Opinión

Meade y el proyecto salinista

 
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Salinas

José Antonio Meade no repetiría -de llegar a Los Pinos- el fallido intento de Peña Nieto de restaurar el presidencialismo y su capacidad de control político discrecional en los negocios, lo que abre cauces a la corrupción; sin duda ha sabido de todo ello a lo largo de tres sexenios, pero asumamos por un momento que Meade tiene otras prioridades.

Lo que se puede creer razonablemente de él es que como tecnócrata impulsaría el proyecto económico de libre comercio, Estado mínimo e integración con la economía de Estados Unidos como principal impulsor de la reconversión industrial del país. Es lo que le enseñaron en el ITAM y en la Universidad de Yale.

Ese proyecto 'neoliberal' viene accionando en México desde que Carlos Salinas fue presidente de la república; lo que se ha hecho durante 30 años han sido principalmente dos cosas: reducir el Estado y su papel en la economía, y redefinir las relaciones del país con el exterior a partir de criterios comerciales.

Ningún esfuerzo semejante se ha hecho durante todos estos años para atemperar las profundas desigualdades de todo tipo ni para contener la corrupción que, por el contrario, se ha extendido y es causa principal de la inseguridad pública que padecemos.

Entre las acciones para minimizar la presencia del Estado en la economía destacan dos, que Meade maneja: la contracción del gasto público en inversión y el abandono de estrategias de fomento industrial por sectores estratégicos.

Durante los meses que Meade ocupó la secretaría de Hacienda contrajo el gasto de inversión al nivel “más bajo de la historia”, a pesar de que los efectos adversos de esa medida se muestran desde hace años.

Minimizar el papel del Estado en la economía es más un credo liberal que una fórmula para mejorar el bienestar social. Ya ha pasado tiempo más que suficiente para saber que el mediocre crecimiento económico y del empleo obligan a reconocer que el Estado no sólo está para proteger la propiedad y garantizar la libertad económica, sino también para asegurar el bienestar social, sobre todo en un país de desigualdades.

A la contracción del Estado también se debe que las ventajas reales y supuestas de los tratados de libre comercio e inversión extranjera directa no se hayan aprovechado bien; aunque las exportaciones han crecido mucho, ha sido mayor el aumento de las importaciones que el país tiene que hacer para poder exportar e inclusive para suplir cadenas de valor internas que se han perdido.

Otro efecto de la neoliberal globalización es la extranjerización de grandes sectores de la planta productiva, por lo que la nómina empresarial con poder efectivo cambió de domicilio a códigos postales en el extranjero. La banca comercial es el mejor ejemplo.

Meade representa un proyecto de país que hace treinta años se impuso a la alternativa nacionalista, que apostaba al desarrollo interno y a la protección externa de la planta productiva, la cual tampoco iba por buen camino. El problema con su reemplazo neoliberal es que no tiene cabida para la mayor parte de la planta productiva, de los empleos y de las familias.

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