Opinión

Miyazaki y Brzezicki: soñando

I. LA AERONÁUTICA ONÍRICA. En Se levanta el viento (Kaze tachinu, Japón, 2013), delicioso opus 10 del adiós al septuagenario maestro de la animación nipona siempre distinto a sí mismo Hayao Miyazaki (El viaje de Chihiro 01, El secreto de la sirenita 08), con guión suyo basado en su manga homónima inspirada la novela corta El viento se alza de Tatsuo Hori, el vehemente idealista joven rural anteojudo Jiro Hirokoshi sueña en su confortable camita con volar aviones, pero sus graves defectos de visión y el hecho de que el desarrollo de la aviación sea territorio exclusivo del ejército y del comercio parecen impedírselo, hasta que un ingeniero italiano de bigotes rizados, Caproni, se mete en su sueño para revelarle la existencia de la aeronáutica, profesión que el chavo abrazará desde entonces como suya, trasladándose a Tokio, sorprendiendo con sus innovaciones a su competitivo amigo urbano Honjo y a su más severo maestro Karakami, viajando a la Alemania prehitleriana para descubrir y superar sus costosos secretos tecnológicos y, aunque se enamore de la linda pintorcita tuberculosa Naoko en el hotel de reposo de cierta Montaña Mágica que escapará de ahí para desposarlo, implementando todos sus diseños audaces en una flotilla de superligeros aviones caza Zero, para saturar el Reino de los Sueños.

La aeronáutica onírica elige sólo destinatarios adultos (con excepción de los niños que hayan leído ya tres veces La montaña mágica de Thomas Mann) al situar en el puesto de mando a la fuerza de voluntad y de realización personal-nacional como el máximo quehacer y valor del sueño, del tangible sueño propio y consustancial e inflexible, llevado empecinadamente a sus últimas consecuencias durante toda una vida, hasta hacerlo realidad al fin, pues para lograrlo habrá que concitar a la noche germana surcada por el Viaje de invierno de Schubert y alguna sonata de Beethoven, al sabio Hans Castorp como un tranquilo narigudo judío pacifista muy comprensivamente divertido, la apapachadora pareja del maestro cómplice de una fragorosamente tierna noche nupcial y el arduo trabajo con regla de cálculo tomando durante horas la mano del inflamado amor conyugal.

La aeronáutica onírica repite hasta la saciedad oriental una frase de Paul Valéry (“Se levanta el viento, debemos intentar vivir”) porque va a plantear grandes diferencias y distancias con respecto a los modelos clásicos del cine sobre el sueño, pues si Un perro andaluz (Dalí-Buñuel 28) y La sangre de un poeta (Cocteau 30) imitaban la lógica surrealista o poética del sueño, si El discreto encanto de la burguesía (Buñuel 72) rebotaba un mismo sueño de durmiente en durmiente, si Pesadilla en la calle del infierno (Craven 84) hacía peligrar la vida a manos de los monstruos del sueño, y si El origen (Nolan 10) multiplicaba al sueño en infinitos niveles escalonados, el discurso de Se levanta el viento finge englobarlos a todos al considerar calderonianamente que la vida es sueño, o más bien, a la vida como un préstamo efímero del sueño, pero también un sueño posible de ser invadido y retomado por etapas, o sobre todo, de ser aleccionado, reiterado y compartido al interior del propio sueño.

Y la aeronáutica onírica confía en la finura del trazo del gran dibujante Miyazuki (igualando la punta de plata de La invención destructiva del checo Zeman 58) para hacer eficaz su invitación a dejar volar la imaginación en un bio-pic, volver fabulosos incluso los líricos salvamentos continuos de dadaístas sombreros y sombrillas y pajaritas voladoras (“Buena atrapada”) y tornar apasionantes precisiones como el tren de aterrizaje retráctil, los tornillos de cabeza oculta, la estructura metálica y las láminas de aluminio en aleación, al mismo nivel que las demostraciones de la pobreza, la debilidad y el atraso de Aquiles y la Tortuga de un reivindicador-revanchista Japón belicoso con paisajes citadinos premonitoriamente rojo fuego y esa desembocadura del sueño en una flotilla de blancas aves-negros bombarderos imperiales (“El avión Zero simboliza nuestra psique colectiva”: Miyazaki) que perecerán sin excepción en la abominable guerra por venir y en el beato boato del feliz idealismo subjetivo de la fábula.

