Opinión

Malick y Hernández: desglosando


 
 I. LA BEATITUD INDESCIFRABLE. En Deberás amar (EU, 2012), sexto filme magistral del autor completo canadiense-texano de 69 años Terrence Malick (Días de gloria 78, La delgada línea roja 98), un ingeniero estadounidense (Ben Affleck seductor) se apasiona de vacaciones en París por una divorciada ucraniana (Olga Kurylenko), logra vivir idílicamente su amor en Normadía y, al lado de la demandante hijita de 10 años de ella (Tatiana Chiline), se la lleva al regresar al lejano oeste, donde el hombre empieza a ausentarse debido a su empleo, la niña exasperada por falta de padre sufre por no tener amigos en la escuela, la mujer consuma su objetivo de volverse esposa pero se aburre en los grandes espacios baldíos, es auxiliada espiritualmente por un atormentado sacerdote católico (el duro hispánico de exportación Javier Bardem a contraflujo) y, a causa de la expiración de su visa, debe retornar a Europa, donde consigue desentenderse de su hija y comienza a extrañar al compañero, quien se ha consolado galanteando con la linda ranchera amiga de infancia (Rachel McAdams), traumatizada por la pérdida de un bebé y vuelta desechable al regreso de la inestable antiesclava eslava, quien no tarda en desesperarse, serle gratuitamente infiel al marido y confesárselo para arrastrarse juntos en el miserable deterioro de la relación.
 
 
 
La beatitud indescifrable se apoya en visionarias figuraciones virtuosísticas del supercamarógrafo cuequero-mexicano de la luz natural Emmanuel Lubezki que sólo saben/quieren/pueden expresarse en términos de arrasadores efluvios líricos, para llevar al cine-poema narrativo posmoderno a un estadio de perfección incomparable dentro del hegemónico mainstream mundial y embonar con majestuosa exactitud como secuela estética de El árbol de la vida (Malick 11, a la que inclusive le pide prestados algunos fragmentos), volcándose en la visualidad pura, en un arrollador e inflamado discurso plástico, en un cine de fotógrafo y desbordados editores golosos (una turba de 5 montajistas americano-nipones) con ansias de videoclip medio vertiginoso medio cursilón, asaeteado por la música retrosinfónica de Hanan Townshend, lleno de digresiones ópticas y claroscuros y crepúsculos y auroras y armoniosos giros neorrománticos y celebratorios brincos de alborozo y espejos lacustre-celestes, sin diálogos (aunque ahíto de divagantes monólogos ultrasubjetivistas), ni explicaciones, ni precisiones obligadas, ni respiro, contrastando maniacamente euforias y melancolías, haciendo difícil hasta el nivel primario de la truculenta anécdota e incluso indispensable el mero resumen de ella, impracticable e ilegible para muchos espectadores tomados por asalto de imágenes a salto de imágenes. La beatitud indescifrable requiere para formularse del personaje clave de ese lúcido y enérgico aunque vulnerado cura de aldea a lo Bernanos, bajo cuyo conjuro y planteamientos al extremo, dando comunión literalmente tras las rejas o vinculándose a subnormales, se efectúa la conversión de un dilema meramente sentimental y emotivo y afectuoso en diluvial torbellino sobre el silencio de Dios, buscado y hallado por los caminos más insospechados al estilo del evangelio según San Patricio ("Cristo a mi lado, Cristo encima de mi, Cristo debajo de mi"), la crisis de la fe in absentia y una meditación en torno al exilio y el dudoso reino del hombre sobre la tierra, todo ello secundado por la forma fílmica (o quizá sólo secundándola). Y la beatitud indescifrable desemboca en términos de "El amor que nos ama, gracias", para intuir, diferenciar y definir nuestra esencia amorosa, o sea, en torno al amor esencial como máxima aspiración del hombre, y única manera de poder descifrar su mundo, en un filme intrigante, misterioso, enigmático y tan hermético como ese emerger en el onirismo futurista a lo Odisea de Kubrick, pero masculino y familiar, o de un femenino resarcirse desde una roca para seguir su camino, ya revelado por el mágico espacio sagrado de Mont-Saint-Michel, hacia la Maravilla inefable.
 
 
 
 
II. LA CONFABULACIÓN ABESTIADA. En Hasta el sol tiene manchas (Guatemala-México, 2012), filme 3 del director-guionista-coproductor-cofotógrafo-coeditor guatemalteco cececiano en EU nacido de 37 años Julio Hernández Cordón (Gasolina 08, Las marimbas del infierno 10), el joven deficiente mental Pepe Moco (Pepe Orozco Recinos) trabaja como hombre-anuncio promocionando al candidato empresarial guatemalteco Manuel Baldizón, se siente eróticamente atraído por un impúdico travesti gordazo y es hijo de cierto elocuente peluquero memorioso añorante de la microhistoria nacional (Ameno Córdova), pero, por contraste, desde su infelicidad discapacitada al chavo le resulta imposible argumentar sus reclamos políticos ante cualquier señora verdaderamente normal y, para colmo, debe disputar las paredes capitalinas propensas a su propaganda con el grafitero Beto (Alberto Rodríguez Collía) que expresa a rabiosos trazos su rebeldía visceral y sobrevive asaltando transeúntes a pelotazos, aunque finalmente entre esas dos criaturas surgirá una insólita amistad al amparo de un cine porno, para integrar una banda musical que atraerá a la linda roquerita Daniela (Lucía Meléndez), quien seduce redentoramente con un beso al muchacho minusválido, antes de que el padre peluquero ultime al ahora cómplice grafitero a puñetazos.
 
 

 
La confabulación abestiada funciona a trompicones en la práctica como un objeto inusitado, neoexperimental e hiperagresivo: título tomado del Opio: diario de una desintoxicación de Cocteau, prólogo con tomas de archivo sobre la vieja bonanza de Guatemala como república bananera y sus movilizaciones populares en la Revolución del '44, actuaciones deliberadamente chafas de personajes con mal sostenidas máscaras delineadas a lápiz sobre vil cartón, imágenes en deprimente color amarillo anémico, omnipresencia de una misma bodeguera pared-pizarrón que es todos los edificios señeros de Guatemala capital y donde se dibuja con gis y luego se borronea al infinito, versos de poemas de Pessoa y Miguel Hernández simple pero cultistamente escritos sobre pantalla a modo de subtítulos, making-of invasivo, visiones idílicas de un agónico sol ominosamente incendiado en el ocaso, inserción del postrer discurso del general Jacobo Arbenz antes de ser depuesto por el teledirigido golpe militar de 1954, música roquera con instrumentos imaginarios y un lenguaje cinematográfico que decidió olvidar intempestivamente todo lo aprendido en la escuelita de cine. La confabulación abestiada juega al cine-collage en la mejor tradición provocadora del sexólogo Makevejev (WR-los misterios del organismo 69), injertada con las imágenes del arte bruto masoquistamente propositivo de Los carabineros de Godard (63) y poblada por otros infraseres belicosos, análogamente instintivos, infestando atmósferas irredentas y, como ellos, devastadas de antemano. Y la confabulación abestiada hace el retrato alegórico de una estragada nación infrahumana e invivible, donde toda actividad política se ha vuelto teatro del absurdo en estertores a lo Beckett y cualquier disidencia juvenil una torpe mascarada.