Opinión

Mercado, Estado y ley energética

Entramos ya a la discusión en el Parlamento sobre las leyes que van a generar un cambio radical en los procesos energéticos. Las rentas petroleras se van a distribuir de manera muy distinta a como se hace hoy día y, además, una parte significativa de las mismas irán a parar a manos de grandes compañías transnacionales y de algunas compañías de gran dimensión mexicanas.

La discusión nacional que se requiere no se ha dado. Han habido opiniones y monólogos desde hace varios años más no una discusión profunda en donde las partes tomen en cuenta lo que la otra parte dice.

En los cimientos ideológicos en que se fundamenta la reforma energética se encuentra la idea de que el mercado va a organizar mucho mejor que el Estado los procesos de producción y distribución del petróleo. Esta idea tiene como punto de partida varias proposiciones: existe una libre competencia, los actores son racionales en el sentido de que pueden calcular con cierta precisión los óptimos de producción y distribución que pueden hacer; la racionalidad de los actores conduce a mercados eficientes que logran llegar al equilibrio; el equilibrio representa un óptimo tanto para los productores como para los consumidores en lo que concierne a las cantidades producidas y al precio de mercado logrado en estas condiciones.

La proposición es bella y tiene atrás un conjunto de matemáticas que yo he estudiado. Ni en el mercado nacional ni en el mercado internacional existe en materia petrolera o energética un mercado de libre competencia.  Por el contrario, existe una competencia de características muy diferentes entre firmas grandes y poderosas que configura lo que se denomina competencia oligopólica. En competencia oligopólica no hay nada que pueda conducir a lo que en el párrafo anterior se denominó equilibrio y, definitivamente en competencia oligopólica, los montos de producción y los precios se encuentran muy lejanos a cualquier situación de óptima.

Tanto la neurociencia moderna como la psicología experimental han demostrado en forma científica que los postulados de racionalidad en que se basa la teoría en la que se fundamentan las proposiciones de las leyes secundarias energéticas simplemente son falsas. D. Kahneman, Premio Nobel de Economía, en su fabuloso libro “Pensar Rápido, Pensar Despacio”, nos dice lo siguiente: “los científicos sociales de la década de 1970 aceptaban generalmente dos ideas acerca de la naturaleza humana. La primera era que la gente es generalmente racional…” y luego agrega que él y otro autor: “Documentamos de manera sistemática errores en el pensamiento de la gente normal”. Más adelante dice con claridad, al referirse a esta supuesta racionalidad y la señala como “supuesto dogmático entonces predominante, de que la mente humana es racional y lógica”. Desde un punto de vista de la neurociencia moderna, el autor francés Ives Agid escribe un libro que se denomina “El hombre subconsciente. El cerebro humano y sus errores”, cuyo enfoque es totalmente distinto a Kahneman y trabajando los procesos neurológicos con que se produce el pensamiento, llega a las mismas conclusiones. De hecho, cualquier gente sabe que el hombre en su pensar, tiene errores frecuentes constantes y sistemáticos; sólo los neoclásicos y los neoliberales suponen una capacidad de cálculo perfecto.

Si las bases teóricas en que se fundamentan las leyes secundarias están totalmente alejadas de los conocimientos científicos modernos, es claro que las promesas que nos repiten machaconamente muy difícilmente se podrán cumplir. No digo que el mercado no tenga algunas funciones importantes, simplemente señalo que está muy lejos de ser el dios que lo arregla todo a la perfección. Por eso, se necesitan otros actores que intervengan como contrapeso en los procesos productivos y de mercado. Hace falta el Estado, pero también conocemos las profundas deficiencias que puede tener este actor y que tampoco es en sí mismo, la solución del problema. Hace falta la presencia vigilante y participante de la sociedad civil. Todo esto no es para lograr ninguna perfección, sino sólo para alcanzar resultados satisfactorios para el conjunto de la sociedad. Nada de esto está integrado en las leyes que nos proponen.

Es evidente que Pemex requiere una reestructuración profunda, ya que trae muchos lastres de ineficiencias directivas y de fuertes corrupciones, además de un sindicato de dirección corrupta. Los altos puestos han sido nombrados más por compromisos políticos que por la capacidad de estos personajes; la corrupción arrastra decenios de decisiones que perturban seriamente la eficiencia de la empresa. Es difícil que en estas condiciones Pemex pueda ser un actor fuerte en un mercado oligopólico frente a las grandes trasnacionales.

* El autor es profesor investigador wn l UAM-I.

Correo: asi_vamos@yahoo.com.mx