Opinión

Milos y Sono: manipulando

I. LA ESPIRAL INCONSCIENTE. En Klip (Serbia-Montenegro, 2012), escandaloso y sordo debut shocking de la autora total serbia de 29 años Maja Milos (cortos previos: Intervalo 03, Los primos 06, Polvo 08), la pésima estudiante de prepa Jasna (Isidora Minjonovic cual balita perdida) que habita en un edificio de las jodidas afueras de Belgrado con una abnegada madre chantajista sentimental (Sanja Mikitsin) y el padre minado por un cáncer aún sin identificar (Jovo Maksic), se deja videograbar por un anónimo acosador sadiquillo a quien le acabará rogándole por sexo, pierde el tiempo maquillándose y disfrazándose de mujer fatal con sus amigotas reventadas, aprovecha cualquier circunstancia para largarse de fiesta y embriagarse, se inicia en todo tipo de basurizadoras-deteriorantes-degradantes drogas de diseño, se avergüenza melodramáticamente de la enfermedad paterna, participa con sus compañeros en una vandálica invasión nocturna a su escuela, se deja filmar con celular practicando felaciones en el mingitorio, canturrea boberías salvajes y se la pasa acosando eróticamente al brutal adolescente machín Djole (Vukasin Jasnic).

La espiral inconsciente va centrándose en la obsesión por el macho que primero desprecia a la chava por vil rogoncita insignificante y luego por su torpeza sexual, que comienza a poseerla sólo porque lo agarró meando a solas en una obra en construcción, se hace complacer bestialmente, le inspira compasión pronto mutua, madrea a cualquier tímido que se atreve a besuquear a su chava buscado protección y acaba sometiéndola a su albedrío.

La espiral inconsciente se encamina hacia el precoz desastre personal femenino absoluto, pero antes se ha de pasar por la deleznada clase aburridísima sobre el suicidio de las neuronas, por la sistemática mentira flagrante del vamos a estudiar toda la noche en casa de quien sea, por la búsqueda de experiencias nuevas y sensaciones límite sólo para ser platicadas y subirlas al Facebook, por la ruptura con toda forma de vida privada e intimidad, por la degradación consentida, por la ansiedad patológica, por la vomitada existencial, por el desafío familiar, por la hospitalización de la figura de la autoridad (paterna) ya dada como enterrada, por la identificación con una desamparada nenita terminal ansiosa de mami inexistente en una actividad de servicio comunitario, por el dolor de la semiconciencia torturante de inmediato asfixiada y por el progresivo sometimiento irreversible a la virilidad atropellante.

La espiral inconsciente desea filmar con vehemencia provocadora y vertiginosamente el vértigo de la autodestrucción, utilizando, a veces sin diapasón ni demasiada capacidad de cálculo, efectismos ad usum narcorum como la agitación intercorporal conflagradoramente filmada con celular, la cámara en la mano posdogma a lo sistemático destemplado abusivo, los tranquilos planos de conjunto aún temblorosos, las tomas subjetivas con sujeto incluido hacia un background desenfocado para subrayar la sentimental ausencia indiferente, las atmósferas deletéreas y nauseadas, los jadeos de la imagen en blanco/negro anticipándose a los jadeos de cogidas fingidas, una antipornografía de intransigente mirada femenina que muestra frondosos traseros sin jamás mostrar tetas (o sea, no hay paraíso voyeurista/televisivo), los falsísimos falos de barro o la violencia dada como tensión con el off.

Y la espiral inconsciente ha hecho vivisección exaltada de un acerbo malestar juvenil que podría extenderse a todos los países del mundo occidental, cuya proyección ya ha sido prohibida hasta en la envilecida Rusia (donde se realizó libertariamente hace dos décadas su premonitoria cinta gemela La pequeña Vera de Pichul 88), que sólo en última instancia podría resultar triste y aleccionadora, enfocada siempre desde una postura amoral y feminista hasta lo rabioso, al acabar arremetiendo contra el machismo como una cárcel que te patea porque eres de su propiedad y te abraza y te baila sin salida, como premonitoria y purgativa condena social eterna.

