Opinión

Más allá de la Trumpfobia

 
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Trump se posiciona como favorito para la elección en NY. (AP)

En la escuela nos enseñaron la historia muy mal, como sucesión de fechas relevantes y de biografías de hombres y (pocas) mujeres extraordinarios, enfrentados a otros increíblemente malos. No aprendimos a interpretarla a partir de realidades estructurales y de procesos sociales.

Eso explica en parte la caricatura que hemos hecho de Donald Trump: un señor medio loco al que al que de repente le cayeron mal los mexicanos y por ello exige poner una barda para que no sigan entrando a su país.

De acuerdo a esa explicación simplista la solución está fácil: hagamos allá una campaña masiva para disminuir el prestigio de Trump y para aumentar la simpatía hacía los mexicanos.

Las cosas son bastante más complicadas. Para empezar, Trump viene hablando del control de fronteras desde los noventa. Lo que parlotea ahora en sus mítines ya lo había escrito en su libro “La América que merecemos” (publicado en 2000).

Además, lo que él plantea coincide con lo que está diciendo Ted Cruz, que no es diferente a lo que postulan desde hace años otros miembros de la corriente conocida como el Tea Party. Y eso es similar a lo que afirman los republicanos moderados. John Kasich ha votado, como Cruz, por el cierre de la frontera mediante barreras físicas y vigilancia electrónica.

¿Y cuál es la posición de los demócratas, que acaparan el electorado hispano? Pues más o menos la misma.

En septiembre de 2006 los entonces senadores Barak Obama y Hillary Clinton votaron a favor de construir 700 millas de barda en el límite de Arizona con Sonora (bajo el eufemismo de “mejorar la infraestructura física”). El “socialista” Bernard Sanders también ha votado por asegurar la frontera. Tanto él como Obama y Clinton se oponen no sólo a la migración indocumentada, sino hasta a la legal del programa de trabajadores temporales, con el “noble” argumento de evitar que sean explotados. De hecho, bajo ningún Presidente se han hecho más redadas y se ha deportado a más personas (dos millones) que con el actual, al grado que en el balance la inmigración ya es de cero por ciento.

Así pues, Trump podrá ser más brusco y vulgar, pero su oposición a la migración mexicana es compartida por toda la clase política. Y actúan así como respuesta a un sentimiento social generalizado que no es de ahora, sino de hace décadas.

De hecho, se cumplen 30 años de que se aprobó la Ley Simpson-Mazzoli, por la cual se concedió amnistía a los migrantes no regularizados en ese momento a cambio de la promesa del Presidente Reagan de blindar la frontera y endurecer el trato a quienes subsecuentemente entraran ilegalmente a ese país.

¿Por qué actúa así el pueblo de Estados Unidos, un país de migrantes?

Porque desde siempre han sostenido una política migratoria restrictiva, basada en cuotas preferenciales por ocupación, de forma tal que los nuevos residentes no quiten los empleos a los americanos.

Lo que estamos presenciando es la reacción esperable (aunque no inteligente) ante el incremento de los cruces ilegales de mexicanos y centroamericanos que se dio desde fines de los noventa, combinado con la pérdida de empleos por la robotización de la industria y la relocalización de las plantas en países de mano de obra barata (como México).

Atrás de todas las propuestas anti-migrantes hay, como en Europa, un problema de mercado laboral. Los mismos mexicanos que llevan allá más tiempo resienten la competencia de los recién llegados y están por negarles el acceso y hasta los servicios de educación y salud.

Una posible Presidenta Clinton, aún con un Congreso mayoritariamente demócrata, hará lo mismo que ha estado haciendo Obama. Y por las mismas razones: el apoyo de los principales sindicatos. En la escala con la que la AFL-CIO mide el apoyo de los legisladores, ella se mantuvo en 85%. (¡Sanders en 100%!).

Aún la más benigna “reforma comprensiva” hará mucho más complicada la obtención de la residencia y la naturalización y llevará en paralelo lo que Hillary llama un “control operacional” de la frontera, es decir, más vigilancia y deportaciones.

Desde luego, México tendrá que seguir luchando por evitar el maltrato de nuestros nacionales y hasta podrá cabildear para que las nuevas leyes migratorias sean más flexibles y permitan, por ejemplo, la unificación de las familias.

Lo que es claro que el problema no es Trump. Mostrarse muy indignados por lo que grita podrá servirnos de desahogo nacionalista, pero no va a cambiar en nada una realidad socio-económica cuya evolución será muy lenta y difícilmente nos será favorable.

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