Opinión

Mira y Dowse: presionando


I. EL SUSPENSO EJECUTANTE. En Gran piano (Grand Piano, EU-España, 2013), enigmático filme 3 en lenguas extranjeras del músico-director valenciano de 36 años Eugenio Mira (El cumpleaños 04, Agnosia 10), con guión original de Damián Chazelle, el atormentado pianista virtuoso internacional Tom Selznick (Elijah Wood reconcentrado) retorna a los escenarios de Chicago tras haber fracasado hace cinco años intentando tocar la pieza imposible La cinquette de Patrick Godureaux en el piano Bösendorfer imperial de ocho octavas del propio compositor, llega a la ciudad en avión presa de una desarticulador miedo de volar y, mientras su guapísima esposa cantante-actriz en ascenso Emma (Kerry Bishé destellante) está autopublicitariamente absorta por sus frívolos amigos Ashley (Tasmin Egerton) y Wayne (Allen Leech), él debe ponerse el smoking en una inútil limusina de alquiler, sumergirse a solas en el laberinto interior de la enorme sala teatral y lidiar por su cuenta con las pomposidades del director de la orquesta Norman (Don McManus), sólo apoyado por un obsequioso Asistente (Alex Winter) que le entregará sus partituras, incluyendo una de la temida obra que arrugará y desdeñará de inmediato, pero entre las páginas del estelar Concierto para piano No. 4 de Yaranosian hallará un mensaje con flechita rojo sangre (“Falla una nota y estás muerto”), querrá huir físicamente en vano del acoso que le tiende un diabólico francotirador (John Cusack) mediante un rifle de alto poder con mira telescópica y silenciador total, pondrá en peligro a su esposa también apuntada/acorralada en un palco, y pronto estará a merced de la presión y el suspenso ejecutante a que éste lo somete, si bien logrando comunicarse de manera permanente con la voz acosadora y con presuntos amigos salvadores a través de un transmisor de oreja y un celular, mientras el ambiguo asistente va eliminando a sus aliados externos uno a uno, hasta el inevitable enfrentamiento final.

El suspenso ejecutante se revela superlativo e intolerable, desquiciado y desquiciante, suprahitchcockiano (sin duda respecto al Maestro cuando inglés ultra en la asesina sala de conciertos culminante de El hombre que sabía demasiado 34 y su repetición puesta En manos del destino 56), al apoyarse en el contraste del snobismo y el exhibicionismo glamouroso con la angustia de un desolado instrumentista a quien sarcásticamente se le anuncia como nuevo Rachmaninoff, el luminoso imperceptible circulito rojo láser rojo del infalible rifle que se fija en sus lejanos objetivos humanos indefensos o los recorre desnudante-violadoramente desde las valencianas de los pantalones hasta las partes más vulnerables del cuerpo, el insólito diálogo con la voz autoritaria con la que el pianista se comunica sin jamás dejar de tocar en forma perfeccionista, la bodega forrada/forjada con vinilos inmensos donde irán cayendo aniquilados los presuntos asideros salvadores del infeliz ejecutante, y la sorpresiva decisión de acometer la ejecución de la pieza maldita.

El suspenso ejecutante exporta los mejores efectismos audiovisuales de la eterna bestialidad genérica española, aunque finalmente descendientes actuales del mejor De Palma del thriller de terror del mainstream poshollywoodesco y manierista (barridos, top-shots, jump-cuts, monocromías rutilantes, aparente unidad de tiempo), a través de un equipo técnico-creativo netamente hispánico y con iniciativa propia, ya que “Una película de terror no necesariamente debe tener litros de sangre para crear tensión, misterio y horror” (el director Mira dixit), pues para eso están el prólogo cual elegante ejercicio vanguardista tipo Ballet Mecánicos de los años 20s (a base de luces, engranes, péndulos), la hiperfragmentación arbitraria, la caprichosa dilatación/compactación visualista del tiempo, la fotogenia alucinante de los gigantescos espacios inclementemente sofisticados, la fotografía delirante en empequeñecientes enfoques laberínticos de Unax Mendía, la edición con frenético ritmo imparable de José Luis Romeo, la música atronadora o al borde de la esquizoide provocación paranoizante de Víctor Reyes, la ferocidad megatruculenta del Dario Argento de Rojo profundo (76) o Suspiria (77), las tripas del piano amplificadas cual si cobraran atrapante vida autónoma y last but not least la malvada figura de un villano inasible tanto como la explicación de sus intenciones últimas.

Y el suspenso ejecutante termina apoyando su jaladísima/confusa/desdeñable explicación lógica (un detonante robo tremebundo de piano sincronizado al activar el código oculto en cierta tecla), tan innecesaria y pueril como todas las que acostumbra el cine peninsular de misterio, en los cuatro compases cruciales que han sido garrapateados in extremis sobre un programa de mano, en la patética batalla cuerpo a cuerpo en las diablas escénicas, en la caída aparatosa del músico contra la cubierta del valiosísimo instrumento percutivo, en la nota definitiva que será pulsada equivocadamente a propósito o ya sobre el gran piano destartalado, en el pertinaz aguacero a contraluz patético y en la salida de campo por el límite inferior del encuadre ocultador de lo inmostrable/irresoluble/impresentable de un misterio aún imposible de resolver.

