Opinión

Mankell

 
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Henning Mankell. (Reuters)

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco rumbo a la mesa de novedades en donde apila los libros que se acaban de publicar. En lo alto de una torre encontró Arenas movedizas de Henning Mankell, una novela-memoria publicada por la editorial Tusquets. Mankell vendió más de 40 millones de libros, novelas policiacas en las que el detective Wallander salió de mil laberintos. Arenas movedizas no es una trama de crímenes, la historia cuenta la grave enfermedad a la que se enfrentó Mankell, un cáncer de pulmón cuyas metástasis ocuparon diversas partes de su cuerpo. El escritor sueco murió hace unas semanas. Gil arroja un puñado de subrayados de estas páginas escalofriantes.

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En el caos emocional en que me encontré inmerso de repente después de que la tortícolis se convirtiera en un cáncer, me di cuenta de que la memoria me llevaba no pocas veces a la infancia. Sin embargo, tardé en darme cuenta de que la memoria me ayudaría a comprender, a crear un punto de partida para encontrar el modo de enfrentarme a la catástrofe que me había sobrevenido.

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Puede que no me atreviera a pensar en el futuro. Era un territorio incierto, minado. Así que volvía continuamente a la infancia.

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El aspecto que uno tiene ante el espejo cambiará a lo largo de la vida, pero detrás se esconde siempre quien tu eres.

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Ni una vez que yo recuerde me vi tan desesperado como para echarme a llorar. Tampoco grité de angustia en ningún momento. Fue una lucha silenciosa por sobrevivir a las arenas movedizas.

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Sufrir un cáncer es una catástrofe en la vida. Sólo después de transcurrido el tiempo sabemos si hemos sido capaces de enfrentarnos a él, de ofrecer resistencia. Lo que pensé y viví aquellos diez días posteriores a tan devastador diagnóstico es algo que todavía no tengo del todo claro. Puede que nunca lo comprenda. Aquellos diez días de enero de 2014, después de la fiesta de la Epifanía son como sombras, tan oscuros como los breves días del invierno sueco.

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Lo único de lo que ahora estoy totalmente seguro es de haber sentido que el tiempo se había detenido. Como un universo compacto y condensado, todo se había convertido en el punto en el cual no existía ningún “entonces” sólo aquel “ahora”.

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La vida es el arte de sobrevivir, en el fondo, no es nada más.

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Cuando me diagnosticaron un tumor primario agresivo en el pulmón izquierdo, una de mis primeras reacciones fue una sensación de irrealidad. Llevaba más de veinte años sin fumar, aun así ¿tenía cáncer? Fue una de las pocas ocasiones en mi vida que estuve a punto de empezar a quejarme. Me parecía injusto. Pero no me dejé llevar. Aunque desde luego no fue fácil. A veces lo único que nos queda es quejarnos.

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Morir siempre es difícil. Y, además, solitario.

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Tenía sesenta y seis años y un cáncer. En breve empezaría con la quimioterapia. Ni yo ni los médicos sabíamos si tendría éxito.

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Cuando todo se vuelve demasiado complicado y difícil de abarcar, suelo contemplar una fotografía en blanco y negro que tengo en la pared. Es una foto de cuando yo tenía nueve años. Estoy sentado en un pupitre, en el colegio Sveg. Cuando veo esa cara llena de curiosidad y la certeza de que todo es posible en la vida, siento que vuelve la fuerza de la comprensión.

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Lo último que dejaremos detrás de nosotros es algo que escondemos para que nadie lo encuentre.

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Nunca he añorado explorar el universo personalmente, pero sí he sentido cierta envidia de esas personas que se dedican a investigar el cerebro humano. Y quizá muy en particular de quienes se dedican a estudiar la memoria del ser humano.

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El cáncer no puede tratarse con ilusiones. Eso lo sé yo por experiencia después de estos seis meses de tratamiento periódico y de los conocimientos que he adquirido de tantos ámbito de la medicina como he podido. He comprendido el triunfo que para el ser humano supone la investigación del cáncer. Y, aunque suceda mucho después de mi generación, estoy convencido que un día venceremos a la enfermedad.

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Sí, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los camareros se acercan con bandejas que soportan la botella de Glenfiddich y los vasos cortos, Gamés pondrá a circular la máxima de Baltasar Gracián por el mantel tan blanco: “Muchas veces nace la enfermedad del mismo remedio”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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