Opinión

Migrantes en el mar de la indiferencia

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Migrantes en Italia. (Reuters)

La exposición de Francis Alÿs en el Museo Tamayo –quien realizó un experimento en las Columnas de Hércules, el principal punto de tránsito de migrantes subsaharianos en el Mediterráneo occidental– retrata con toda crudeza los dramas que ocurren a causa de las migraciones clandestinas y forzadas en el mundo.

En los últimos tiempos, la migración marítima hacia Europa acapara la atención mundial. Amnistía Internacional estima que el año pasado murieron tres mil 400 personas en el Mediterráneo. Lo más lamentable es que en lo que va de 2015 las muertes hayan aumentado con respecto al mismo periodo de 2014. Sólo han podido salvarse aquellos que cuentan con ayuda de embarcaciones militares o mercantes.

Llama la atención que, a diferencia de la intuición y de la retórica de algunos políticos xenófobos, no se trate de migrantes por motivos socioeconómicos. Por ejemplo, sirios, eritreos y somalíes huyen de conflictos bélicos y de regímenes represivos que no respetan derechos humanos elementales. Las regulaciones de la Unión Europea señalan que el primer país miembro al que llega un migrante debe responsabilizarse por él. Mientras que los países mediterráneos se quejan porque supone una carga adicional administrar sus fronteras marítimas, los más prósperos argumentan que son ellos quienes terminan por acogerlos. Desafortunadamente, mientras la Unión Europea discute bizantinamente sobre las cuotas de migrantes que le correspondería a cada país recibir, siguen muriendo en alta mar miles de niños y adultos.

De la misma manera, el aumento de la inmigración clandestina no afecta únicamente a los países europeos. Los conflictos han desplazado a la población a países vecinos. Libia, desde la caída de Gadafi, se ha convertido en el punto neurálgico del tráfico en el Mediterráneo oriental. Se calcula que entre 100 mil y 200 mil personas esperan en condiciones infrahumanas en las costas libias una embarcación, por muy precaria que sea, para llegar a la isla italiana de Lampedusa.

En Asia la ONU ha advertido del desastre humanitario en el golfo de Bengala, donde se encuentran abandonadas a su suerte casi 10 mil personas de religión musulmana (los rohingya), apátridas a quienes el gobierno budista de Myanmar niega la ciudadanía y cualquier derecho. Curiosamente la premio Nobel de ese país, Aung San Suu Kyi, ha guardado silencio cómplice. Bangladesh también se ha convertido en país expulsor de migrantes que salen lo mismo por razones políticas que económicas. A diferencia de lo que ocurre en el Mediterráneo, este asunto pasó desapercibido durante mucho tiempo en Occidente.

Lo que acabó con el tráfico humano “silencioso” fue la decisión del gobierno malayo de cerrar los puertos de ese país, acción similar a las que han tomado los de Tailandia e Indonesia. Es un juego de “ping-pong” macabro: los tres gobiernos impiden el desembarco de los exiliados, que se encuentran cada vez más en condiciones precarias y en riesgo de morir por hambre, enfermedad o violencia en las embarcaciones.

Las acciones de la ASEAN, el principal organismo regional y la ONU, han sido tibias y se han dirigido a instar a los países expulsores y a los potenciales receptores a respetar las convenciones internacionales.

La migración es un tema que trasciende fronteras: la Declaración Universal de los Derechos Humanos consigna el derecho de todo ser humano a buscar refugio. La globalización entraña paradojas para los Estados nacionales. Mientras se fomenta el intercambio de mercancías bajo las premisas del libre comercio, las políticas migratorias se han vuelto cada vez más restrictivas bajo argumentos nacionalistas. No debe haber espacio para raseros distintos: las medidas unilaterales han sido ineficaces e inhumanas. Lo alarmante es que ocurran todavía por causas como la exclusión política, discriminación por motivos religiosos, la violencia, la desigualdad y la marginación auspiciadas por guerras civiles (Siria e Irak) o regímenes autoritarios (Eritrea y Myanmar). Es urgente enfrentar a la migración irregular en todo el mundo, como la gran asignatura pendiente del siglo XXI. Como siempre la falta de voluntad política es escasa y la ambición de las redes de tráfico humano muy grande.

Twitter: @lourdesaranda

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