Opinión

México-Brasil, nuevo capítulo

 
1
     

       

Presidenta de Brasil. (Cuartoscuro

Las relaciones entre estos dos países nunca han sido sutiles ni aterciopeladas. El celo o la competitividad entre las dos economías más potentes de América Latina subsiste desde los lejanos tiempos de las deudas externas en los años ochenta.

Brasil tuvo un crecimiento destacado en la última década y media, entró con pleno derecho y solidez de 6.0 por ciento para arriba al grupo BRIC (el de las simpatías y la inversión internacional) junto a las economías de vigor consistente, innovación, diversificación y capacidad de extraer de la pobreza a millones de ciudadanos. Ciertamente ejemplar su desempeño en los llamados años Lula.

México vivió la transición democrática sin el éxito económico de Brasil, su capacidad para innovar o diversificar su planta productiva o incluso atraer inversiones.

En la década pasada ellos fueron los consentidos de mercados e inversionistas, mientras que nosotros libramos –cuestionablemente– la costosa lucha contra el crimen organizado. El gobierno de México intentó sumarse al BRIC con una “M” intermedia que mercados y organismos nunca reconocieron, a pesar de los intentos diplomáticos y económicos. Crecieron dos veces y hasta dos veces y media más que nosotros, convirtiéndose en una potencia que apenas unos años después, probó el polvo de las caídas en índices de desarrollo, descensos en las calificadoras internacionales y sonoros escándalos de corrupción, en lo que tristemente nos emparejamos.

Las célebres favelas y los cinturones de miseria en torno a las grandes urbes, exhibieron el crimen organizado y el narcotráfico que a México ha ahogado y casi estrangulado en complicidades y corrupción en Michoacán, Guerrero, Tamaulipas, Sinaloa y ahora Jalisco, que se lleva la corona con el Nueva Generación y su impresionante capacidad armamentista.

México construyó en casi 25 años una de las economías más abiertas del mundo, tratados comerciales con regiones, continentes y potencias, mientras que Brasil hizo justo lo contrario. Su visión endogámica elevó la sensación de autosuficiencia en un mundo globalizado donde las alianzas parecen ser la clave del futuro. México ha vivido bajo la influencia y con frecuencia dependencia del motor económico norteamericano, mientras que Brasil se acerca cada vez más a China y a sus importantes inversiones en energía, materias primas, agroindustria, automotriz y farmacéutica.

Brasil siempre ha visto a México con recelo, con desconfianza, la barrera del lenguaje, la enorme diferencia cultural, ha abonado a la distancia. Los intentos de acercamiento de producciones conjuntas han fracasado.

Hoy México vuelve a los aparadores y a las luminarias por el ambicioso paquete de reformas estructurales, que una vez más demuestran nuestra convicción por la competitividad global.

Brasil ha crecido en distancias y divergencias con Estados Unidos, desde el desafortunado asunto del espionaje hace año y medio. Desde entonces su cercanía con China, sus alianzas comerciales, sus inversiones conjuntas, lo han llevado a una senda más lejana de Washington.

La visita de Estado que inicia hoy una debilitada Dilma Rousseff ante los escándalos en Petrobras y las protestas exigiendo su renuncia, puede bien marcar un cambio profundo en las relaciones entre ambos países. Reconstruir la confianza, hablar de lo mucho que sí podemos tener en común y construir alianzas y convenios que exploten las fortalezas. México puede significar una puerta de entrada al potente y en aparente recuperación mercado norteamericano.

Dilma y Peña pudieran construir una relación de fortalezas a partir de las debilidades en imagen y popularidad que ambos han enfrentado en tiempos recientes. México y Brasil aliados, representan un nuevo capítulo en la historia de Latinoamérica, ante el desgaste del Mercosur y el deterioro del ALBA.

Es una gran oportunidad, hay que aprovecharla.

Twitter: @LKourchenko

También te puede interesar:
"Ángel de la paz"
¿La nueva Cuba?
Baltimore