Opinión

México, la fotografía

 
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Puebla. (Reuters/ Cuartoscuro)

México atraviesa por un momento sumamente complejo de cuya suerte habrá de definirse nuestra historia contemporánea. Diversos aspectos de la vida nacional no se han resuelto, prevalecen y se agravan, y se suman a la compleja situación internacional de incertidumbre y cambios.

No es que según el Comité para la Protección de Periodistas entre el 2 de marzo y el 15 de mayo de este año se asesine a un periodista cada 12.5 días; no es que en México se maten a más periodistas que en cualquier país del mundo (así estén en guerra) como Siria o Irak, no.

No es sólo que tengamos la inflación más alta de los últimos años (5.82%); no. No es que 14 millones de mexicanos ganen 5 mil pesos mensuales; y que el 1% de la población reciba, según OXFAM, 21% de ingresos de todo el país; no, no es que seamos el país más desigual de la OCDE, no.

No, no sólo es que nuestro crecimiento no vaya a llegar al 2% este año; no. No es que el peso haya empezado en este sexenio en 12.92 y hoy esté en más de 20 pesos (y llegó en enero a 22 pesos; no, no es sólo la devaluación.

No, no es que en México haya dos millones más de pobres (última cifra dada a conocer por Coneval en el 2015); es decir, no es que el 46.2% de la población sea pobre, no.

No, no sólo es la indignante corrupción que nos cuesta 10 puntos del PIB, no. No es su hermana la impunidad que nos lleva a tirar por la borda el Estado de derecho; no.

No, no es la inseguridad desatada (de huachicoleros, de narcotraficantes, de ladrones) de desaparecidos, de homicidios y de secuestros; no, no es sólo (como si no fuera suficiente) que en México haya, según la Organización Mundial de la Salud, 7 veces más homicidios que en el resto del mundo, como en zona de guerra, no.

No, no es sólo la respuesta insuficiente, retórica, vacía, apática y carente de sensibilidad, ya no digamos de empatía de parte de los responsables, no.
Es la suma de todo ello la que explica el enojo social, el malestar, el humor social y el hartazgo.

Estas condiciones difícilmente podrán revertirse en el contexto de la elección del 2018 y serán las que lleven consigo los ciudadanos al emitir su voto. Será su carga emocional, será su visión de futuro, será su situación económica y social la que los lleve a tomar su decisión.

¿Será más su enojo el que los lleve a decidir? ¿Tendrá peso la inevitable esperanza en un futuro mejor? ¿Será suficiente una campaña exitosa? ¿Pesará más la imagen de los partidos? ¿Pesará más el candidato que la estructura?

En este contexto ¿Cómo debe plantearse el discurso de las campañas que ya han empezado desde hoy? ¿Pueden los candidatos de todos los partidos, o de algunos, o los independientes tener algo de legitimidad ante la sociedad al ofrecer un cambio? ¿Qué tipo de propaganda deberá diseñarse? ¿Cual podrá ser el efecto de las inevitables campañas sucias que evidencian el escenario de lodo que vislumbran los ciudadanos?

La clase política no puede ir resolviendo esto en la marcha, no puede improvisar, lo que está en juego hoy como nunca antes son la paz y la seguridad de nuestra nación. Debe de partir por entender que el humor social se ha ido creando y alimentando por decisiones erróneas y pensando en la mayoría de las veces en el interés particular o de grupos. El humor social no se niega ni se cambia, no se desecha, no se desdeña. ¿Hay sensibilidad de lo que la sociedad está percibiendo y sintiendo por parte de la clase política?

Twitter:@SamuelAguilarS

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