II. LA DESAZÓN AUTOIRRISORIA. En ¿Sólo amigos? (What If/The F Word, Canadá-Irlanda, 2013), paraescénico sexto largometraje del exitoso canadiense angloparlante especialista en alocadas comedias locales de 40 años Michael Dowse (Fubar I y II 02/10, Goon 11, con guión de Elan Mastai basado en la pieza Pasta de dientes y cigarros de T. J. Dawe y Michael Rinaldi, el lamentable devastado sentimental exestudiante desertor de medicina Wallace (Daniel Radcliffe en su más consistente aparición insignificante desde su irrecalentable niño mago) sublabora como apabullado auxiliar de oficina, la hace de inepta niñera del hijito de su hermana y desde hace un año contrasta su incapacidad de relación con la rapidez de ligues de su compañero de depto Allan (Adam Driver repitiendo su numerito hiperkinético de la interminable TVserie Amigos) ya estabilizándose con su homóloga erotómana Nicole (Mackenzie Davis implica a rabiar), pero el infeliz depresivo con obsesiones suicidas conoce en una fiesta a la elegante ojiazul Chantry (Zoe Kazan tan inasible como en Ruby, la chica de mis sueños) con la que logra conectar divertidamente y le ofrece su amistad, viéndola por azar en un cine, citándose en algún café, jugando con ella billar o al ping-pong, acompañándola de compras a tiendas de ropa sofisticada y enamorándose inevitablemente de ella, pero como la encantadora chava ya vive con su novio el ascendente aprendiz de diplomático Ben (Rafe Spall), debe penosamente sujetarse a una pactada situación de amigo triste, aunque rechazando con púdica honestidad moral los avances corporales de la guapa pero insabora hermana de su objeto intocable Dalia (Megan Park), hasta que el insuperable novio sea enviado a Dublín por seis meses y el nexo entre los amigos forzados empiece a exacerbar sus contradicciones tan comprometedoras y desazonantes cuan autoirrisorias.

La desazón autoirrisoria aporta innovadoramente a la comedia romántica juvenil en boga las cualidades de un humor canadiense autoirrisorio, que contrasta con el estragado humor estadounidense plasta o salaz de hoy (estereotipado, previsible, bobo, repetitivo), al reponer las mejores virtudes históricas (en la cauda de la sorna rosada del Harry y Sally de Rob Reiner 89) y cimeras de éste (en el callejón sin salida del ácido esquizoide del 500 días con ella de Marc Webb 09), para proponer una comicidad que parece refrescarlo todo para fingir una nueva lozanía, la comicidad de un chick flick rutinario (la comedieta romanticona con chicas atractivas para un público predominantemente femenino) endosado a las desventuras mitad deprimentes mitad picarescas de un boy flick para chavos socarrones de cualquier sexo, la comicidad de los diálogos falsamente cínicos que esconden las verdaderas tensiones e intenciones opuestas (“No sé si eres realmente cínico, o un romántico incurable realmente loco”) o los inconfesables desgarramientos interiores, la comicidad del berrinche por tener que comer nachos luego de la mejor cópula de su vida, la comicidad que revela a bocajarro los ocultos propósitos ajenos (“¿Pretendes acostarte con mi novia?”) cual si compartiera secretos para construir intimidades, la comicidad de la denuncia de los autoengaños autocompasivos (“Gracias por ser tan humilde en la victoria”) y los engaños mutuos a medias (“No te preocupes, sólo estamos platicando”), la comicidad de los pactos insostenibles e instantáneos (“¿Sólo amigos, por qué no?”) pero demasiado prolongados (“Es bastante inquietante, pero está bien”), la comicidad de las penalidades del infortunado del corazón roto que conoció a la indicada en el momento contraindicado, la comicidad que sabe gozar con las variaciones infinitas del mismo tema, y así.
La desazón autoirrisoria se expande mínimamente en el sutil arte de la digresión delicada y deliciosa-belicosa, dentro de una imparable corriente de suposiciones (¿qué pasaría si...?), como el motivo recurrente del intempestivo revoloteo de mariposas libertarias sólo existentes en la compensatoria imaginación de la dulce chava exigente, como los gags slapstick de la caída por la ventana en la primera cena embarazosa o en el paralizante encuentro con la exnovia en un pasillo de hospital o el malentendido de los compulsivos vuelos cruzados a Irlanda, como la música coruscante de A. C. Newman, como el desarticulador asalto de la atracción animal erótica al descubrir un sensual tatuaje bajo el estrecho vestido rojo cortazarianamente atorado en el cuerpo deseado, o como la absurda resistencia a los ímpetus normales que deben atravesar desnudos la noche en la playa, todo ello para rendir grácil testimonio de la tiranía irracional del amor (“En los cuentos de hadas el amor inspira a ser noble y valiente, pero en la realidad es sólo una excusa universal para el comportamiento egoísta”) y, por todos los frentes pero al margen de cualquier preocupación sociopolítica o contextual verídica, plantear que el único problema de nuestro tiempo y eterno sigue siendo saber si hombres y mujeres pueden ser amigos realmente.

Y la desazón autoirrisoria termina, después de la apremiante boda de Wallace con Chantry, trepándose al tejado de la frustración relamiéndose y las tentaciones autodestructivas sobre el cosmopolita Toronto que el chavo frecuentaba deprimentemente a solas, pero ahora en pareja para empezar a divagar, solos y acompañados, arrastrando al sentido del relato con ellos, sobre la desaparición del impulso amoroso y la perennidad de lo efímero.