Opinión

Michoacán, ¿el principio del fin?

La salida de Fausto Vallejo de la gubernatura no debe ser visto como el fin de una etapa sombría de Michoacán. La medida está lejos de representar, por sí misma, la conclusión de la larga crisis de esa entidad. De hecho, de no procesarse adecuadamente, el episodio de la renuncia podría convertirse en un obstáculo más en el incierto camino de la reconstrucción de las instituciones de ese estado.

La solicitud de licencia del gobernador no debe traducirse en un acuerdo para la impunidad. Lo que ha sufrido Michoacán en cuanto a violencia durante más de diez años sólo pudo ocurrir por la complicidad, activa o pasiva, de su clase gobernante. Y para que las cosas que han padecido* los michoacanos nunca vuelvan a repetirse, debe ocurrir un gran purga en la política de ese estado.

Es imposible, e indebido, determinar desde la opinión pública la inocencia o culpabilidad de Rodrigo Vallejo, el hijo del mandatario renunciante que ha sido señalado en medios y en redes sociales como alguien que tenía tratos con Servando Gómez, La Tuta. Por ello, con el esclarecimiento de ese caso las autoridades deben comenzar a asentar las bases del futuro de Michoacán.

Una vez que, cobijado en el discurso de su quebrantada salud, Fausto Vallejo se ha visto obligado dejar el poder, del gobierno federal, mando único y real en Michoacán, sólo puede esperarse que acelere las indagatorias sobre las complicidades que permitieron el reino del terror de La Familia y de Los Templarios: desde lo más alto, el entorno de los gobernadores, y hasta las últimas consecuencias.

Y para apuntalar esas investigaciones quizá lo adecuado sería que los michoacanos discutan si deben establecer una especie de comisión de la verdad, un esfuerzo que les ayude a reconstruir qué es lo que les ocurrió en este milenio en cuanto a crimen organizado y violencia, y quiénes son los responsables de ello. ¿Qué políticos se beneficiaron de la corrupción ligada a la inseguridad? ¿Qué capitales locales o regionales también se coludieron con narcotraficantes y extorsionadores? ¿Qué funcionarios fueron tan omisos que son igualmente cómplices de la suerte que corrió todo un pueblo? ¿Quiénes en el pueblo fueron también verdugos?

El gobierno de la República no debe caer en la tentación de considerar que con Vallejo fuera el terreno michoacano queda allanado para que inicie el juego de las elecciones del próximo año. El PAN y el PRD deberían también detener a sus caballos. La caída del exalcalde de Morelia debería ser, en el mejor de los casos, el inicio del fin. Las elecciones llegarán, pero más vale que para entonces la justicia haya avanzado lo suficiente para que los que ya le fallaron a su estado no puedan competir más.

En Michoacán hay muchas familias que esperan justicia para sus seres queridos, mujeres que quieren castigo para sus violadores, padres que no volvieron a abrazar a sus hijos, viudas y huérfanos que preguntan y no tienen respuestas. La renuncia de Fausto Vallejo es un paso que podría ayudar a la justicia. Ojalá no contribuya a la impunidad.

* Esta columna no regatea avances logrados este año por el gobierno federal, de la mano de diversos grupos de autodefensa, en Michoacán. Pero tampoco considera a la situación como suficientemente resuelta, ni siquiera en la Tierra Caliente.