Opinión
ALMA DELIA MURILLO, ESCRITORA

“Mi familia leía, eso fue una parte de mi salvación”

   
1
   

      

María

Alma Delia Murillo está entera. “Soy una sobreviviente”, dice entre broma y en serio, de siete hermanos y hermanas mayores. Todos menos ella nacieron en El Limón, un pueblito michoacano del que había que bajar a caballo. También salió ilesa de años de educación pública en un internado de la SEP y airosa de una vida que no presagiaba más que pobreza. Sus padres, que estudiaron sólo hasta segundo de primaria, vinieron a la capital a buscarse un futuro, pero él dejó a su familia poco después.

La madre y los ocho niños vivieron primero en Nezahualcóyotl y luego en Santa María La Ribera, en una vieja vecindad que seguramente desapareció. La decisión de internar a los hijos se impuso cuando, en un terrible accidente, una de sus hijas mayores sufrió quemaduras de tercer grado de la cintura para arriba y vivió varios años internada en un hospital.

Los hijos más grandes fueron a un internado en Pachuca. Tenían clases de lunes a viernes y techo y alimento tres veces al día los siete días de la semana. Alma Delia estuvo con otra de sus hermanas en el Gertrudis Bocanegra, en la colonia Del Valle. Su próxima novela, El nido, está escrita a partir de aquella experiencia.

“Con todo, recuerdo la alegría de mi madre. A pesar de los accidentes, del hambre y de la pobreza, ella encontraba momentos para la alegría, para jugar, para cantar las canciones de Juan Gabriel. La otra parte de nuestra salvación fue que mis hermanos leían; no sé de dónde sacaban los libros, pero yo me volví una lectora carroñera. Me cayeron en las manos Memín Pingüín, Chin Chin el Teporocho, de Armando Ramírez y otros que intuía que no se debían leer a los diez años, pero también me hice de Cervantes y otras lecturas que tenían que ver con el teatro y que hicieron que me inclinara por esa carrera”.

Cuando salió del internado, al terminar la secundaria, se inscribió en la Voca 5, en la Ciudadela. “Desde entonces sabía que lo que me gustaría era escribir, pero cuando creces en medio de carencias, no puedes dejar de pensar de qué vas a vivir”.

Concluida la vocacional, dejó la casa de su madre y revalidó materias de humanidades para ingresar a la UNAM, a Literatura Dramática y Teatro. Su madre reprobó esa decisión. Se había vuelto cristiana evangélica, “y fue un tiempo de un fanatismo insoportable. En la casa, todo era pecado y todo estaba mal. En la mente de mi madre, querer ser actriz era como querer ser puta”.

Hizo tres veces el examen de la UNAM, hasta que se quedó. A la vez, hacía relaciones comerciales en la Escuela Superior de Comercio y Administración del Politécnico en Santo Tomás, para la que tenía pase directo. “Luego me enteré de que existía la Escuela Nacional de Arte Teatral, del INBA, y también me metí. Llegó un momento en que iba a tres escuelas, así que me salí del Poli, a un semestre de acabar. Y justo cuando me di cuenta que no había más que ponerme a escribir, me atropella un trolebús…”

Murillo estaba empleada como operadora telefónica en un call center en el Palacio de los Deportes. Salió con permiso para hacer un examen foniátrico en la facultad y su credencial de la universidad cayó al suelo. Sobre Churubusco el trolebús avanzaba en contraflujo, y ella se fijó sólo en el sentido de los autos. “Para mi suerte, como estaba distraída y no me di cuenta de nada, no opuse resistencia. Los médicos me explicaron que fue eso lo que me salvó”.

Fue trasladada de urgencia al hospital Magdalena de las Salinas. Tenía una hendidura craneal. Le drenaron líquido por la oreja para evitar la inflamación del cerebro. Tuvo secuelas diversas: migrañas, pérdida de sensibilidad en un brazo, una hernia de disco. Pero la juventud y los cuidados de su madre y su abuela, con la que compartía largas noches de insomnio, aceleraron su recuperación. Diez meses después, como nueva, se fue a vivir por su cuenta, se volvió corredora y retomó la escuela y la vida laboral.

“Me iba bien de Godínez. Brinqué de los call center a una firma gringa de consultoría en la que hacía marketing uno a uno o CRM. En 2001, cuando el ataque a las torres gemelas, cerró la oficina y me quedé sin chamba, así que eché a andar con una socia una consultoría para centros telefónicos y de marketing. Nos contrataron Ford y Nestlé entre otras empresas, pero me tronó la inestabilidad del freelanceo. Añoraba estar empleada, con un salario y un horario fijos, y así fue como entré a Multivisión”.

Tenía 25 años y la gerencia de servicio al cliente. Era la única mujer en las juntas, “con la mitad de peso y el doble de pelo que todos a mi alrededor. Todo iba bien hasta que me corrieron porque mi jefe dijo que yo quería su puesto”.

-¿Y lo querías?

-Claro. El problema fue que pequé de soberbia. Me confronté demasiado. Fue una buena lección de humildad.

Había terminado los estudios, pero no se tituló. No era actriz ni guionista ni nada de nada. Sin embargo, tras unos meses desempleada, la contrató Ninewest. Fue su primer trabajo en la industria de la moda. Llevaba las riendas de la mercadotecnia digital, las bases de datos y el comercio en línea de la marca. “Y lo mejor de todo: mis jefes eran unos tipazos”.

Pero entonces tuvo dos crisis: una porque se le imponía la urgencia por escribir; no hacerlo la hacía sentir frustrada y ansiosa; y otra porque se separó de su pareja tras un fallido intento por habitar en la selva, donde se dedicarían al ecoturismo.

No mucho tiempo después, cursó un taller con Oscar de la Borbolla y se hizo de una serie de cuentos que fue publicada con el título de Amas de casa, en 2010. También inició sus colaboraciones en la extinta Día Siete, Soho y el Malpensante y en Sin embargo, donde se mantiene como columnista.

Alma Delia Murillo firmó con Planeta su primer contrato para escribir una novela: Las noches habitadas. Después de eso liquidó su hipoteca y se animó a renunciar a la vida de oficinista, aunque de vez en cuando realiza algunas consultorías para empresas de moda. También participa en Calle Once, un programa televisivo de revista donde comparte créditos con Ricardo Raphael, Carlos Bravo Regidor y Antonio Marvel.

Divertida, cuenta: “He aparecido con el pelo lacio, con un look de joven, de esposa, y también con unos cerrados caireles de quinceañera. La televisión es un atentado contra el ego. De por sí escribir, carajo, suele ser una paliza contra tu autoestima y me meto en esto…”

Y justo cuando me di cuenta que no había más que ponerme a escribir, me atropella un trolebús...”

Twitter: @scherermar

También te puede interesar:
Tenía mucho que decir, por eso abandonó su sueño de ser presidente
“En derecho, nada de lo humano es ajeno”
“He antepuesto al PRD casi ante todo”