Opinión

Mercados: Apertura e (in)justicia laboral

 
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En febrero, la industria manufacturera, generó ocho mil 931 empleos, cifra menor en su comparación anual. (Bloomberg)

Según el Fondo Monetario Internacional, las perspectivas económicas del mundo mejoran con lentitud, lo que no es el caso de buena parte de la Zona Euro ni de México. Para nosotros, el FMI predice un crecimiento inferior a 2.0 por ciento para este año y algo superior, aunque cercano a dicho porcentaje para 2018. Poco que ver estos prospectos con el triunfalismo bancario de hace unas semanas y su cruzada pueril contra el populismo, temido por no pocos.

Las proyecciones mencionadas, como se recordará, coinciden en buena medida con las que previamente había recogido el Banco de México entre las firmas privadas de consultoría, así como las que el propio banco dio a conocer en su momento. El panorama es gris y el horizonte un tanto lúgubre, a pesar de las curiosas cifras que sobre el empleo y el desempleo nos da a conocer el gobierno apoyándose en los registros del IMSS o en alegres simulaciones de la Secretaría de Hacienda.

La persistencia anunciada y reiterada de nuestra pauta de crecimiento por debajo de lo mediocre, debería llevarnos a un debate sobre la o las maneras como nuestra estructura económica y en particular la industrial, se reconfiguró a lo largo de más de tres décadas de cambio estructural globalizador, pero también de duras caídas en el crecimiento económico como pasó en 1994, 2001-2002 y 2008-2009, cuando nos ubicamos en el más indeseable de los hit parade de la economía mundial como una de las naciones que más decreció como consecuencia del gran tropezón financiero y de inmediato productivo de la Gran Recesión.

La escasa o nula conexión entre el dinamismo exportador y el resto de la economía tendría que ser el punto de partida de tal coloquio, porque en este caso hay que admitir que treinta años sí que marcan una tendencia que no sólo no ha sido favorable sino que, combinada con otras fuerzas de nuestra economía política, ha sido altamente insatisfactoria desde el punto de vista de las necesidades y carencias sociales más relevantes.

Muchos fueron los dañados y pocos los consentidos. Y quizá, como ha escrito recientemente Dani Rodrik para el Project Syndicate, ya pasó el tiempo para compensar satisfactoriamente a los afectados. De aquí Trump y sus falanges, el Brexit y las perfidias de Albión y lo que siga. A la luz de los efectos positivos que sobre el empleo ha tenido el auge exportador de México, los resultados por lo menos son ambiguos pero no como para separarnos del patrón general hoy acosado por los muchos indignados.

A pesar de la gran migración desde el sur profundo hacia un norte que se transformaba e industrializaba, los niveles de bienestar se mantuvieron bajos y los ingresos provenientes del trabajo que se creaba gracias a la apertura, si bien han estado por encima de los mínimos, nunca fueron portadores de buenas nuevas para los trabajadores y sus familias. Tampoco para un mercado interno ávido de nuevos empleados con capacidad de compra.

En las evaluaciones sobre el cambio estructural y la apertura externa se ha tendido a soslay ese último aspecto. Para algunos, es mejor no visitarlo por ahora, habida cuenta de que nuestra famosa competitividad sigue basada en alto grado en un régimen salarial determinado por un mercado altamente favorable al capital. Ya vendrán tiempos mejores, se dice, sin tomar nota de los aumentos salariales en China que hasta han llegado a celebrarse porque, se insiste, así seremos más 'competitivos'.

Para otros, todo es cuestión de productividad, sin asumir que es precisamente en las ramas de actividad que surgieran con la apertura donde ésta más ha crecido. Las aproximaciones a este dilema, como las hechas por el investigador Gerardo Esquivel, apuntan claramente a una perversa reproducción de las pautas de concentración distributiva que caracterizan al conjunto de nuestra formación social, donde la heterogeneidad estructural mantiene su dominio. En este caso, se está más bien ante una flagrante violación del derecho laboral, mediante sindicatos ficticios y contratos de conveniencia que aherrojan a los nuevos trabajadores a regímenes de abierta explotación.

Vista así, agravada además por una 'brecha laboral' amplia y profunda, la cuestión del empleo ha vuelto a ser factor determinante de la nueva cuestión social mexicana, poblada de jóvenes urbanos y rurales, madres solteras y, como ha ocurrido en Ciudad Juárez y otras localidades fronterizas, por niños maltratados y en permanente semiabandono. La marcha del mercado interno que ahora muchos celebran pero que no es capaz de sostener un crecimiento de la economía superior a 2.0 por ciento, no podrá volver a ser el sostén de una expansión mayor, como la requiere la demografía mexicana, si se mantiene la negativa, oficial pero también social, a reconocer el drama de los salarios, el predominio casi absoluto de las patronales y un razonamiento dizque económico que se empeña en ver en estas circunstancias de oprobio una ventaja comparativa fundamental.

Las nuevas reformas en materia laboral tendrían que pasar por esta prueba de ácido de la economía política…Y el Estado prestarse a ser evaluado por su papel en la gestación y mantenimiento de una situación inicua.

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