Opinión

México, ¿cambio de modelo político?

 
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pobreza, mujeres, indígenas (Cuartoscuro/Archivo)

En el mundo contemporáneo están apareciendo con gran fuerza los movimientos globalifóbicos, resurgen por doquier los nacionalismos, las ideas separatistas, los grupos antiinmigrantes, el proteccionismo, así como actitudes francamente racistas. También brotan de la noche a la mañana los líderes populistas de izquierda y de extrema derecha, así como las figuras antipolíticas.

El comunismo totalitario falleció al derribarse el muro de Berlín, a finales de los ochentas, mientras que dos décadas después el capitalismo salvaje o el denominado 'objetivismo' de Ayn Rand feneció en la crisis de la deuda subprime que arrastró en una crisis sistémica a los grandes bancos, a las compañías de seguros más grandes del mundo, y de paso a las armadoras automotrices norteamericanas que tuvieron que ser rescatadas irónicamente junto con algunos de los bancos más grandes, por el Fondo Soberano de China. Posteriormente la crisis de sobreendeudamiento europeo ha hecho sucumbir al modelo de la economía del bienestar, en donde se ha puesto en claro que por más altos que sean los impuestos, el welfare state ha llegado a su límite, no hay dinero que alcance para que el Estado benefactor pueda atender adecuadamente a una población que cada vez vive más años, en sus necesidades de pensiones y de servicios de salud.

En México, el magro desempeño económico y la enorme desigualdad que presenta nuestra economía desde hace décadas ha despertado las voces que proclaman que 'el modelo neoliberal' no está funcionando. Muchos afirman que lo que se requiere es un cambio de modelo.

México es el país de la pobreza inexplicable. Un territorio vasto, ubicado estratégicamente al lado de la economía más grande del mundo, asociado a la misma en el TLCAN, con enormes recursos naturales, con grandes litorales y con todo tipo de climas, con una población joven, y no puede crecer más allá de 2.0 por ciento, con todo y ser una economía ejemplar por su apertura. Sin embargo, 50 millones personas, casi 50 por ciento de la población, se encuentra en pobreza extrema.

Es evidente que el modelo mexicano es a la mexicana. Medio neoliberal, medio benefactor y al mismo tiempo medio socialista. La incongruencia del mismo hace que no funcione intrínsecamente. Creo sinceramente que no se trata tan sólo de revisar el modelo económico, sino también el régimen político. Los dos deben ser compatibles y viables.

Fortalecer el Estado de derecho; atacar frontalmente la corrupción y la inseguridad; brindar igualdad de oportunidades; mantener la disciplina fiscal y monetaria; lograr un sistema fiscal sencillo y amigable a la inversión y al empleo, son algunos de los principios y objetivos que debemos buscar sin duda.

EN LO POLÍTICO, ¿QUÉ PODEMOS HACER?
El presidente Peña Nieto ha logrado mantener una mayoría simple en el Congreso en las dos Legislaturas que le ha tocado vivir, gracias a su alianza con el Partido Verde y Nueva Alianza. Al principio de su sexenio logró una alianza legislativa: el Pacto por México, conformada por los tres principales partidos que le permitió lograr las reformas estructurales que implicaban cambios constitucionales.

Al analizar las tendencias que se vienen dando en los procesos electorales, a partir de la alternancia del 2000, y sobre todo en los resultados de las elecciones intermedias de 2016, puede verse un diagnóstico sumamente preocupante. Existe un claro rechazo al PRI por parte del electorado a nivel nacional. Los tres grandes partidos pierden terreno y ganan espacios las nuevas opciones. Es decir, el pastel se pulveriza. ¿Hacia dónde nos puede llevar esta fragmentación creciente?

El escenario evidente: Vamos de nuevo hacia la parálisis legislativa. Quien pueda ganar la presidencia, difícilmente logrará más de 30 por ciento de los votos y difícilmente va a tener el control del Congreso. Nuestro marco institucional permite la formación de gobiernos de coalición.

Coincido con Beltrones en que ésta es una opción real para la gobernabilidad. Una emulación de un régimen semiparlamentarista opcional, dentro del régimen presidencialista. La otra opción, la de una segunda vuelta, no está todavía presente en nuestro marco constitucional, pero coincido con Woldenberg que defiende a la segunda vuelta como un complemento a la posibilidad de formar gobiernos de coalición para evitar que llegue al poder alguien que tiene un elevado rechazo en el electorado. Poco se habla del asunto, pero la realidad ya está ahí presente. El tiempo apremia.

El autor es presidente de Bursamétrica.

Twitter: @EOFarrillS59

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