Opinión

McQueen y Hancock: oscareando

I. LA ESCLAVITUD RAMPANTE.

En 12 años esclavo (12 Years Slave, EU-RU, 2013), poderoso opus 3 del artista plástico afrolondinense de 44 años Steve McQueen (Hambre 09, Shame: deseos culpables 11), con guión de John Ridley basado en el remoto recuento autobiográfico homónimo del protagonista verdadero, el fino violinista-ingeniero canadiense de raza negra con esposa e hijos neoyorquinos Solomon Nothorp (Chiwetel Ejiofor) es engañado por dos falsos contratistas estadounidenses (Scoot McNairy y Taran Killam) que lo drogan, lo hacen amanecer con grilletes y lo ceden a un tratante de esclavos irónicamente apellidado Freeman (Paul Giamatti), por lo cual el hombre nacido libre padecerá la situación de una esclavitud rampante entre 1841-1853, al ser rebautizado Pratt, trasladado en bote, vendido al dueño de una plantación en Louisiana (Benedict Cumberbatch) y obligado a permanecer allí, y revendido, pasando del amo desbordable Tibeats (Paul Dano) al amo sádico Epps (Michael Fassbender el prodigioso invento imprescindible mcqueeniano), destinado sin reposo al corte de la caña o la pizca del algodón y subsistiendo sometido a las peores humillaciones y brutalidades

La esclavitud rampante filma en los virulentos límites de lo humano/inhumano un trágico descenso a los horrores infernales del trabajo forzado y una epopeya de la resistencia interior, sus respectivas estrategias y sus contradicciones, al mostrar vivencialmente a su héroe sufriendo el alevoso cautiverio, no desde una perspectiva retórico-histórico-legalista como el patriotero Lincoln de Spielberg (12), sino en carne propia, sin sensacionalismo maniqueo ni melodrama sentimentalista, con dureza antiCabaña del Tío Tom, impedido para huir, castigado con semiahorcamiento o tortura por cualquier rebeldía (“Tendré tu piel”), manifestando o escondiendo sus habilidades, pero altivamente decidido preservar la dignidad de su conciencia (“Sobreviviré, no caeré en la desesperación”), aunque sea traicionado por el algún ambiguo abolicionista visceral Armsby (Garret Dillahunt) o encargándose de los desolladores latigazos a su adorada compañera Patsey (Lupita Nyong’o) en la secuencia más impactante, hasta lograr de un providencial benefactor (Brad Pitt) la entrega de una carta y la azarosa liberación, plasmada en libro por el propio afectado un año después.

La esclavitud rampante documenta y desquicia de distintas maneras la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo,
del amo como reverencial tratamiento obligatorio al esclavista y del prefabricado esclavo víctima de una doble injusticia (la producida por secuestro sumada a la inherente a la condición en sí de la esclavitud), a razón de un desvío dinámico-conceptual por cada uno de los dueños, animados por el irrefutable derecho adquirido, la justificación bíblica, el usufructo seudocompartido, la rabiosa voluntad de dominio, o por la compasión en pugna con los celos, tan bien fundados como los del ama aberrante Mary (Sarah Paubon), aunque sin resentimientos ni piedad por parte de ese inolvidable Solomon omnipresente y desafiante cual enérgico monstruo sensible del estoicismo lúcido.

Y la esclavitud rampante funda también sobre las tiernas muñequitas de hoja de maíz, sobre la metáfora edificadora de un kiosco blanco y sobre el regreso a casa pidiendo perdón, su requisitoria en favor de la esperanza y del inalienable derecho a la libertad.


II. EL CORTEJO INFRUCTUOSO.

En El sueño de Walt (Saving Mr. Banks, EU-RU-Australia, 2013), delicioso opus 5 del texano especialista en cine infantil de 57 años John Lee Hancock (El novato 02, Un sueño posible 09), con irónico guión adulto en femenino de Kelly Marcel y Sue Smith, el insuperable magnate hollywoodense de los dibujos animados Walt Disney (Tom Hanks en plan de amable genio higadazo si bien contrariado) intenta aún complacer a sus hijitos, tras dos décadas de esfuerzos infructuosos, llevando a la pantalla su novela predilecta Mary Poppins, en torno a una mágica institutriz con paraguas volador que salvó de la ruina a toda una familia victoriana, aunque su autora londinense Pamela Travers (Emma Thompson en plan de hipermatizada quisquillosa inaguantable) sigue haciéndose del rogar para ceder los derechos, aunque ahora ha aceptado viajar a LA para supervisar el proyecto in situ, cuestionándolo todo y haciéndoles ver su pésima suerte tanto al todoaquiescente libretista Don (Bradley Whitford) como a los inventivos compositores de canciones como “El cometa”, el cojo respingón Bob (B.J. Novak) y su hermano concesivo Richie (Jason Schwartzman), pudiendo más, mucho más, sin embargo, la sencilla compañía buenaonda del simpático chofer ubicuo Ralph (Paul Gianmatti desarmante) y la astuta capacidad de convencimiento del propio persecutorio Disney sentándola como Tío Vivo en un tiovivo durante una visita forzada al reino neofeérico de Disneylandia, o de escapada hasta Londres, en la sensibilización y el ablandamiento de la fiera inabordable.

El cortejo infructuoso se aplaza y divierte, porque no es imposible, sino algo todavía peor, bastante más malvado que cualquier cortejo amoroso o fúnebre: rechazante, desesperante, erizante, exasperante y paralizante, no obstante reverberante, como los variables tonos anímicos de esta inusitada comedia fílmica y sus digresivas aristas puntillosas, en torno a esa inasible cincuentona voluntariosa, solitaria, autista y desinteresada porque avara con personajes de ficción a quienes consideraba familiares suyos, sumida en los recuerdos de su niñez traumática en las landas australianas al lado de un trágico padre juguetón (Colin Farrel) que la llamaba Ginty (una encantadora rubicunda Annie Rose Buckey) y practicando el más sádico y delicado arte de dar largas, correctivos, cortones y descolones igual hilarantes que inmisericordes.

El cortejo infructuoso concibe su trozo de biopic en dos niveles estructurales al articular presente y pasado como un edificante sueño posible ya vivido, uno frívolo y uno lírico, para que en su vaivén la empecinada heroína lamentable se extravíe desde una óptica cenital-solar, entre grúas ascendentes y esquizofreneando, extraviada en sus ensueños y acres regresiones etílico junto a su marcante padre en perpetua feria agonista.

Y el cortejo infructuoso convierte su doloroso sentido en una especie de grácil psicoanálisis exitoso, una neohollywoodense panacea terapéutico-catártico-humorística macrodisneyana, al nivel de la supercalifragilística conquista de un todopoderoso-omnifigural freudiano Mickey Mouse en persona, a quien nuestra neurótica caricaturesca primero despreciaba y castigaba de cara a la pared en el cuarto de hotel, luego lo saludaría a las puertas del Palacio Encantado de Disneylandia, enseguida lo sentaría a la mesa de su comedor para firmar el contrato decisivo y al final acabaría en una butaca junto a él, para gozar llorando de emoción entrañable, durante la regia première fílmica de su cuento clásico ¡por fin universal! y así salvarse de la ruina interior.