Opinión

Mamá, te quiero un chingo

 
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Bronco.

Gil había leído en su periódico Reforma el invencible artículo de Roberto Zamarripa, “Ahí viene Jaime Rodríguez”, en el cual compara el lenguaje del Bronco con el de Piporro: “Con el Bronco, Piporro dixit, van a cruzar gallinas con puercos para que den huevos con chorizo”. En ésas estaba cuando un amigo que no malquiere a Gilga le hizo llegar al amplísimo estudio el discurso completo de Jaime Rodríguez Calderón en la Arena Monterrey, un día después de la toma de posesión en el Congreso. Bronco ha inaugurado un género: el discurso político como brindis de borracho: ¡abrázame, hermano! Una advertencia, si la lectora y el lector van a leer esta página del fondo, Gamés les asegura que requerirán de Tafil y Riopán.

Así empieza la histórica alocución: “Hoy vamos a hablar de muchas cosas, mi corazón está aquí y mi compromiso también, gracias madre (señala a su mamá), te quiero un chingo, aquí está la madre que me parió y me parió bien, pero también están aquí ustedes que han acompañado este gran movimiento que va a desplazar al país”. Por mi madre, bohemios. Y sírvanme la otra que para eso somos hombros y hombres. Ajúa. Buen hijo, El Bronco éste, ni duda cabe. Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: si como quiere El Bronco, el país se desplaza con su movimiento, lo vamos a ir a recoger cerca de Alaska, pero en fon.

A veces me apendejo
Bronco tomó el cucharón de la palabra y lo metió al perol de su cabeza: “No escribí un discurso como el de ayer, hoy escribí otro, me tardé un buen rato. A veces me apendejo para leer, voy a tratar de leerlo (…)”. Gilga notó de inmediato que la trabazón conceptual del discurso debió llevarle al gobernador horas y horas. Sí, algunos políticos escriben sus discursos en la cantina y con media estocada entre pecho y espalda. Oigan esto, por vida de Dios: “Están aquí todos sin distinción de puestos, carteras o vestidos, todos los que están aquí lo hicieron por voluntad propia. Están aquí aunque sean Tigres, Rayados o Chivas, no importa. Yo soy Tigre”.

Esto es lo que hacía falta, caracho, ideas, profundidad. Señor gobernador, usted será Tigre, pero Gamés le va a los Pumas y hágale como quiera, lo arreglamos cuando usted quiera, nomás faltaba que nos acobardáramos. Y si usted trae caballo, Gilga le opone a su perra, bragada como las buenas. ¿Cómo la ve? Sin albur.

Gil pensó que ya lo había escuchado todo de un gobernante mexicano. Oyó a Echeverría, a López Portillo, a Fox, en fon. Eso no es nada, Vicente Fox es un verdadero Demóstenes comparado con Bronco: “Un día como hoy monté mi caballo Tornado que también merecía estar aquí, pero algunos analistas dijeron ¿cómo va a llegar a caballo? Si mi caballo recorrió dos mil kilómetros, yo arriba de él, entonces hoy le quiero agradecer a mi caballo Tornado porque él también hizo mucho para que llegaran las cosas”.

Gamés abandonó el mullido sillón, caminó sobre la duela de cedro blanco y al llegar al muro norte, se dio un severo cabezazo contra la pared: ¡soc! Sí, lectora y lector, Bronco le ha dado las gracias a su caballo Tornado. Gil no incurrirá en la obviedad de hablar del caballo senador, pero la verdad sea dicha, Bronco debió darle una butaca, un lugar a Tornado. No un espacio entre los gobernadores, eso ya sería exagerar, pero un buen sitio entre los invitados especiales hubiera sido lo menos que un hombre generoso como Bronco habría hecho, i-iñor. Un desgarrador lamento se oyó en el amplísimo estudio: ay, mis hijoos independientes.

Aguacates
El flamante gobernador brindó, o como se llame lo que hizo allá en la Arena Monterrey: “Todo mundo me ha preguntado cómo le hicimos para derrotar a los rudos del bipartidismo. Usamos la técnica Rocky, recuerden que a pesar del trancazo y trancazos que nos dieron, aguantamos los once rounds, ya andábamos muy jodidos, pero soportamos y al final les aplicamos la técnica Bruce Lee, dos tres trancazos y nocaut (…) ¿Saben qué es ser políticamente incorrecto? Es tener los aguacates para decidir y hacer cambiar las cosas”.

Gil va a aprender la técnica Rocky, aunque parece un tanto sacrificada, pero sobre todo pondrá en acción la técnica de Bruce Lee en El Dragón. Gilga se entusiasmó e imitó el grito clásico de Bruce: ¡ayiiowaa! Hasta donde entendió Gamés, se trata de soportar los madrazos con estoicismo; luego, al final, sobreviene el milagro de un golpe de suerte. Por cierto, ni un milagro evitará que Bronco se pase el día entero diciendo, como afirman los poetas, chingadera y media. Qué suplicio, qué tortura. Sigan votando por los políticos sincerotes y bragados, no dejen. Una pregunta: los aguacates, ¿tienen que ser tipo Pinkerton, Hass o Coquette? Más vale saber. Unos no son iguales a otros, los hay más grandes y más verdes, en fon.

Pobre Gamés, perdido en fruslerías mientras Bronco filosofa: “Los quiero hacer reír porque quiero que su corazón se abra, el hacer reír a una persona hace que su corazón se abra y si su corazón se abre va a poder estar bien con su gobierno”. Ah, Demócrito del norte, filósofo de la risa, maestro de los aguacates, amante de su caballo, seguidor de los Tigres de Nuevo León, suerte en su empresa. Aigoeei.

La máxima de Baltasar Gracián espetó en el ático de las frases célebres: “El primer paso de la ignorancia es presumir de saber”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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