Opinión

Mamá Rosa, sí o no

A Gil no se le ocurre novedad alguna sobre el caso del albergue de La Gran Familia y Mamá Rosa, como no sea insistir en que se trata del más notable descalabro del gobierno de Peña Nieto. Los comentaristas han anotado que el despliegue para allanar un albergue mayoritariamente poblado por niños ha sido una estampa enloquecida del uso innecesario de las fuerzas públicas. Sólo faltaron helicópteros black hawk sobrevolando el orfanato, sitiar Zamora y cerrar el espacio aéreo de Michoacán. Todos coinciden: ¿el ejército para detener a una anciana y seis colaboradores acusados de abuso sexual y maltrato infantil?

Con la novedad de que la vieja perversa a la que llevaron al hospital con la presión en el techo, resultó una bella ancianita que goza de completa libertad. Hijos de Mamá Rosa se tomaron la fotografía con una viejecilla en su cama hospitalaria. Si Gil la hubiera tenido cerca, la besa en la mejilla y le dice al oído: gracias, abuelita, por cuidar de tantos niños pobres. Nadie parece dudar, Mamá Rosa es una mezcla de Prudencia Griffel, Sara García, la Madre Teresa de Calcuta, Buda y Confucio. ¿Nos hemos vuelto locos?

Falansterio

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco del amplísimo estudio y caviló: ¿existe la filantropía? Malas noticias: probablemente no, o no en un estado natural, digamos. Pero Gamés no quiere meterse en camisa de doce varas. Mejor se quita la careta: no le simpatiza Mamá Rosa. La justicia ejercida por particulares, la salvación de los menesterosos ejercida por particulares, la gestión social (cualquier cosa que esto quiera decir) ejercida por particulares suele terminar en sevicias indescriptibles. También y no pocas veces ocurre esto bajo la autoridad de los estados y los gobiernos, pero nada como una autoridad reconocida para sacar al buey de la barranca. Ausencia de gobierno, sí; un albergue de niños hacinados, también. ¿Poca cosa?

Y si la abuelita era tan bondadosa, ¿por qué no denunció la pobreza de su albergue, o pidió aún más ayuda para sacar del hacinamiento a sus niños? Un grupo de escritores, intelectuales y artistas escribió una carta sobria en defensa de Mamá Rosa. No se lo tomen a mal a Gil, y perdonen, lectora, lector, la simpleza del argumento: ¿el Premio Nobel Le Clezio le encargaría a sus hijos con Mamá Rosa? En fon.

Preguntas

El coeur simple de Gamés lo lleva al territorio de la duda y a la provincia de las preguntas, oh sí: ¿existía El Pinocho, un cuarto de reclusión y castigo, en el albergue? ¿Se usaba sin el conocimiento de Mamá Rosa? ¿Estamos de acuerdo en que a los niños se les encierre cuando son incorregibles? Caracho. ¿Hubo o no hubo abusos sexuales dentro del albergue? El argumento de que en universos cerrados ocurren canalladas no le convence a Gil. Que se castiguen los delitos, dice la carta de los escritores e intelectuales. El mundo también es un universo cerrado, en fon. Sí, que se castiguen, pero digamos algo respecto a los niños que padecieron maltrato.

Gamés entrecerró los ojos y quiso mirar al infinito. Nadie ha mirado el infinito, pero no importa. La religiosidad, el brote mesiánico, la búsqueda de la santidad, eso es lo que pudre la simpatía de Gil por el albergue de la Gran Familia. Atengámonos al empedrado laico y, oh sí, a las instituciones y, oh, Dios mío, no vayamos a decir que se vayan al diablo. Games se sintió avergonzado después de todas estas cavilaciones y su dedo índice calcinado después de ser flamígero se le ha caído roto en tres pedazos de carbón. ¿Mamá Rosa sí, o Mamá Rosa no? Oiga procurador Murillo, póngase las pilas, nos enseñó una noche al monstruo de Amstetten y a la mañana siguiente a la abuelita de Mecánica Nacional, una linda viejecilla que no rompe un plato.

La máxima de Graham Greene espetó dentro del ático de las frases célebres: “Siempre hay un momento en la infancia en la que se abre una puerta y entra el futuro”.

Gil s’en va