Opinión

México es la democracia
más corrupta en la región

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DF

América Latina muestra limitaciones estructurales en lo económico y en lo político. De repente, resulta claro que el crecimiento de países como Brasil, Chile, Colombia y Perú se benefició de potente viento de cola por los altos precios de materias primas que exportaban. Conforme se desacelera China, el principal importador, los precios caen y se vuelve evidente que el crecimiento potencial de estas economías es bastante menos atractivo.

A la vez, varios países lidian con escándalos de corrupción. Las crisis de la casa blanca en México, Petrobras en Brasil, y Soquimich y Banco Penta en Chile han provocado enorme descontento social y fuerte duda sobre las instituciones en estos países. En mi opinión, México es quien sale peor librado.

Tanto a nivel de personas como de naciones, las crisis son génesis de oportunidades. Las grandes crisis galvanizan grandes cambios. Ninguna sociedad o país evoluciona sin éstas. Pero hay las que sucumben ante su peso.

Hay diferencias sustanciales en cómo los tres países han reaccionado a la crisis. En el caso de Brasil, se ha desatado una profunda investigación que ha adquirido vida propia. Podrían ser implicado el expresidente Lula; Dilma, la presidenta actual, podría ser destituida. Se abrió una caja de Pandora y no queda claro dónde parará el proceso. Las empresas constructoras involucradas han sido vetadas de participar en nueva obra pública, al grado que las reglas de “contenido nacional” serán revertidas, para recibir a empresas internacionales.

En Chile, la investigación sobre donativos ilegales de empresas a campañas electorales legislativas ha provocado una hecatombe. Las carreras de políticos prominentes, tanto de izquierda como de derecha, podrían ver sus últimos días. En otro escándalo, la nuera de la presidenta Bachelet podría terminar en la cárcel.

Surgió fuerte descontento social por la crisis de corrupción en un país que presumía ser el más limpio en la región. Mario Kreutzberger (el popular Don Francisco) entrevistó en una serie de tres programas televisivos intitulada “Qué le pasa a Chile” a Ricardo Lagos, Sebastián Piñera y Michelle Bachelet. En su entrevista, esta última le pidió la renuncia a todo su gabinete en forma por demás inesperada. Apenas lleva 14 meses su mandato.

Nueve de los veintitrés ministerios (secretarías) estrenan titular; en algunos casos hubo enroques, pero cambiaron los dos más importantes, el de Hacienda y el del Interior (Gobernación). En Hacienda se nombró a Rodrigo Valdés, sangre nueva en el gabinete, un tecnócrata con credenciales impecables. Como ministro del Interior se colocó a Jorge Burgos, previamente titular de Defensa. Bachelet hizo nombramientos que claramente no serán del agrado de su coalición de izquierda, pero que le dan credibilidad ante empresarios e inversionistas internacionales crecientemente escépticos de su mandato. La izquierda se la va a cobrar, pero los cambios mostraron un esfuerzo sincero por demostrar que entiende la profundidad de la crisis y cambiar de rumbo.

La suma del escándalo de corrupción chileno no alcanza el valor estimado de la casa blanca. Pero la reacción ha sido contundente.
Bachelet prefirió poner su presidencia en riesgo, prefirió aislarse de sus colaboradores más cercanos y de su partido, pero a cambio de ello fortaleció a las instituciones. Envía una señal cristalina de que nadie está por encima de ellas.

En forma contrastante, nadie ha perdido el empleo en México. El PRI, junto con su deplorable aliado el Partido Verde, mantendrá mayoría legislativa. Las instituciones, mientras tanto, han quedado hechas pedazos, su credibilidad más en tela de juicio que nunca. No hay fiscalías especiales investigando, el Legislativo no le pide cuentas al Ejecutivo y no hay cambios en el gabinete. Enrique Peña Nieto sigue cómodamente rodeado del mismo grupo mexiquense que tan mal lo ha asesorado.

La crisis no ha detonado cambio. La lección no fue aprendida. Pero el descontento popular crece en forma peligrosa. La corrupción es el mayor lastre para el desarrollo económico y social del país. El impacto de las importantes reformas estructurales, que podrían haber detonado crecimiento sin precedente, fue mermado por un gobierno que se muestra inerte y prefiere voltear la cara ante la crisis de confianza. A ver si ésta se va sola. En México, claramente los políticos y los empresarios que los corrompen, están por encima de las instituciones. En pleno siglo XXI, es claro que vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.

La corrupción alimenta a la devastadora metástasis del cáncer del crimen organizado. El Estado se muestra rebasado por organizaciones criminales cada vez más fuertes, y crecientemente insolentes y descaradas. Como la Hidra de Lerna, cada cabeza cortada engendra dos nuevas. No se articula una estrategia clara para enfrentarlo, más allá de tácticas que apenas logran contenerlo.

El futuro de los países depende de su capacidad de reaccionar ante las crisis. México muestra una pungente incompetencia a nivel de gobierno, empresas y sociedad civil.

Twitter: @jorgesuarezv

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