Opinión

México se come a sus muertos

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Localizan 7 cuerpos en Acapulco. (Enrique Villagómez)

¿Cómo se rastrea el polvo de alguien que hace no mucho estaba vivo? ¿Cómo buscas en casi dos millones de kilómetros cuadrados las astillas a las que fueron reducidos los cuerpos de un puñado de personas? ¿Cómo encuentras a un desaparecido, a decenas de miles de desaparecidos, cuando los criminales se han vuelto expertos en pulverizar, mediante ácido o fuego, o vayan ustedes a saber qué horrendos métodos, a sus víctimas?

En México pisamos muertos. En México miramos paisajes que esconden cementerios clandestinos de personas asesinadas. En México nadamos en aguas donde se lanzan cenizas de incinerados. En México nos comemos a los desaparecidos…

El holocausto de las personas desaparecidas en nuestro país tiene números que rondan los 30 mil casos.

Si estamos condenados a seguir reportes como los emitidos en las últimas horas por el equipo de forenses argentinos sobre el caso Ayotzinapa, o por la fiscalía de Veracruz sobre los cinco jóvenes de Tierra Blanca, cada uno de los desaparecidos de esta década infernal podrían haber terminado machacados hasta ser reducidos a piezas tan diminutas que la ciencia fracasará a la hora de buscar en ellas un hilo de la identidad que alguna vez fueron.

Estamos ante restos de restos, muertes cuyo rastro se ha fragmentado tantas veces que incluso cuando algo de esos cuerpos se recupera sirve de poco, nada sustancial ni para la justicia ni para el consuelo de las familias de las víctimas.

Para encontrar a los jóvenes desaparecidos por policías de Veracruz, ha confirmado este martes el fiscal de ese estado, tuvieron que batir la tierra. Pero no estamos ante una frase o figura retórica que hable de una búsqueda denodada, de un esfuerzo extraordinario de la autoridad.

Estamos hablando de que las peores pesadillas se quedan cortas: mientras los gobiernos se tardaban en responder tras la desaparición de los cinco muchachos de Tierra Blanca, los criminales tuvieron tiempo y recursos para desintegrar cuerpos de sus víctimas al punto de que ha sido necesario cernir la tierra, pasarla por una malla, para encontrar algo de esas víctimas que también lo son de un gobierno fallido, el de Javier Duarte, administración de policías coludidas con criminales y de jerarquías omisas.

La capacidad de la industria de la desaparición de personas en México acaba de recibir una funesta certificación. El reporte emitido ayer por el Equipo Argentino de Antropología Forense sobre el caso Ayotzinapa no sólo supone la última palada a la llamada verdad histórica de Jesús Murillo Karam. Igual de trascendente es el hecho de que los peritos australes, que en otras latitudes han tenido éxito en dar certeza a familias que llevaban años buscando a familiares, han concluido que en México los criminales pueden desaparecer dos veces a una persona:
los delincuentes tienen la capacidad de sustraer a una persona y, encima, de borrar cualquier rastro de ese crimen. Cuántos casos más habrá así.

Porque matar a las víctimas no parece ser suficiente. Pretenden anular toda evidencia. Impunidad al cuadrado. Si cuando hay víctimas y supuestos autores (caso Narvarte) la autoridad es incapaz de reconocer que ni sabe, ni puede, y quién sabe si alguna vez quiso resolver el caso, ahora imaginen el tamaño de la incapacidad de los gobiernos para encauzar a supuestos criminales cuando ni siquiera cuentan con el cuerpo de la víctima.

Alguien que ha buscado desaparecidos hace poco me decía con pesar que a muchos no los vamos a encontrar. “Sabemos de casos en donde incluso para borrar el rastro se los dan de comer a los cerdos”.

Nada que agregar.

Twitter:
@SalCamarena

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