Opinión

Moncada y Coppola: abominando


I. EL ENSALMO TRAICIONADO. En Palabras mágicas (para romper un encantamiento) (Nicaragua-México-Guatemala, 2012), inclasificable cuarto filme político radical de la talentosa e inquebrantable docuficcionista poética andaluza-nicaragüense en México radicada de 40 años Mercedes Moncada (El inmortal 05, La sirena y el buzo 09) sobre un guión suyo donde se repasa la epopeya de la Revolución Sandinista (1979-1989) desde mucho antes del día 0, con su soldadesca del brutal dictador Somoza rematando de un balazo hombres (¿y al padre de la realizadora?) tirados en mitad del sendero, hasta el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional que parecía poderoso, inmortal y monolítico, hasta su desplome en pedazos...
 
... para dar paso a la traición y una supuesta Segunda Revolución, de la mano del nuevo caudillo Daniel Ortega, gracias a pactos secretos y una transformación más bien orientada hacia la derecha, de nuevo dictatorial (con salvajes denuncias específicas e inclementes balconeos muy concretos), que nada tiene que ver con los viejos y puros ideales liberacionistas originales.
 
El ensalmo traicionado se expresa mítica y rapsódicamente a través de imágenes que mezclan el resurreccional blanco/negro de las ilustrativo-impactantes tomas de archivo con el asumido rigor neutro del documental-ensayo reporteril y el preciosismo irónico de planos nuboso-volcánico-lacustres al vuelo del águila, para remontarse a los arcanos de los volcanes que nos rodean y que cuando se pongan de acuerdo (en una semana o 100,000 años) todos seremos nada, al país acuático cuya índole es distinta del heracliteano río que fluye porque aquí todo se guarda y acumula (¿como un rulfiano-latinoamericano Rencor Vivo con las Venas Abiertas?), y a la sarcástica simbología perenne de las cenizas de Sandino disueltas en el lago Managua que sirve como desagüe a la homónima ciudad cercana para recordar que la muerte ha dejado de ser heroica y fecunda para ser solo muerte y nada más.
 
El ensalmo traicionado revisa y evoca desde una óptica estricta y desafiantemente personal, pero objetiva, de la directora, su testimonio privilegiado, su vida marcada de los ocho a los 18 años por el ardor sandinista, su contradictorio amor-odio, su intransigencia vehemente, sus emociones perdidas y reconsideradas sin cesar, su visión de una épica ascendente y de repente vencida otra vez por las fuerzas externas y la contrainsurgencia como de costumbre en la Historia nicaragüense, el desgarramiento y la temeridad para llamarle a las cosas por su nombre, sólo matizando en virtud del impulso estético y creador que se pretende trascendente o trascendido.
 
Y el ensalmo traicionado goza al infinito melancólico la vindicación ilusionada de confrontar el fervor de los guerrilleros combatientes agazapados rifle en mano tras las esquinas con las perennes pintas de los muros hoy añorantes casi dolorosamente autoirrisorias ('Sandino vive en el corazón del pueblo') porque 'ya no éramos los mismos, él ya no estaba, sólo quedaba el espacio que ocupaba', la revancha metafórica de comparar al imbatible hombre fuerte Ortega con una sinuosa pantera negra avanzando entre escurridizas aves de rapiña magníficas ("Al hacerse pedazos el FSLN, se quedó muy solo, solo con su familia, terco, sólido en su propósito de resurgir de las cenizas, vengativo con los que lo abandonaron, al acercarse a sus nuevos aliados"), y el engañoso resarcimiento representado por una estatua-fantoche coronada a la orilla cuando las mágicas palabras pronunciadas ya nada significan.
 
II. EL DÉDALO BURLÓN. En Una mirada dentro de la mente de Charles Swann III (EU, 2012), superreforzado segundo opus (tras una atroz entrada falsa metacienciaficcional en CQ 01) del ex sistente con envidiable abolengo fílmico (nieto de Francis Ford, hermano mayor de Sofia) a los 47 años Roman Coppola (coproductor-discípulo de rigurosos aunque alivianadísimos cineastas de culto tan disímbolos como Wes Anderson y Michel Gondry), con guión exclusivamente suyo, el mujeriego diseñador gráfico Charles Swan III (simpático alter ego casi homónimo del lamentable Charles Sheen apenas reintegrado) tiene serios problemas para lidiar con la realidad luego de sufrir un accidente tras haber sido furiosamente abandonado en su baldío laberinto íntimo por la linda rubia aspirante a actricita Ivana (Katherine Winnick) de quien sí se había enamorado y que ha terminado abominándolo, por lo que el esterilizado infeliz de sus amigotes inútiles, el narcisista unishowman vaquerito Kirby Star (Jason Schwartzman) y su viejo administrador en crisis conyugal Saul (Bill Murray), que le impulsan, entre otras tonterías, a espiar a la ingrata, sólo para ser descubierto a las primeras y perderla para siempre, desesperado y ebrio desbarrando.
 
El dédalo burlón se mofa sin piedad de los intentos por refugiarse en vano en los afectos de la desmadrosilla hermana ya domesticada Izzy (el ex fetiche lynchiano Patricia Arquette) y sus hijitos ladillas que juegan incluso con el instrumental clínico, de la querida abuela con demencia senil (Anne Bellamy), de la maternal sirvienta mexicana Lupe (Gloria Laino) por la que ha aprendido español, y hasta de un tucán mascota pronto enterrado en la única escena grave de esta comedia sentimental de jubilosa antisolemnidad jubilar.
 
El dédalo burlón pone un acento especial en las fantasías inconscientes: de muerte y luto por sí mismo, castrante-autopunitivas con amazonas pelirrojas de bikini, de heroicos rescates a lo subthriller de espionaje, de primitiva revista musical 100% cantada y bailando tap pero cuán engreída; fantasías propias de ese patético day-dreamer egomaniaco, más cerca del sangroncillo enfermo de ansiedad Gael García de La ciencia del sueño (Gondry 06) que del borramemorias Jim Carrey de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Gondry 04), pero demasiado lejos del Woody Allen de su obra maestra Recuerdos / Stardust Memories (80) donde tomaban cuerpo incluso los monstruos paranoicos del Inconsciente.
 
Y el dédalo burlón tiene miedo, rechaza y acaba huyendo de sus propias visiones y delirios, si bien alimentados audazmente, a veces con brillo y gracia (esos zapatos que llueven, rutilan en atmósfera de neón rojizo, forman mares y fardos potencialmente liberadores), por montaje (a corte directo, sin avisar) o por dirección de arte (ese auto con estampado de huevos fritos, ese diván-hotdog) o por sincretismo genérico (western-pastiche con John Wayne, vertigino- so videoclip posLuhrmann omniacechante, guiño a La conversación de Papito 74), pero retrocediendo a la hora de dar el salto a sus últimas consecuencias, limitándose, autosaboteándose, desinflándose, quedándose en el simple chiste hipotético, des- viándose hacia una edificante ficción catártica, jamás visionaria, en la que todos se fueron a filmar en desfile a la playa de la antimaginación pop que se creía alucine sin luna ni cine, ni contundencia posible.