Opinión

México vive una epidemia de embarazos entre adolescentes

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Las autoridades están alarmadas por el número de las jóvenes menores de 19 años que se embarazan. Por ello, en enero de este año se puso en marcha la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo Adolescente (Enapea) del gobierno federal. Su meta es reducir en 50 por ciento la tasa de fecundidad entre menores de 19 años. Esto significaría pasar de 300 mil casos en 2014 a mil a 150 mil. Adicionalmente se afirma que las muchachas embarazadas cada año llegan a 400 mil.

Al problema cuantitativo por el tema de la edad se agrega el cualitativo, ya que la mayoría de estas nuevas madres son solteras. No es difícil deducir cuáles serán las consecuencias de ello, tanto para la madre como para el hijo. Además, los padres de las jóvenes tienen que asumir una responsabilidad adicional para no dejar a la deriva y sola a quien vive esa situación.

Muchas de las jóvenes que se embarazan están realizando estudios. Su nueva responsabilidad les dificulta continuarlos o concluirlos, con lo cual carecen de elementos para asumir su maternidad a plenitud, pues son dependientas económicamente y los padres, cuando reconocen tal situación, se encuentran en el mismo caso. Si deciden formar una familia y sostenerla, ingresarán al mercado laboral con pocas competencias para asumir puestos bien remunerados, si es que encuentran un espacio en el empleo formal. De lo contrario, pasarán a ser parte de la economía informal del país.

Las autoridades pretenden resolver el problema con una supuesta educación sexual que se reduce a la enseñanza de métodos anticonceptivos, que aunque se conozcan no siempre se aplican, o se usan mal. Es bien sabido que los anticonceptivos de cualquier tipo no son cien por ciento eficaces. Si se incrementa la práctica sexual de quienes los usan, la probabilidad de ese fallo se incrementa.

Según el Inegi, de los 22 millones de jóvenes que hay en el país 23 por ciento tienen una vida sexual activa. Así que nada tienen de extraño las cifras de embarazos que se registran. Pero las autoridades siempre han recurrido al ataque de los efectos, no de las causas. Es más, las autoridades le echan fuego al ardor juvenil, estimulando e impulsando dichas prácticas con la difusión de extrañas versiones de los mal llamados “derechos sexuales y reproductivos”.

Quienes se preocupan por el tema seguramente no se han ocupado de revisar los libros de texto de educación básica, donde supuestamente se imparte la educación sexual. Recordemos que nuestras autoridades han introducido dicho tema hasta en el kínder. Se está obligando a los docentes a que disfracen a los niños de niñas y a éstas de aquéllos, a fin de que desde temprana edad puedan optar por su “género”, introduciéndoles así una confusión acerca de su identidad.

Junto a ello, se alienta el derecho a tener experiencias sexuales de todo tipo y con quien sea. Hay toda una campaña para que estas conductas se hagan al margen de los padres, por encima de la patria potestad, la cual se pretende eliminar. Con ello, la promiscuidad se estimula y las ocasiones de posibles embarazos se incrementan.

Las tesis que se enseñan en las escuelas tienen enormes riesgos y favorecen los abusos de menores, pues es fácil que los pederastas aprovechen tal corriente para abusar de quienes creen que están ejerciendo un derecho.

Pero pocos son los padres que conocen el lavado de cerebro que les hacen a sus niños. También es cierto que pocos asumen la responsabilidad de dar educación sexual integral a sus hijos, más allá de las técnicas sexuales o preventivas. La verdadera educación sexual entraña una responsabilidad y una dimensión que sobrepasa lo meramente carnal y tiene su verdadera fuerza y expresión en el amor, que no hace de la unión de las personas una ocasión casual, sino una entrega total, estable y permanente.

La verdadera concepción del amor es despreciada por numerosos sexólogos y generistas. La imposición de esta anticultura tiene ya consecuencias, pero de mantenerse así tendrá efectos desastrosos en el futuro.