Opinión

México en vilo

07 julio 2017 5:0
 
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VOTO

Uno. Pido disculpas por la primera persona, pero rato llevo, saltándome a partidos (y partiditos), y al gobierno fallido, para llamar la atención sobre el hecho de que el virus de la decadencia anida ya en la sociedad nacional.

Dos. Dos acepciones “dicta” el diccionario: “menoscabo, principio de debilidad o de ruina”; y, en arte o en historia, “período en el que esto sucede”. Quedémonos con la primera.

Tres. Cosa distinta es preguntar qué tanto influye en la sintomatología, el comportamiento delincuencial de los organismos políticos y la plaga de funcionarios ayunos del sentido (y aún instinto) de Estado.

Cuatro.
También me he permito llamar la atención sobre el candor del estamento de los intelectuales (mis prójimos), mudados “intelectuales orgánicos”, a partir de la LOPPE de 1976 (a la que nomás porque sí conectaron el 68), de la Reforma Política. Ese fraude monumental.

Cinco. La LOPPE, acto de prestidigitación (chistera, capa y varita), que confiere legitimidad y legitimación a un sistema que venía haciendo agua desde los 50’s (recuérdese sobre el particular la reforma de Carlos Madrazo, cuyo parón en seco tanto agraviara a Elena Garro, correligionaria del tabasqueño).

Seis. ¿Partidos en un país por décadas de un solo partido en el poder? ¿Democracia electoral en un país cuya última experiencia comicial databa de 1911, la elección de Madero como Presidente de la República? (trece meses). Sí: acto de magia la LOPPE.

Siete.
¿Y los cuadros, las “bases”, los líderes salidos de dónde rayos, si la única capacitación política venía del PRI, menos del PAN y menos aún del Partido Comunista (que me perdone Revueltas, pero más bien “Cabeza” sin “Proletariado”)?

Ocho. ¿Bastaba que la lucha por el “dedazo” insuflara la Corriente Crítica del PRI, que el panismo dejara de hacerle al misticismo del voto, que los contingentes de la oposición de izquierda los nutriera el pueblo universitario, sobrepoblado por el “preciso” Echeverría?

Nueve.
Tan ingente, brutal realidad, se hizo olímpicamente a un lado. Y la partidización de la vida pública, que se fue apoderando de leyes e instituciones electorales, obligó a la postre al intelectual, opinante de la coyuntura, a tomar partido.

Diez.
Activismo de tiempo completo que, en el camino, aplazó o de plano sacrificó (con sus excepciones por supuesto) la obra central de cada uno, la académica. Ya no hubo Danieles Cosío Villegas detectives de la larga duración y del día por día.

Once. Opinión priista de sociólogos, opinión panista de economistas, opinión perredista (y de súbito morenista) de historiadores. O “visconversa”. Priistas historiadores, panistas sociólogos, perredistas (y morenistas) economistas. Talacha de todos los días (y todos los “medios”).

Doce
. Y no sólo “opinión” cotidiana. El intelectual también “le atoró” (asesor, consejero, teórico, funcionario), a la administración electoral. Ya no digamos a las dos grandes coartadas gubernamentales: la “ciudadanización”, la moda de los “organismos autónomos”.

Trece.
Y de pronto, cuando el fraude no de tal o cual partido, sino del Sistema de Representación en su conjunto, cobró la contundencia de un aguacero a mediodía, se desató la ola plañidera. Desencanto, ¡ay! Réquiems, ¡ay!¡ay! El futuro que se nos fue de las manos, ¡ay!¡ay!¡ay!

Catorce.
Pero auto-crítica del sector intelectual seducido por la Reforma Política, nanay. Vaya, ni una mínima contrición. La culpa, la responsabilidad del monstruo parido, recaía en otros.

Quince
. ¿Cómo no va a producirme alivio, despertar la esperanza, que el análisis crítico se ahonde y al mismo tiempo problematice, incorporándole al pleito de perros de los partidos, el estado de la mexicana sociedad en los albores del siglo XXI, buque que da bandazos?

Dieciséis. Escribe Lorenzo Meyer, distinguido académico y convencido “pejeísta”, lo siguiente: “Los pasados comicios fueron la antítesis de lo que México necesita para empezar a remontar el proceso de degradación sistemática que lo aqueja en lo social, económico, político y sobre todo, moral”.

Diecisiete. Totalmente de acuerdo en el diagnóstico. Profundas, tectónicas, son, en verdad, las cuarteaduras y los desgarros de la sociedad mexicana. En claro período de decadencia. Lástima que no señale la culpa directa que toca a la Reforma Política.

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