Opinión

México, el mantenimiento de la paz y la reforma de la ONU

El jueves pasado el Presidente Peña Nieto anunció en Nueva York que México se sumará a las operaciones de la ONU para la paz, mediante acciones humanitarias e incluso con el envío de tropas a zonas en conflicto. La Cancillería precisó que la participación será gradual en términos cuantitativos y selectiva en términos de actividades. “Puede involucrar personal civil: ingenieros, médicos, observadores, políticos y militares”.

Una decisión sorpresiva, polémica, pero esperada por muchos desde hace tiempo, si México ha de jugar el papel que le corresponde en la era de la globalización. Estando a favor con el principio, quisiera referirme a algunos antecedentes y a los desafíos y oportunidades derivados de la decisión.

1. Hay que recordar que la participación de México en operaciones de paz tiene algunos antecedentes: participamos como observadores en las operaciones de paz en Los Balcanes y en Cachemira en los primeros cinco años de la ONU y en 1992-93 con 120 policías en El Salvador.

2. Desde los inicios de la ONU hubo un grupo de internacionalistas, encabezados hasta hace poco por Manuel Tello, que consideró que México no debería intervenir en operaciones de paz, tanto por el principio de no intervención en asuntos extranjeros, como por otras dos razones: (a) nuestra lejanía y poca presencia e interés en las naciones donde han ocurrido tradicionalmente la gran mayoría de las operaciones de paz (África, Medio Oriente y Asia) y (b) la posibilidad de vernos arrastrados por nuestro poderoso vecino, Estados Unidos (EU), a acciones fuera de nuestro interés nacional e incluso en aventuras intervencionistas como policías mundiales.

Los últimos 20 años han mostrado que nuestra mayor presencia económica global exige una participación más activa y responsable de nuestro país en el mantenimiento de la paz, en el desarrollo mundial y en la atención y solidaridad humanitaria frente a catástrofes de diversa índole. Otros países latinoamericanos han sido más activos y solidarios: Chile, Uruguay, Argentina, Brasil, Cuba. A pesar de ser el contribuyente número 28 a las OMP, México se ha mantenido al margen (excepción de algunas actividades de capacitación electoral). Nuestro país es, junto con Arabia Saudita, el único miembro del G-20 que no participa.

La última vez que se nos presentó el dilema fue en el caso de Haití. Tras del terremoto devastador, se planteó la conveniencia de que participáramos en la misión de la ONU en esa nación en la que Brasil, Chile, Canadá y otros países más lejanos tomaron la batuta. El gobierno de Calderón ponderó la situación y capacitó en la lengua francesa a militares para posibilitar su presencia, pero al final se resistió por el temor a la crítica doméstica en la hora que el Ejército estaba inmerso en la lucha contra el narcotráfico. Se perdió una oportunidad de solidaridad en un Caribe tan cercano y tan olvidado por México.

EPN da un gran paso en un momento complejo del mundo en que urge un nuevo orden global y hay una pequeña ventana de oportunidad para avanzar.

Por un lado, EU y Europa pierden participación económica y política relativa para continuar desempeñando el papel tradicional que han jugado desde el colapso soviético a principio de los 90 en el mantenimiento de la paz mundial. Estados Unidos es la única potencia militar verdaderamente global; pero China, India, Rusia, Brasil y algunas potencias regionales han empezado a dar muestras claras en el Grupo Shanghái y en los BRICS de que no están satisfechas con el orden global y que incluso militarmente no tienen la intención de quedarse rezagadas.

En los últimos 15 años Alemania y Japón han insistido también, junto con India, Brasil y Sudáfrica, en la necesidad de democratizar el Consejo de Seguridad y de que los votos en el FMI y el Banco Mundial reflejen la nueva realidad económica mundial. La posición de México ha sido convergente, pero un tanto diferente. Junto a importantes países de todas las regiones geográficas, hemos insistido en eliminar el derecho al veto de los cinco miembros permanentes y aumentar de manera rotatoria el número de miembros en el CSONU, con posibilidad de reelección. En Nueva York la semana pasada el canciller mexicano respaldó al canciller francés en una iniciativa para empezar a limitar el veto de los cinco grandes (incluyendo a Francia) en casos de genocidio y lesa humanidad -tema muy polémico-. El peso de México crecerá al participar en las OMP pero con riesgos.

El desafío es enorme: 1) México debe participar sólo en las OMP que se ajusten al interés nacional y no de terceros países, ni a operaciones de imposición de la paz y la democracia. El Senado debe vigilar que así suceda. La información de última hora de que el Departamento de Estado de EU nos incluye en su lista de aliados contra ISI es alarmante; 2) debemos reforzar nuestra débil presencia en África y Medio Oriente, donde ocurre el grueso de las OMP. No tenemos hoy una sola embajada permanente en el África Subsahariana francófona, donde hay frecuentes conflictos; tampoco en Siria o Irak, donde el conflicto arrecia. 3) se requiere un complemento de política bilateral, sobre todo en materia de cooperación económica y técnica (ej. combate al ébola), si hemos de contribuir a la prevención de la violencia y la construcción de la paz.

El autor es director del IIDSES-Ibero y emb. rep. del presidente en el G-16 para el Fortalecimiento del Multilateralismo y la Reforma de la ONU (1999-2000).