II. LA AUSENCIA OMNIPRESENTE. En Noche (Argentina, 2013), oblicua ópera prima del diseñador-actor porteño de 35 años Leonardo Brzezicki (cortos previos: Stand By 01, Con vos contar corderitos 02, Tokio Tonight 05), con guión suyo y de sus principales actores, el azotadazo y trágico treintón gay Miguel sigue tan presente en su ausencia como lo estuvo en vida, según pueden comprobarlo la sensitiva flaquita de rojo Violeta (Flavia Noguera con grácil lunar-bigote sobre los labios), el exnovio bisexual de ambos Pedro (Gastón Re), el nuevo compañero relegado por éste Juan (Jair Jesús Toledo), la furiosa abofeteadora Laura (Nadyn Sandrone), el atormentado galán rubio Matías (Pablo Matías Vega) y una anónima amiga cercana (María Soldi), algunos desconocidos entre sí, otros entrechocando desde tiempo atrás, que se han reunido en una inhóspita cabaña aislada de la provincia de Entre Ríos donde el difunto pasó los últimos meses antes de suicidarse, para evocar la figura del desaparecido, por la noche o durante días invariablemente siniestros y tenebrosos, en tanto dure una especie de perturbador homenaje que le rinden en grupo, escuchando los innumerables registros en cinta que dejó (voz de Ismael Pinkler), con frecuencia narrando el mismo sueño recurrente (su madre atracada por ladrones que se descubre travesti al caer por un balcón) o compulsivamente caprichosos (“Voy a tratar grabar las vacas, vengan acá vacas de mierda”) o intentando hacer música electroacústica a través de grandes altavoces que resuenan incluso fuera de casa y por comunicación inalámbrica, hasta que haya sonado catárticamente la última de esas grabaciones.

La ausencia omnipresente trabaja sobre todo con el tiempo, disecta y coagula el tiempo mediante las insistentes grabaciones incallables en acusmático fuera de campo perpetuo que funden y confunden el tiempo pasado con el presente, distorsionándolas al interior de un espaciotiempo sincrético y de antemano distorsionado, malidentificándolas a propósito, mezclándolas con las voces en off de los personajes vivos que vagan por arroyos o por el umbrío bosque circundante que el fotógrafo Ginevra Elkann transforma en largos planos de anocheceres reverberantes que son albas porque son ante todo imágenes fuliginosas y autosuficientes más allá del tiempo.

La ausencia omnipresente lo impregna todo con la lobreguez óptica de planos muy cerrados o demasiado abiertos sin nada en medio (según la vanguardista edición de Máximo Ruggieri), y con las turbulencias de la música de Leandro de Loredo (a veces contrarresadas sarcásticamente por la sonata Claro de luna de Beethoven), en incierta amalgama con el perturbador diseño sonoro de Filip Gsella, para que el bello güero se revuelque en un claro boscoso, la violenta Violeta falsamente infantil semeje sostener un cielo de ramas arbóreas o baile desatada o clave sobre el infinito sus taladrantes ojos claros y cierta pareja heterosexual copule de pie sin placer a la vera del río por mera añoranza desesperada, cierta pareja homosexual intente sodomizarse dolorosamente (“No, así no”), mientras el desasosiego dicta a placer su atormentado agobio desconcertante.

Y la ausencia omnipresente ha llevado a sus consecuencias extremas una colectiva paranoia de autocastigo, al interior de un conato de thriller psicológico desvanecido en la crispada línea potencial de los misteriosos e inaudibles ecos suicidas del peregrinar por los campos vacíos de Los jóvenes muertos (Leandro Listorti 09) o por los interminables tracks acosadores de Leones (Jazmín López 12) como determinantes antecedentes directos, un drama luctuoso que guarda duelo por sí mismo, en el ominoso e hipnótico jardín de los senderos (y las criaturas, y los tiempos) que se bifurcan, reinventando por fin el silencio y el vacío de la naturaleza atrapada en la noche.