se quejó de que había sido golpeado al ser desalojado por la policía del Mando Único, de Alberto Capella, tijuanense invitado a Morelos a hacerse cargo de la seguridad.

Capella dio una entrevista este fin de semana. Negó que hubiera una crisis de inseguridad en Morelos. Explicó que se ataca al gobierno desde tres frentes: el obispo, por la agenda de derechos que ha promovido Graco, los transportistas y el rector de la Universidad Autónoma de Morelos, que es acusado de millonarios desvíos.

En la entrevista (publicada en Reforma el domingo) cuestionado al respecto, el comisionado Capella agregó que, a diferencia de Sicilia, él dejó de ser activista para ser de la “parte de buscar soluciones, a hacer algo, no sólo a quejarme”.

Vamos a dar por bueno que Sicilia sólo se queja. Y que Capella y Graco están haciendo cosas.

El error de Capella y de Graco es haber perdido de vista que ellos más de una vez se quejaron ante gobernantes que consideraron ya sea omisos o ineficaces. Y que quejarse no sólo es válido sino debido.

Y que al gobierno le toca aceptar críticas. Así vengan de Sicilia, o de víctimas que sólo se quejan.



Twitter: @SalCamarena

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