Opinión

México es demasiado importante

 
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La corrupción generalizada provoca la decadencia del sistema que la padece. Es el caso de México, pero la economía de nuestro país (por no mencionar su posición geopolítica, ni su sociedad y cultura) es demasiado importante y contiene intereses locales y transnacionales muy poderosos que están por quitarle al Estado la iniciativa para ponerle freno a ese flagelo.

Se han hecho tantos diagnósticos sobre la corrupción y sus efectos que cualquiera es reiterativo; un buen resumen de sus consecuencias económicas es de Juan Pablo Castañón, presidente del CCE: “En los índices y ranking internacionales, los factores más problemáticos para hacer negocios son, consistentemente, corrupción, ineficiencia burocrática y crimen. La vulnerabilidad de la competitividad reside en las instituciones del Estado de derecho: estamos entre los países con peor evaluación en el mundo en desviación de fondos públicos o fiabilidad de las policías” (Reforma 31 de mayo).

Los afectados por la pérdida de competitividad a causa de la corrupción han tomado la iniciativa de combatirla presentando la situación fuera de nuestras fronteras. Además de mesas de trabajo en la Secretaría de la Función Pública y de exhortos al Congreso para que apruebe las leyes anticorrupción, la Coparmex ya le solicitó a la OCDE su presencia como observador en la discusión legislativa sobre el tema y en la implantación del Sistema Nacional Anticorrupción.

El descontento empresarial contará en su articulación internacional con el aliento y algo más del gobierno de Estados Unidos, cuyo vicepresidente, Joe Biden, de visita en México durante febrero, dijo que “queda mucho trabajo por hacer para fortalecer más el Estado de Derecho” en nuestro país y que para ello ¡¡¡¡“nos encontramos trabajando estrechamente con el gobierno mexicano y la sociedad civil mexicana para promover el Estado de derecho, la transparencia, la anticorrupción y la rendición de cuentas en cada nivel de la sociedad mexicana”!!!!.

Los signos de admiración ponen un doble énfasis: en la intromisión de Washington en nuestro país supuestamente soberano, y en la profundidad y pretendidos alcances de esa coadyuvancia. Más de un opinador le ha dado la bienvenida asumiendo que un estado corrupto está incapacitado para investigarse, limitarse y castigarse a sí mismo.
Lo está, pero la corrupción es sólo uno de los fenómenos que resultan de un Estado fallido varios frentes, que sólo a los mexicanos correspondería corregir: nuestro Estado falla en la posibilidad de que el poder frene al poder presidencial mediante la efectiva división de poderes, que con la vuelta del PRI tiende a reconcentrarse en Los Pinos; en que los partidos políticos y los legisladores ven ante todo por sus propios intereses, que son las prerrogativas y lo que puedan sumar en recursos y cargos públicos a repartir; falla en que la peor suerte que puede sufrir un ciudadano es verse involucrado en el poder judicial como víctima.

Reconstruir esa estructura de poder tiene que ver con la corrupción, pero también con la violencia, con las desigualdades y con la pobreza en el país. La coadyuvancia externa sería útil en apoyo al empoderamiento de la sociedad para conducir la desconcentración ordenada (democrática) del poder y priorizar el combate a las desigualdades y garantizar los derechos humanos. En ausencia de esas condiciones, sería mera intromisión, contraria inclusive al interés nacional.

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