II. LA FILMOMANÍA DESORBITADA. En Vamos a jugar al infierno (Jigoru de Naze Warui, Japón, 2013), estridente y fatídico filme 13 del popular autor total nipón hiperconsciente de 42 años Shion Sono (tras una aquí inédita Tierra de esperanza 13 y su formidable Trilogía del Odio integrada por Pez mortal 10, Topo 11 y El romance y la culpa 11), el arrebatado adolescente filmomaniaco Hirata (Hikori Hasegawa) al frente de un mínimo videocrew autodenominado Los Malditos Bombarderos tan deschavetado como él, rodaba una falsísima cinta de acción cuando consigue grabar a un pandillero joven que realmente se rajaba el hocico a la vuelta y lo incorpora a su grupo con disfraz amarillo para representar a Bruce Lee en una gran película siempre diferida, extendiendo así el realismo de sus posibilidades cinematográficas fantásticas, que lo llevará a registrar tangencialmente y por mero azar venturoso los enfrentamientos exterminadores del gang del viejo yakuza histérico Muto (Jun Kunimura) con las fuerzas policiacas y contra un feroz gang rival, al que pertenece el arribista heredero Ikegami (Shinichi Tsutsumi) a quien se le grabará desangrándose por las calles antes de tomar el poder dentro de su facción y así, hasta que, una década después, el mismo filmomaniaco Hirata ya mayorcito descubra y aproveche la oportunidad de usar a las mismas bandas como equipo técnico y comparsas sacrificables de su Gran Película, ahora sí, aunque deba cederle temporalmente la supuesta dirección a un infeliz Kuji (Gen Hoshino) enamorado perdido de la actriz principal Mitsuko (Fumi Nikaido), hija del yakuza Muto, que conducirá fatalmente a todos a un inevitable holocausto apoteótico.

La filmomanía desorbitada opera ante todo como respuesta netamente orientalista, vivenciada en lo personal y cinefílica delirante, al ultrasobrio Súper 8 de Abrams (10), eliminando todo elemento poshollywoodesco de fina relojería, para sumergirse en un delirio tan brutal como irrisorio/autoirrisorio de crueldades sanguinarias y putadas mutuas entre yakuzas vociferantes y desatados, manipulando gag intelectual tras gag visceral tras gag cinefílico tras gag irracional, cual añorante reinvención de los Monty Python, a ritmo vertiginoso y en un frenético vórtice de anotaciones jocosa y distanciadamente disparadas, que abarcan el habitual baño de sangre ahora convertido en mar de hemoglobina deslizante (como nabokoviano estanque de orina) y una violencia hiperestilizada, proyectores reliquia de 35 mm al amparo de un anciano cácaro todoasesorador, la vesania de un curtido jefe hampón decapitable sólo superada por la vocación acribilladora decapitadora de su enardecida esposa condenada a 10 años de cárcel, el sometimiento tragacamote de sicarios obligados por disciplina a regresar al uso de tradicionales kimonos, la fervorosa fe en los altares callejeros de un Dios Cine que aplaza demasiado la llegada del Gran Día, el sentimentalismo alucinado preparándose a recibir a la exprisionera con una película a su gusto, y mil informulables disparates hilarantes más.

La filmomanía desorbitada funciona a la vez como nostalgia infantil y complaciente/complacida denuncia de los excesos y contradicciones de esa misma nostalgia y de ese lánguido ego-trip, al fundar todo el relato sobre una fijación mental colectiva en el anuncio de pasta dentífrica que protagonizaba cuando niñita encantadora esa renegada/vengativa/reivindicadora joven maldita con aspiraciones de rutilante heroína estrella Mitsuko (Fumi Nikaido) en que se convertirá al rebelarse contra el padre despiadado y al hacer deglutir vidrios y besos mortíferos a un exgalán, para seguir seduciendo hasta la muerte al neojefe yakuza regresivo infantil (esa malvada cancioncita del spot inolvidable) tanto como al adolescente pasmado en su descubrimiento erótico masoquista.

Y la filmomanía desorbitada equipara el amor loco por el cine con el frenesí erótico y el imparable despliegue carnavalesco de autoconscientes ideas expresivas de loco furioso cinematográfico, al nivel de los también nipones Kitano y Miike, batidos en sus mismos terrenos criminales e irónicos, junto con esa construcción en abismo del falso rodaje invasivo al interior del verdadero rodaje fingido al interior del falso rodaje concertado y así, de cuyos círculos concéntricos y desvaríos vesánicos sólo el realizador saldrá milagrosamente con vida, aunque apenas para recaer en otro círculo dantesco, al infinito romántico crepuscular del cine en sí.