Opinión

Meritocracia y democracia

 
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POBRES SLP

La igualdad es sustantiva a la idea de la democracia, no sólo política.

Desde la trilogía de la revolución francesa de 1789, la igualdad junto con la legalidad y la fraternidad, son la matriz cultural de la democracia liberal en occidente.

Poner salvedades a la igualdad y justificar la agudización de desigualdades en ingresos y riqueza, no deja a salvo a la democracia en otros ámbitos. Cuando todo mundo observa que un grupo acapara la riqueza de manera sistemática y que la inmensa mayoría no tiene posibilidad de mejorar su situación, ¿puede esa mayoría seguir creyendo en la ficción de la igualdad de todos ante el Estado, ante la ley y en que el recurso del voto iguala a obreros y profesionistas, hombres y mujeres en los tiempos electorales?

El neoliberalismo trasnochado en México (porque hasta el Banco Mundial y el FMI comienzan a señalar lo insostenible que ya es la desigualdad en el mundo desarrollado), argumenta que la desigualdad en riqueza e ingresos es un efecto inevitable del sistema económico al recompensar la innovación, el ahorro y la creatividad, proceso que el Estado no debe interferir.

Omiten decir que en los años dorados del desarrollo capitalista que siguieron a la segunda Guerra Mundial, se asumía abiertamente que la distribución de la riqueza también era materia del poder político; el llamado Estado de bienestar o benefactor ejercía ese poder (en Europa, y en México más que en el resto de América Latina) no sólo para asegurar la equidad en los intercambios económicos (como pretende el neoliberalismo), sino para atemperar las desigualdades que la mera equidad mercantil genera. Lo justo se asociaba a igualdad, lo que en México fue la justicia social como referente ideológico del desarrollo.

La actual ausencia de referentes éticos e ideológicos asociados a la igualdad, hacen inevitables no sólo las diferencias de ingreso que genera el sistema económico, sino que también dejan al desnudo y acentúan las desigualdades que el sistema político genera.

Se hace evidente que las relaciones de poder desiguales resultan, por ejemplo, en la precariedad del empleo y salarios, la cual no tiene relación directa con la equidad de recompensas del mercado por las habilidades, destrezas y méritos de cada quien. Las diferencias de acceso entre clases sociales a la salud y a educación de calidad tienen el mismo origen político.

Según nuestros neoliberales (Sergio Sarmiento, Luis Pazos, Ricardo Salinas Pliego, Luis Rubio) lo que hay que combatir es la pobreza acelerando el crecimiento de las inversiones productivas y los empleos. Omiten reconocer que en México, debido a la política, es posible tener empleo y seguir en la pobreza.

La democracia no puede sostener la creencia en el acceso igualitario al poder y a la impartición de justicia si no se ataca, desde la política, la desigualdad económica. Alguien dijo que el nuevo nombre del desarrollo justo es la paz; vamos en contrasentido: las injusticias y conflictos sociales son de complejidad y extensión crecientes.

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