Opinión

Megalómanos y megaespejos

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Pedro Arturo Aguirre. (www.gandhi.com.mx)

Los megalómanos lo son por sí mismos. Tienen imágenes delirantes de sí mismos y a sí mismos se convencen de su grandeza.

La repetición es intencional: se trata de subrayar el a sí mismo para destacar el único viaje posible del pensamiento y propósito del megalómano: desde sí y para sí, origen y destino, cumbre y nunca abismo, acierto y nunca error.

Pedro Arturo Aguirre ha escrito una deliciosa Historia Mundial de la Megalomanía (Debate, 2014) en la que recoge pasajes absurdos, insólitos, indignantes o ridículos de los megalómanos que en el mundo han sido. Lectura recomendable, sin duda.

Pero hay algo más del a sí mismo y desde sí mismo en la vida del megalómano: los demás.

El megalómano lo es desde adentro, pero necesita a los otros, y muchos son, muchísimos, los que optan por dar incienso y razón a los megalómanos, culto y adoración, adulación y obediencia.

Sin ellos, los megalómanos le hablarían al vacío, comandarían batallones de fantasmas y contarían entre sus seguidores a los invisibles.

Para estos ellos existen. Son capaces de aplaudir la decisión más descabellada, dar la razón a la sinrazón, arrodillarse a su paso cantando loas y enfrentarse a puñetazos o con bombas a quienes difieran.

Los megaespejos o megaaduladores existen en todas partes: en las empresas y en el gobierno, en los clubes sociales y los ejércitos, los hospitales, las escuelas, las organizaciones de cualquier índole.

Si el gran líder dice una barbaridad la aplauden y defienden; si los pone a cantar en coro, lo hacen; si los viste de un color se lo ponen; si dicen que el sol enfría lo juran y si afirma que a partir de hoy el agua de mar es dulce la saborean.
Sometimiento que para el megalómano es lealtad. Por eso escalan posiciones altas, las más altas después del inmortal.

Viven de arrullar el corazón del megalómano, de acariciar el suelo que pisa y de inclinar la espalda.

Mientras el megalómano está en la cumbre, tienen un sitio asegurado en la cima. No aconsejan, repiten; no piensan, obedecen; no preguntan, asienten; no discurren, acatan; no alertan, halagan.

Prohibido el pensamiento propio. Y aunque de vez en vez tengan alguno, lo reprimen.

Los hay calculadores, mezquinos, ingenuos, inteligentes, cobardes, manipuladores, ambiciosos. No importa el calificativo que merezcan, el megalómano los necesita en círculo, rodeándolo, halagándolo.

Sin estas sombras él sería menos luz; sin estas obediencias, sería menos fuerte; sin estas presencias cabizbajas, se sentiría falible.

Todos los megalómanos del pasado y del presente han requerido de estos megaespejos, en grupos de cinco o formados en ejércitos, contados por miles o por millones.

Casi siempre se recuerda a los megalómanos funestos que arrastraron a países a la guerra o a pueblos enteros a la autodestrucción; a grupos de fanáticos al suicidio o a individuos a la inmolación. Pero poco se habla de los megaespejos, los que hicieron posible que el megalómano alcanzara el poder y lo ejerciera hasta desembocar en el desastre.

Los megaaduladores son un peligro para todos, incluso para los poderosos que no están enfermos de megalomanía y que pueden terminar en ella, agobiados de tanto tener razón, de ser tan brillantes y no equivocarse nunca.

Y son un riesgo para las organizaciones, las comunidades y los países. Tienden un círculo en torno al caudillo y le inventan un mundo, espejos que le devuelven al líder la imagen que éste tiene de sí mismo y de la realidad.

Son capaces de desvirtuarlo todo, de negarlo todo, con tal de seguir cerca del poder y amamantarse.

No pasan a la historia, pero cómo inciden en ella.

Cuidado, mujeres y hombres del poder. Cuidado, ciudadanos.

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