Opinión

México en busca del tiempo perdido: un proyecto de Nación

 
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Salón de clases. (Cuartoscuro)

Desde hace un buen tiempo México transita con dificultad por un camino ausente de verdadera identificación y solidaridad; un proyecto en beneficio de unos pocos, no de la Nación entera. Algunos dirían que la crisis data de poco más de tres décadas - de 1981 a la fecha; otros de 4 o 5 decenios, desde el fin del “desarrollo estabilizador” y del “milagro mexicano”, que asombraron al mundo y a nosotros mismos con tasas de crecimiento promedio de 6.5% anual y mejoras sensibles en el bienestar de las grandes mayorías.

El viernes pasado, en la magnífica conferencia que impartió Lorenzo Meyer en El Colegio de México con motivo de la Asamblea anual del Centro Tepoztlán Victor Urquidi AC, nos recordó que desde el fin del Cardenismo- 1940- “el correr del tiempo y la realidad gastaron la energía creativa de la Revolución mexicana” y el desarrollo ha sido en beneficio de unos pocos- deslumbrante a ratos pero con una terca pobreza que hoy sigue afectando a la mitad de los mexicanos; y una pésima distribución del ingreso, la riqueza y los frutos del disminuido o estancado crecimiento económico , que se concentran cada vez más en unos cuantos. En ese contexto es imposible hablar de un proyecto compartido y solidario.

“Hoy” nos dijo, reiterando una frase de su artículo del jueves en el periódico Reforma, “hay necesidad de volver a imaginar y demandar un futuro auténticamente colectivo, pero esta vez por la vía no del choque violento, sino de la movilización democrática”.

Somos cada vez más los mexicanos que estamos convencidos por múltiples razones, a veces coincidentes, otras no, que hemos perdido y seguimos perdiendo un tiempo muy valioso en la construcción y el desarrollo de un país fuerte y solidario; que el tejido social se deteriora y urge un proyecto visionario y comprometido político democrático e incluyente. Este tiene que ser de largo alcance y con perspectiva integral, incierto eficazmente en el mundo cambiante en que vivimos; pero debe empezar pronto y mantenerse de manera sostenida en el corto y el mediano plazo para destrabar la desconfianza y consolidar la esperanza. Solo así podremos desatar la energía creativa de los mexicanos, aprovechar nuestros vastos recursos humanos y naturales, crecer y desarrollarnos de manera sustentable, creando un círculo virtuoso que nos identifique y fortalezca hacia dentro y hacia afuera- con una política exterior realistamente independiente - como la gran nación que podemos y debemos ser.

En búsqueda del tiempo perdido es menester examinar y reflexionar sobre nuestra historia y nuestro presente y esta es una tarea que realizó admirablemente Meyer el viernes pasado en una hora escasa, buscando establecer algunos lineamientos indispensables de un posible y deseable proyecto común de Nación, en medio del desencanto presente y un futuro hasta hoy poco halagüeño, en el que no se ve que “México se mueva” en la dirección correcta, sino todo lo contrario.

Respecto al pasado, Meyer nos dio un paseo resumido por las principales etapas de formación de los diversos proyectos nacionales.

Comenzó con los Sentimientos de la Nación de Morelos, que con 23 enunciados, (no 100 acuerdos pactados a partir de una ensalada de buena intenciones y complicidades), intentó en una nación todavía inexistente proponer una visión de futuro para el México independiente- que empezaba por principios conservadores característicos de la época- como una sola religión- pero que reconocía ya que “la soberanía emana directamente del pueblo” y “que las leyes generales comprendan a todos sin privilegios” y “moderen la opulencia y la indigencia”, expectativas creíbles y deseables en una sociedad que buscaba dejar atrás la explotación colonial y donde las castas y la esclavitud misma habían suscitado acciones de rebelión.

En la segunda mitad del siglo XIX México se va a debatir entre dos proyectos nacionales: el de los conservadores, huérfanos de rey y en defensa de una religión, vida familiar, la comunidad local y un estado que lo protegiera de las fuerzas disolventes; y el de los liberales, triunfante, propugnando la libertad religiosa, la desamortización de los bienes de la Iglesia, y “centrar el futuro en el individuo autónomo, movido por el mercado capitalista” , así como la sustitución de las instituciones coloniales por otras que garantizaran el orden y el progreso, con una división de poderes y elecciones democráticas- que en la práctica desembocaron en formalidades frente a los poderes fácticos de la era porfirista.

No es sino hasta la Revolución, cuando México contaba ya con algunos rasgos básicos de Nación, que la Convención de Aguascalientes y el Congreso constituyente de 1916 dan lugar a verdaderos proyectos nacionales alternativos-Zapata, Villa, Carranza- y que algunos elementos de esas utopías realistas van a cristalizar, en los siguientes años, particularmente en el cardenismo, en un México que se desarrolló con estabilidad. Desde entonces México se industrializó y creció –en beneficio de una minoría -hasta hace 30 años cuando se inició la crisis actual.

La segunda parte de la presentación de Meyer fue contundente. A partir de estadísticas, encuestas y estudios recientes, evidenció el triste panorama actual de México en términos políticos; el deterioro de los valores y de la percepción de las instituciones necesarios para la cohesión social; el relativo estancamiento del PIB, del ingreso per cápita y de la inversión; los altos niveles de pobreza y desigualdad; la retracción de los salarios reales; la baja calidad de la educación y la creciente preocupación ciudadana, bien fundada, por la inseguridad, la corrupción, la violencia, la impunidad y la ausencia de un efectivo estado de derecho.

México está a la deriva a falta de un proyecto compartido de Nación. Hay que buscarlo, hay que insistir: movilizando a la sociedad, estableciendo alianzas y acuerdos efectivos sobre bases mínimas comunes y caminos democráticos. Se buscan ciudadanos y líderes creíbles, que prediquen con el ejemplo…

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